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Leandro Perdomo, un escritor de una pieza

Lanzarote tiene un pálpito que seduce sobre todo a los escritores apenas tocan su oscura piel quemada. Y no me refiero solo a voces inmortales conejeras como el iletrado salinero Víctor Fernández o las grandes plumas lanzaroteñas como Angel Guerra, Benito Pérez Armas, Lola Suárez o Félix Hormiga, hablo de cualquiera con sensibilidad literaria que tuvo alguna vez contacto con la isla, entre los que me incluyo. Rápidamente, Lanzarote entró en sus libros, y hablo de autores como Agustín Espinosa, Ignacio Aldecoa, Rafael Arozarena, Alberto Vázquez-Figueroa, José Saramago o el caso más reciente, Alexis Ravelo, cuya obra no se entendería completamente si prescindiéramos del Lanzarote que los sedujo, y en algunos casos son parte crucial del conjunto de su obra.

Cuando hablo de esta manera, parece que me he olvidado de Leandro Perdomo, que es justo protagonista de este trabajo, pero es que lo dicho hasta ahora podría formar parte de uno de sus escritos, publicados en Lanzarote, Bruselas o Las Palmas, pues estas observaciones son muy propias de su manera de ver su propia isla, apegado al rofe desde muy cerca y a la vez con la perspectiva de verla y sentirla desde distancias y circunstancias distintas. Leandro Perdomo aprendió muy pronto a ver su isla desde la atalaya que le procuraba la ironía. Abundando en sus contradicciones, veía a Lanzarote con una fe religiosa y al mismo tiempo con la distancia de quien está de vuelta de muchas cosas y sabe que con las mismas palabras que se construyen las grandes verdades pueden levantarse las más nocivas mentiras.

 He leído en alguna parte que Leandro Perdomo es la memoria de un Lanzarote ya extinto. Gran error, el Lanzarote que resuena en todos los renglones que él escribió existirá siempre, porque las sociedades tienen una vibración que seguramente tiene que ver con el suelo, el clima, las estrellas o cualquier elemento que no somos capaces de definir conscientemente. Para captarlo hay que tener el talento especial de Leandro Perdomo poseía; sin ese don, la pátina indestructible de una sociedad queda convertida en costumbrismo perecedero. Es más, no tendríamos el Lanzarote actual sin el que describió, contó, elogió y criticó Leandro Perdomo. Preguntada por Matisse y Picasso, Gertrude Stein dijo que Matisse es mejor pintor, Picasso más artista. Eso podríamos decir de Leandro Perdomo, porque habrá –y de hecho hay- quien posea títulos o haya realizado más trabajos de campo, quien sea capaz de desentrañar con rigor Lanzarote y su gente desde distintas disciplinas académicas, pero si hablamos de cómo alguien ha sabido entender la esencia de su isla, nadie puede superar a Leandro Perdomo, porque tenía un don, como la madre del Doctor Zhivago para tocar la balalaika.

 Porque don Leandro estaba atado a la literatura creyendo tal vez que lo suyo era el periodismo, que bien hecho también es un género literario, pero en su caso yo diría que está más cerca del cronista, y no se achanta si tiene que saltar al campo de la narración. De otra forma poco sabríamos de Anacleto Rojas o de Bentejuina Dromeria, y es un escritor valiente, porque tampoco teme entrar en las nuevas formas y al mismo tiempo rescatar modismos y hablas diversas de nuestra gente sin miedo. Eso lo sabía Leandro Perdomo porque tenía el pulso del cronista, y por eso no se ponía límites en el uso de la lengua.

 No es ningún secreto que de entre las muchas virtudes que poseía Leandro Perdomo la organización no era una de ellas. El trabajo realizado por Fernando Gómez Aguilera, un conejero que nació en Cantabria y quedó pillado por esa magia lanzaroteña de la que antes hablaba, es espléndido. Además de mostrarnos a grandes rasgos la afanosa biografía del escritor, ha ordenado el volumen dando coherencia a un conjunto de escritos que en su génesis no formaban parte de un corpus premeditado.  Fernando lleva muchos años trabajando la obra de Leandro Perdomo y las ediciones que ha hecho de ellas han conseguido dar realce a una obra que se revaloriza cuando responde a una estructura, porque en la vida real estaba dispersa aquí y allá, y de esa manera resulta difícil atisbar la dimensión de una trayectoria. Eso le debe la obra de Leandro Perdomo a Fernando Gómez Aguilera, y esa generosidad lo convierte en el principal custodio de todos los grandes valores que encierra el trabajo del cronista de Teguise.

 En 1985 acudí a la Villa de Teguise a recoger el Premio de Novela Ángel Guerra. Allí estaba Leandro Perdomo como miembro del jurado, y fue esa noche cuando hablé con él por primera vez, y seguimos hablando hasta su muerte, acaecida 8 años después. Nació a la vez la amistad y la admiración, porque Leandro era de esas personas que parece que ya saben qué vas a decirle, en vista de lo cual preferí siempre escucharlo, y eso que no era muy locuaz, o al menos no lo parecía.  En  este libro, Mi Teguise, puede respirarse el aire de Lanzarote, el latir de su gente, la memoria del corazón que solo pudo captar alguien que tenía un don para ello, Leandro Perdomo, un gran escritor, que siempre se supo antes que nada un hombre. Y lo era en toda su dimensión, de los buenos.

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