La Luna sigue estando lejos

Entre el 20  y el 22 de julio de 1969 (cuando el hombre pisó la Luna ya era día 21 en La Península y en Canarias), hace cincuenta años, se produjeron dos hechos importantes: Franco propuso en Las Cortes al entonces príncipe Juan Carlos como su sucesor a título de Rey. El segundo hecho fue la llegada del hombre a la Luna, ambos eventos quedaron reflejados en un capítulo de mis Crónicas del Salitre (Págs 146-150). Este:

LA LUNA, LOS DEMÓCRATAS Y LOS DEMÓFILOS

Obligados por la burocracia, Bruno Ayala y su amigo Jaime tuvieron que asistir durante el mes de julio de 1969 a una acampada de tres semanas en el pinar de Tamadaba. Realizar aquella actividad era condición inexcusable para adquirir un papel absolutamente necesario en la continuación de los estudios. Los dos adolescentes asistieron porque no les quedó más remedio, y apenas llegaron al campamento se vieron sometidos a un tipo de vida que, por antecedentes familiares, odiaban.

Las actividades de la acampada estaban organizadas por el Frente de Juventudes, y los monitores eran en su mayor parte profesores de Formación del Espíritu Nacional y de Educación Física, con graduación en la Escuela que el régimen tenía en Madrid. Los monitores vestían pantalón corto y camisa azul de algodón, con las mangas vueltas hasta los codos y el yugo y las flechas bordados en el bolsillo izquierdo.

Bruno y Jaime comulgaron a regañadientes con piedras de molino, aunque aquellos días tuvieron una parte positiva: el contacto con la naturaleza, las caminatas hasta la vertiginosa Punta de Faneque, abalanzada sobre el mar entre La Nieves y La Aldea, y las excursiones a la cabeza del valle de Agaete, cerca del manantial de Los Berrazales. En el otro lado estaba la disciplina paramilitar, la izada y arriada de bandera mientras en formación se cantaba el Cara al Sol bajo la atenta vigilancia de los monitores, no fuera alguno a confundirla con La Internacional, y supuestas clases de política bajo la sombra de los pinos a la hora de la siesta.

-Aquí hablamos de política con mayúsculas -dijo el monitor, para el que la democracia orgánica era la perfección representativa.

-¿Y qué hay de los partidos políticos, el sufragio universal y la alternancia en el poder? -le provocó Jaime.

-Le ruego que se calle y escuche -le cortó el monitor-, los demócratas son los que piensan que la soberanía está en el pueblo, y todos los pueblos son mediocres. El poder tiene que estar en manos de los elegidos, de los mejores, que son los que deben conducir a los pueblos hacia la gloria. La grandeza de los pueblos se mide por la autoridad de sus líderes.

-Entonces Rusia es una maravilla -dedujo Jaime.

-¡Cállese! -gritó el monitor, al que las palabras de Jaime hicieron perder la compostura -, la organización política ideal no es la democracia, sino la demofilia, esto es, el amor de los líderes por su pueblo.

-Y supongo, señor -dijo Jaime-, que es por amor por lo que se fusila, se encarcela y se margina a los que piensan distinto.

-!Esas cosas suceden en Rusia, no aquí! -rugió el monitor rojo de ira, que se puso en pie y dio por acabada la clase. Por la noche, en la lectura de la orden del día siguiente, aparecía Jaime arrestado una semana sin salir de la chabola, con el apercibimiento de expulsión si volvía a cometer otro acto de indisciplina.

Jaime era un subversivo temerario. Bruno advertía a su amigo de la posibilidad de expulsión, y con ello la pérdida del documento que les era tan necesario. Le conminaba a que aguantara en silencio hasta el 22 de julio, fecha de terminación de la acampada. Pero Jaime era inflexible, y a media noche volvía a provocar a los mandos rompiendo el silencio cuartelero del campamento.

-¡Viva la reina! -gritaba en medio de la noche, y los mandos recorrían todas las tiendas buscando al insurgente. Al no encontrarlo, sacaban a todos los acampados y los ponían firmes en las puertas de las tiendas, con la esperanza de que alguien delatase al revolucionario que apostaba por la monarquía, y encima femenina.

Y así, varias noches. Era evidente que aquellas voces eran cosa de Jaime, pero no había pruebas. Al quinto día, Jaime se sintió republicano y dio voces contra la supuesta reina que él mismo había investido las noches anteriores. La sexta noche fue más lejos: a las tres de la madrugada salió de la tienda, se puso en el centro de la explanada y empezó a cantar:

“Arriba parias de La Tierra, en pie famélica legión …”

Los mandos salieron dando pitidos y ordenando silencio. Jaime no les hacía caso. Al llegar al estribillo, se pudo oír un coro de voces que salían de las tiendas:

“Agrupémonos todos en la lucha final, el género humano, con La Internacional”.

Aquello era el acabóse. Cogieron a Jaime y se lo llevaron a la caseta de los mandos, prácticamente en calidad de detenido. Al día siguiente ya estaba lejos de Tamadaba, y por la noche venía en la orden su expulsión.

Los amigos de Bruno quedaron estrechamente vigilados, pero hasta la terminación de la acampada no hubo una noche en que no se escucharan varias veces los vivas a la reina, las proclamas republicanas o un leve tarareo de La Internacional que rompía el silencio de las madrugadas. Los mandos dejaron el asunto por imposible, aunque se extremaron en la dureza de las caminatas y los ejercicios físicos como castigo a aquella camada de adolescentes que no entendía que Franco era caudillo de España por la gracia de Dios, no porque un pueblo inculto y mediocre lo hubiera decidido.

La última semana fue más calmada; los muchachos seguían con expectación las noticias que, a través de los transistores con audífono individual, enviaban Cirilo Rodríguez y Jesús Hermida desde Houston. Tres astronautas, Armstrong, Aldrin y Collins viajaban hacia La Luna en una cápsula espacial que pasaría a la Historia como la nao Santa María de Colón.

Se sabía que la noche del 20 de julio (fecha de Estados Unidos, porque en la costa oriental del Atlántico ya había pasado la media noche y por lo tanto era día 21) , si todo iba como estaba previsto, el hombre tocaría con su pie la superficie lunar por primera vez. Los jóvenes, desde siempre dados a lo imposible, siguieron el viaje espacial noche a noche, en los noticiarios de Radio Nacional de España, que desde Tamadaba se oía mejor que desde Las Palmas porque la antena de Izaña los cogía más cerca. Después del toque de silencio, en las tiendas se notaba un rumor de orejas pegadas a los transistores. Los mandos hicieron la vista gorda porque seguramente también tenían consciencia de que aquella noche podrían ser testigos auditivos de uno de los acontecimientos más significativos de la Historia de la Humanidad: la conquista de La Luna. A la una menos cuarto de la madrugada, la voz de Cirilo Rodríguez se hizo más tensa. El periodista mantenía la respiración a medida que el módulo lunar iba poniendo sus patas de araña metálica sobre el polvo selenita:

“Ahora se ve salir un pie del módulo … los dos… Neil Armstrong baja la escalerilla … despacio … sigue bajando … ahora otro escalón …”

La tensión podía cortarse con un cuchillo. Nunca aquellos jóvenes habían sido tan conscientes de que en realidad aquello sí que era un momento histórico, y no el gol de Marcelino a la Unión Soviética que dio a España la Copa de Europa en el verano de 1964. Sabían que aquello era mucho más singular -aunque a veces no más importante- que todo lo bueno y lo malo sucedido por aquellos años: los asesinatos de John y Robert Kennedy y Martin Luther King, el Concilio Vaticano II, los triunfos de Massiel y Manolo Santana en Eurovisión y Wimbledon, la bomba de Palomares, los Planes de Desarrollo y hasta el paseo de la mítica modelo Twiggy con la minifalda de Mary Quant entre el supremo pijerío del hipódromo de Ascot. Iba a suceder algo irrepetible, que Cirilo Rodríguez, con el corazón en la garganta, intentaba relatar:

“Armstrong ya está en el último escalón … pone un pie en el vacío … dobla la rodilla de la pierna derecha … más, más … y toca el suelo lunar, ahora, toca el suelo lunar ahora, ahora, el cielo  está más cerca, ahora…”

El locutor se había quedado ronco de la emoción, y el campamento soltó la tensión contenida en un aplauso unánime en el que seguramente participaron los mandos de camisa azul. Era la una y quince de la madrugada, y el hombre, aunque con la pierna izquierda, había pisado por fin La Luna.

A media tarde del día 22, con los rostros somnolientos por no haber dormido durante la inolvidable noche lunar, los acampados emprendieron el viaje de regreso a Las Palmas en varias guaguas. Bruno daba cabezadas durante el trayecto, mientras en la radio conectada a todos los altavoces del vehículo se oía el discurso del general Franco a las Cortes Españolas. Era el 22 de julio y se proponía a Don Juan Carlos de Borbón como sucesor en la Jefatura del Estado, a título de rey. A partir de entonces tendría el título de Príncipe de España, y lo que Franco quiso llamar instauración acabó siendo una restauración de la monarquía borbónica. A la postre, los vivas a la reina que costaron la expulsión a Jaime no estaban tan equivocados.

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