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Del miedo al odio

zzzzzzzzcm.JPGAsustan los resultados obtenidos por la ultraderecha francesa en la primera vuelta de las elecciones presidenciales. Si leemos matemáticamente esas cifras, podríamos deducir que casi la quinta parte de los franceses es ultraderechista. No es así, pero votan ese cartel porque han creído su discurso del miedo, que se polariza siempre en el distinto. El miedo es la materia con la que se construye el odio, y aunque toda esa gente no tenga esa ideología, la apoya por miedo, y acabará odiando. Ya pasó en la Alemania de los años treinta del siglo pasado, y la escalera es esta: mentira, miedo, odio.
Y esto sucede en la Europa de las libertades, que es muy justa y equitativa cuando las cosas van bien, pero que se transforma en un monstruo desde que hay problemas. Ya lo dijo Albert Camus en una entrevista en 1947:
«El siglo XX no ha inventado el odio. Pero cultiva una variante particular que se llama el odio frío, en maridaje con las matemáticas y las grandes cifras. La diferencia entre la matanza de los Inocentes y nuestros ajustes de cuentas es una diferencia de escala. ¿Sabe usted que en veinticinco años, desde 1922 a 1947, setenta millones de europeos, hombres, mujeres y niños, han sido privados de hogar, deportados o matados? He ahí en lo que se ha convertido la tierra del humanismo, que, a pesar de todas las protestas, es como debemos seguir llamando a esta vergonzosa Europa».
Ese es el peligro ahora.

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La civilización del espectáculo

Así se llama el nuevo libro -un ensayo- de Vargas Llosa, que pone en la picota la manera en que se ha ido banalizando la cultura en los útimos años, hasta el punto de que hoy sería prácticamente imposible -por ruinoso- estrenar una obra de teatro del corte de las de Bertol Brecht, Strindberg, Chéjov, O´Neil o Buero Vallejo. Ahora, cuando se va al teatro es a reírse, y así zzzDSCN4081[1].JPGvenden como monólogo dramático a un tipo que durante una hora se sube a un escenario a contar chistes inconexos. Se han olvidado adrede de que para que hay teatro debe existir conflicto, tensión dramática y una historia aunque sea muy leve. Es verdad que el humor es un vehículo muy poderoso para decir cosas entre líneas, y lo sabemos desde los clásicos, y gracias a él se ha ironizado sobre casi todo por parte de muchos autores, especialmente los de teatro: Bernard Shaw, Ionesco, Darío Fó, Edward Albee, Willy Russell… Y es que hasta el humor se ha transformado porque se entiende por tal lo grosero y se desprecia lo sutil. Hasta los humoristas han bajado el nivel, porque cuentas el chiste de siempre y la gente no se ríe, pero es un clamor si el mismo chiste lo envuelves en sexo grueso y a menudo discriminatorio (van dos mariquitas…) Se puede prescindir del humor, pero eso no parece posible en esta sociedad ya definitivamente banalizada, tanto, que hasta el humor ha perdido su genuino valor satírico. Eso es la banalización de la cultura, que no es otra cosa que el dictado de los mercados que determinan casi a priori qué va a ser un bombazo discográfico, editorial o televisivo (La Macarena, Ruiz Zafón, Gran Hermano) y qué debe quedar aparcado porque genera el peligro de hacer pensar a la gente. Han contrapuesto lo superficial a lo aburrido, y Hamlet transmite de todo menos aburrimiento.

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Pobre África, siempre expuesta al sol

Dicen los arqueólogos que África es la cuna de la Humanidad, donde una aventajada subespecie de chimpancé se puso de pie hace 190.000 años. Por eso, cuando se habla de la vieja Europa, me entra la risa, porque si de vejez histórica y prehistórica hablamos tenemos que referirnos a África, que en latín africano significa «expuesta al sol». Y tan expuesta sigue, que las noticias que nos llegan son casi siempre malas, cuando no es un golpe de estado en Mali es el endurecimiento de la dictadura militar de Guinea-Bissau, una hambruna en Somalia o una sequía en el Sahel. zzchobegamelodge[1].jpgEuropa y el mundo Occidental se limitan a expoliar materias primas, a crear guerras civiles de las que sacan provecho, y siguiendo la estela del terrible Leopoldo de Bélgica, los dirigentes europeos se relacionan con África para recibir diamantes valiosos (Giscard D’ Estaing), para hacerse los machitos yendo a buscar rehenes liberados o para ordenar bombardeos (Sarkozy) o para ir a escondidas a cazar elefantes, con lo que significa el comercio del marfil de un animal en peligro de extinción. Con semejante apoyo, se han creado monstruos del tamaño de Bokassa, Idi Amín Dadá y demasiados coronelitos enchatarrados que manejan como suya la ayuda internacional. Cuando aparece alguien que intenta actuar con algo de lógica, se le quita de en medio de la forma que sea (Patricio Lumumba, Moise Tshombe, Ben Bella…) Y ahí sigue África, expuesta al sol de los traficantes de armas, de marfil, de coltán, de personas, consumida por la guerra, el hambre y el sida, y al Papa, cada vez que va de visita, lo único que se le ocurre es decir que no usen condón.