Publicado el

La fuerza milenaria de Japón

Mucha gente se asombra de la disciplina del pueblo japonés en medio de una catástrofe como la que ha ocurrido estos días. Otros, que ignoran todo de Japón, se atreven a criticar que no se vean escenas caóticas, gente mesándose los cabellos en un ataque de locura o incluso niños llorando cuando son rescatados por los bomberos. Y es que hay que decir que el pueblo japonés viene de una cultura milenaria nacida en un territorio muy hostil, que se mueve con frecuencia bajo sus pies, lo que no ha sido impedimento para que resplandeciera una civilización importantísima, que tiene en la superación del sufrimiento una de sus bases genéticas. jjaaappoo.JPGSiempre ha estado Japón muy poblado con relación a la época y el escaso territorio que, además, tenía la dificultad añadida de estar dividido en casi siete mil islas (sí, 7.000), aunque son las cuatro mayores las que reúnen el 97% del territorio. Para hacernos una idea, Japón es 2/3 de España en extensión y tres veces en población. Es decir, su densidad es cuatro o cinco veces la española, y no es precisamente un lugar con grandes recursos naturales, por lo que la tendencia expansionista japonesa de siempre tiene que ver con la necesidad de buscar fuera lo que no tienen en su territorio. Esto ha dado lugar a una cultura de resistencia y disciplina que se nutre de siglos de aprendizaje en las fuentes de las religiones, pues allí no hay una dominante. Ellos han tomado de las religiones maneras de comportamiento humano que no provienen exclusivamente del budismo, el taoísmo, el sintoísmo, el confucionismo o el cristianismo, y son la suma de todas, pues hay un sincretismo que ha convertido rasgos religiosos diversos en una cultura muy especial. Como consecuencia de ello, veremos cómo en uno pocos años Japón habrá renacido más fuerte que antes del terremoto, pues saben aprovechar los desastres para reconstruirse cada vez mejor. Esta desgracia es impulso para el futuro. Por eso son tan disciplinados, por eso no lloran, por eso son tan admirables.

Publicado el

Un lección de humildad

Ante la magnitud del terremoto en el Japón, el Tsunami en todo el Pacífico y la erupción en Indonesia del volcán Karangetang, cualquier historieta local queda tan pequeña que casi desaparece. Las fuerzas de la naturaleza desatadas pasan por encima de cualquier intento del hombre para dominar el planeta. Estamos recibiendo una lección de humildad, y vemos cómo paísen muy poderosos no pueden hacer otra cosa que enviar telegramas de solidaridad; ni siquiera pueden trasladar ayuda porque no funcionan los aeropuertos y los puertos están muy dañados. Japón es un país admirable, con una cultura milenaria y una capacidad de adaptación a los tiempos nuevos como ningún otro. Esta enorme catástrofe no se parece al apocalipsis porque los japoneses son muy precavidos, pero en cualquier caso es un desastre que afecta a toda la cuenca del Pacífico, el océano más grande del mundo.
bandera-de-japon[1].jpgMientras tanto, por aquí seguimos con tonterías y estupideces que ni siquiera resisten la lógica más básica. Se quejan algunos alcaldes tinerfeños de que es un sin Dios que los emigrantes canarios en Venezuela no puedan votar en las elecciones nuestras, y eso es algo que nunca he entendido. La demagogia de que «tienen sangre canaria» y todo eso es fácilmente rebatible. Si un canario está empadronado en cualquier municipio de La Península, podrá votar allí, pero no en Canarias, y sin embargo si vive en Venezuela parece tener un derecho sacrosanto. Pues los canarios que viven en Madrid o Castilla-León tienen esa misma sangre isleña, no votan y no pasa nada; eligen al alcalde de Ponferrada o al de Caracas, y cuando vivan en Canarias, como estarán empadronados, votarán en las elecciones de aquí. Digo yo.

Publicado el

Alfileres de colores


En las viejas películas y en las novela-río que cuentan décadas de una larga familia, como Guerra y Paz, se seguían los frentes de batalla como si fuera un juego de mesa. En las tranquilas capitales alejadas de los frentes, o en las naciones neutrales, se marcaban las posiciones en mapas con banderitas o con alfileres de cabeza coloreada, que se oxidaron de inmovilidad en la Gran Guerra, quieta durante años en el frente de Verdún, y que no daban abasto a los cambios en la II Guerra Mundial, sobre todo al principio, cuando la Blitzkrieg (guerra relámpago) alemana modificaba en cada edición de los diarios su frente de ayer. cielooo1.JPGLos más pudientes incluso tenían maquetas del terreno y soldaditos que simbolizaban tropas, como un sangriento portal de Belén. Durante la guerra de 1914, en el legendario Bar Polo del Puentepalo de Las Palmas, aliadófilos y germanófilos recreaban los movimientos de tropas con tazas, vasos, palillos y cucharillas. Las cosas cambiaron desde que entraron en liza las nuevas armas (y ahora más con el salto dado por las tecnologías de la comunicación), y se bombardea una ciudad alejada de la costa desde un submarino a muchas millas mar adentro. Ya no se sabe dónde está el frente, y las banderitas y los alfileres no sirven para indicar quien va ganando. Por eso incita a cierta nostalgia de viejas hazañas bélicas los gráficos que salen en los medios tratando de plasmar lo que ocurre en Libia. Los miras una y otra vez y te das cuenta de que no reflejan lo que pasa, porque no hay color posible para los alfileres que han de señalar arma teledirigida vía satélite que puede cambiarlo todo desde un lugar que ni siquiera figura en el mapa. Ya ni la guerra es lo que era, pero sigue siendo la mayor estupidez que comete el ser humano sobre este martirizado planeta.