¿Alemania ya no es lo que era?
En una sonora frase de la película 55 días en Pekín, el embajador de un país europeo decía: «La Providencia, si existe, debe ser británica». Son los estereotipos que durante décadas nos han ido metiendo en la cabeza, unos venidos de fuera, otros nacidos en el patio de nuestra casa. Según el credo popular, los franceses son exquisitos, los italianos seductores, los norteamericanos unos patanes con dinero, los argentinos unos loros de discurso brillante e inacabable, los japoneses la quintaesencia de la disciplina, y así cada nación ha conseguido su etiqueta. Pero generalizar casi siempre es un error, y más cuando vemos que esa etiqueta no se cumple cuando llega la hora de la verdad. Es cierto que los japoneses fueron ejemplarmente disciplinados después del terremoto y el tsunami, pero lógicamente hemos visto llorar a los japoneses, cosa que, según el tópico, nunca sucedería. Ahora, con el asunto de las muertes a causa de una bacteria, el gobierno de Hamburgo ha hecho la guerra por su cuenta, al federal de Berlín lo ha cogido con el paso cambiado y el instituto científico que es máxima autoridad ha ido a su bola. Alemania es en nuestra mente popular el paradigma de la eficacia y la organización, que esta vez han brillado por su ausencia, un desastre de coordinación. También tiene Alemania el cartel de la laboriosidad, y acabamos de enterarnos que trabajan menos horas que los españoles. ¿Será que Alemania ya no es lo que era o que en realidad nunca fue lo que pensamos? Los mitos falsos tienen estas cosas.
Desde tiempo inmemorial, se ungía a alguien con aceites, grasas y perfumes para designarlo para una misión, casi siempre sucesoria en un liderazgo. En tribus muy salvajes, el vencedor se ungía a sí mismo con la grasa del vencido (su antecesor derrotado por él) para apropiarse de sus poderes, y en otras latitudes se untaban con grasa de león para adquirir su fiereza. Lo más normal es que alguien con autoridad ungiera al designado, como Samuel -uno de los jueces del Antiguo Testamento con suprema autoridad moral- ungió a David para que fuese rey de Israel. El poder de la unción proviene del peso moral de quien la realiza y no del ungido, por lo que no veo esa fuerza en Zapatero ni en un Comité Federal que ha estado bailando la yenka. Napoleón arrebató al Papa la corona de sus manos cuando este iba a coronarlo y se impuso a sí mismo el símbolo de su poder. De alguna forma su ungió a sí mismo. Rubalcaba será ungido hoy (no confundir ungir con uncir, que esta segunda palabra es sujetar al yugo los bueyes o las mulas), aunque, por mucha conferencia política que celebre el PSOE (otro eufemismo), Rubalcaba está UNGIDO por el Comité Federal pero UNCIDO a los siete años de la era zapaterista y a la última etapa del felipismo. Demasiados amarres. Si es eso lo que quieren…