El postcolonialismo
Que las grandes potencias descolonizaron mal no es ningún secreto; de ahí vienen todos los problemas que se han generado en todo el continente africano y en buena parte de Asia y América del Sur. Cuando Gran Bretaña y Francia descolonizaron la ribera sur del Mediterráneo y Oriente Medio trataron de mantener el control de la zona, y hasta ahora lo han conseguido, con la supervisión de Estados Unidos que, como protector de Israel, navega por el Mare Nostrum desde hace décadas. Las clases dirigentes de estos países han actuado como delegados del poder de las antiguas metrópolis, que cada vez están más representadas en las grandes corporaciones multinacionales que controlan las materias primas y el fluir del dinero. De alguna forma, era un modo diferido de colonialismo.
Lo que está sucediendo ahora no tiene precedentes. Túnez ha encendido la mecha y Egipto se ha convertido en el espejo en el que sin duda van a mirarse todos los países ribereños de Mediterráneo y más allá. La gran disculpa de los últimos años ha sido que había que detener el ascenso del fundamentalismo islámico. Ahora no sabemos qué va a pasar, porque, si se habla de «Revolución democrática», en unas elecciones libres los más organizados son precisamente los partidos islamistas. Claro que no podemos confundir un partido islamista con Al Qaeda, aunque la verdad es que democracia y teocracia casan muy mal, como se ha visto en Irán, después de la caída del Sha. En el río revuelto todos quieren pescar, pero lo cierto es que estamos ante unos momentos históricos. Hay quien dice que es ahora cuando comienza el postcolonialismo. Lo negativo de todo esto es que no veo a grandes políticos en el mundo que puedan manejar una situación de esta envergadura. Al final, los agentes que jugarán sus cartas serán Estados Unidos, Rusia y quien sabe si China, muy bien posicionada actualmente. La UE irá a remolque, como siempre, y heredará todos los daños de Estados Unidos y ninguno de su beneficios. Al tiempo.
Está claro que se confunde actriz con personaje, como le ha ocurrido a otras figuras, que hicieron una película y quedaron marcadas para siempre, como Sue Lyon que fue la Lolita de Stanley Kubrick y nada más. Es curioso cómo esto sucede casi siempre con mujeres que interpretan un papel con una carga erótica más allá de lo permitido; es como si la sociedad las castigase a vagar siempre por la historia del cine con su personaje-pecado a cuestas. El último tango en París fue una película que cayó como un tartazo en la cara de una sociedad que no era tan libre como se decía. María Schneider le puso rostro a una bofetada intelectual de Bertolluci y lo pagó caro. Ahora se ha muerto de un cáncer dicen que terrible, pero siempre quedará como el símbolo de la iconoclastia burguesa. En cierto modo, como artista fue afortunada.