Historias de terror
Dicen que las historias de terror activan la mente del ser humano, y algo de verdad habrá en eso cuando a los niños les suelen gustar los cuentos en los que el lobo se come a la gente, la bruja encierra a dos niños en una jaula y espera a que engorden para comérselos y las del ogro Golón, el que se come a los niños como si fueran turrón. Los malos infantiles comen, y los adolescentes chupan sangre, pero el caso es llenarse con la carne o la sangre del otro. A mí, las historias de terror nunca me han gustado, ni cuando era niño, he visto muy pocas películas del género (siempre por equivocación) y no suelo leer novelas, por mucho que vendan Anne Rice o Stephen King. Ese terror espasmódico y brutal me repele, si bien confieso haber leído a autores de terror más psicológico como Mary Shelley, Edgar Allan Poe o G.H. Welles. Otras novelas, como El fantasma de La Ópera o El retrato de Dorian Gray, que pasan por ser literatura de terror, sí que me han gustado, pero es que esas en mi opinión salen un poco de la etiqueta. En cualquier caso, no soy un entusiasta del género, aunque de vez en cuando suelo echar un vistazo a alguna, por aquello de conocer el territorio que uno pisa.
Acabo de leer algo de terror muy fuerte, por empeño de un amigo, que me aseguró que la historia no tenía desperdicio. Me mandó que buscase en Internet el texto íntegro de la nueva Reforma Laboral. Al principio pensé que mi amigo me había gastado una broma, y que no era una historia de terror, sino un ejercicio literario con gran carga de humor e ironía, porque empieza así:
«La crisis financiera y económica de origen internacional que se ha desarrollado desde principios de 2008 ha quebrado la larga senda de crecimiento económico y del empleo que vivió la economía española…» (Muy bien traído el juego, ahora resulta que la crisis es de origen internacional, cuando hasta ahora los autores del texto sostenían que el culpable era Zapatero).
Sentados los antecedentes, me interné en el texto, y mi amigo tenía razón, es una verdadera historia de terror; no aparecen lobos comeniñas ni vampiros chupasangres, pero como si los hubiera, porque cada párrafo es el descenso de un peldaño en la escalera hacia una sociedad igualitaria que tanto ha costado subir, y eso que no habíamos llegado arriba del todo. El texto parece una parodia, porque suena imposible que, por ejemplo, se pueda reducir la plantilla de una empresa, no porque haya pérdidas, sino simplemente porque ha habido menos beneficios. Es como el negativo de cualquier idea que se parezca a un derecho, donde se liquida a los sindicatos, se criminaliza la enfermedad y… En fin, terror de muchos quilates, una obra maestra si fuese ficción. Muy recomendable su lectura para los amantes del género.
En el uso cotidiano de la lengua es necesario combatir ferozmente la ideología machista. Ejemplos hay cientos en muchos ámbitos del lenguaje en los que se vulnera la dignidad de la mujer; uno de ellos es el del humor grueso, en el que la suegra suele aparecer como una bruja (nunca hay suegros malos) y la esposa del borracho del chiste (que es siempre un golfo integral y se le aplaude) como una fiera apostada detrás de la puerta con el palo de la escoba, demás de una tonta a la que fácilmente se puede engañar. Y así en muchos ámbitos, por lo que el uso de la lengua nunca debe discriminar, y en eso hay que ser beligerantes.