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Estatuto, política y cultura

Se ha vuelto a poner en el disparadero la propuesta de nuevo Estatuto de Autonomía de Canarias como consecuencia de los compromisos firmados en los acuerdos previos para aprobar los presupuestos de 2016 en las Cortes Generales. Hemos dejado el asunto en manos de los partidos políticos, que nos tienen acostumbrados a pasarnos sus intereses por delante de los de la gente. Cualquier asesoría pasa por instituciones que generalmente suelen ser el cortijo de unos pocos, y a la vez se manejan elementos que tienen que ver con la economía, la fiscalidad o la representatividad por islas y valor del voto en cada una de ellas. carburo77.JPGY todo eso está muy bien, es organización, aunque tendría que ser un segundo estadio, pero no se habla de lo esencial, y así escuchamos unas voces que celebran como gran victoria que puntualmente se haya conseguido algo más de dinero para Canarias, otras que corean la cantata de siempre, alrededor de los poderes económicos imperantes (que determinan la política por desgracia) o se establecen apuestas sin premio a ver quién es más radical, más intransigente o más aborigen que nadie. Continuar leyendo «Estatuto, política y cultura»

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Cincuenta años de Macondo

Para entender la fuerza con la que irrumpió la novela Cien años de soledad en la literatura, la cultura y la sociedad, situémonos en la primavera del año 1967, cuando un inquieto periodista colombiano, Gabriel García Márquez (Gabo, rebautizado en la redacción del diario El Espectador de Bogotá), con cuarenta años recién cumplidos, autor anterior de algunos relatos y unas pocas novelas cortas de cierto éxito, logró que Editorial Sudamericana de Buenos Aires publicase un texto que ya había sido devuelto por otras editoriales. Se cuenta que el escritor argentino Miguel Mujica Láinez, entonces la estrella de la editorial por el éxito de Bomarzo y otras novelas, creyó en el libro y presionó para que viese la luz. Lo que ni los más optimistas esperaban es que los 8.000 ejemplares de la primera edición de una novela de autor desconocido en Argentina se agotaran en una semana.
Unos meses después, en el verano decembrino de Buenos Aires, Gabo, novato en el papel de estrella, fue invitado con su esposa Mercedes Barcha a un palco para ver una representación de ópera en el Teatro Colón. Continuar leyendo «Cincuenta años de Macondo»

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La fascinación, esa trampa

La mayor parte de las personas pueden sentirse atraídas de manera irresistible por algo, que también suele ser una idea engañosa. Puede pasar en ciertos momentos de la vida, y a veces ese momento se alarga hasta el punto de que, en algunos casos, puede ocupar muchos años o incluso la vida entera. Es una especie de adicción mental que abarca todo lo que nos rodea, incluyéndonos a cada uno. Francis Scott Fitzgerald estaba fascinado por la riqueza, lo que se trasluce en su novela El Gran Gastby; para él los ricos eran una especie de aristocracia elegida y respetable porque así se había establecido por una combinación morganática entre sociedad y naturaleza. Esta idea enlaza con una manera de pensar parecida que expresaba en sus cartas nada menos que el Cervantes en lengua alemana Johann Wolfgang von Goethe, que se debatía entre su amor por su patria y su admiración ilimitada hacia Napoleón. Esa fascinación por el poder no es exclusiva de Goethe, y no me refiero a quienes se arriman al sol que más calienta para medrar, sino admiración en sí misma de alguien que no necesita del poder para ser reconocido, como es el caso de García Márquez, IMG_5673.jpgabducido por el propio concepto de poder como él mismo admitió más de una vez. Luego está la fascinación hacia uno mismo, que se iguala con la perfección en la valoración propia; son adorados y desprecian esa rendición ajena porque en realidad lo que les colma es la perfección, que creen poseer, lo cual a veces se acerca a la verdad. Es el caso de Herbert Von Karajan, a quien el aplauso y el halago le importaban poco porque sabía lo que hacía cada noche en el escenario; o esa vida fugitiva hacia el anonimato de escritores muy celebrados, como Thomas Pynchon y Juan Rulfo, aunque el paradigma de esa fobia a ser visto es J.D. Salinger, que algunos psicólogos interpretan como una muestra de soberbia, al considerar inconscientemente que la gente no merece su presencia y menos su simpatía.
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