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Más nos vale que Joan Baez se quede

Joan Baez ha dado su concierto número cinco mil y no sé cuántos y último en el Teatro Real. Muchos se preguntarán por qué un mito de la cultura occidental (Joan rebasa con amplitud los límites de la música), que pudo escoger para su despedida de los escenarios cualquier lugar donde se volvió historia y leyenda, como el Arena de Verona, el Olimpia de París o cualquier espacio grande o pequeño de cualquier continente, decidió cantar en público por última vez en Madrid, en un auditorio para solo 1.700 personas, cuando pudo haberlo hecho en cualquier lugar donde ha dado una media de 80 conciertos al año. Joan Baez siempre reventaba taquillas y nunca se hacía de rogar, fuera en una pequeña sala, en lugares abiertos del tamaño del Central Park de New York o incluso en espacios que nunca soñaron ser lugar para la música, como la imborrable granja de Woodstock. Y cerró sus seis décadas de escenarios con solo unas palabras a mitad del concierto del domingo 28 de agosto en el Teatro Real, cuando, entre canción y canción, en su español heredado de su abuelo mexicano de Puebla, dijo: “Este es mi último concierto de mi última gira”.

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Congresistas, ¿cuándo piensan hacer su trabajo?

Señoras y señores que en teoría custodian y administran la soberanía popular depositada en el Parlamento estatal y en las asambleas legislativas autonómicas:

Desde hace cuatro años, la política española está pillada en un bucle que una y otra vez repite las mismas situaciones e impide que se aborden los verdaderos problemas que tiene la sociedad. Se ha roto el histórico bipartidismo (viene desde hace siglo y medio, cuando se turnaban Cánovas y Sagasta), y los partidos nuevos se han metido en la misma dinámica, cuando creíamos que llegaban con otros modos de hacer política. Los parlamentos se prolongan en los medios de comunicación, y ya no se sabe dónde empiezan unos y terminan los otros. Han llevado a la realidad la ficción calderoniana de El gran teatro del mundo, en el que cada persona no es exactamente ella, sino el papel que decide o le obligan a representar. Tengo para mí, que, si la gente que se dedica a la política transitara de vez en cuando por los clásicos, tal vez entendería que la política, aunque está bien que tenga su puesta en escena, se refiere a la vida real, no a entelequias de las que hablan los políticos y sus voceros y que ni ellos saben definir.

sdr

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