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DIARIO DE CUARENTENA. Jornada 40: Día del Libro. (23/04/2020).

 

Hoy se cumplen exactamente cuarenta días de esto que impropiamente llaman cuarentena. Y es Día del Libro, aunque Joan Margarit no recibirá el máximo galardón de nuestras letras en solemne ceremonia, como es tradición cada 23 de abril, pero ya este poeta en dos lenguas está merecidamente en el palmarés del Cervantes. Como escritor, todos los años tengo algunas actividades alrededor de esta fecha. Este año también, pero han de ser de manera virtual, y el día de hoy pasaré mucho tiempo colgado a las nuevas tecnologías, participando y siguiendo los eventos que han sido programados. La literatura no debe detenerse porque es la memoria de las sociedades, un instrumento y a veces un bálsamo; siempre nos hace más humanos. Por ello, deseo estar hoy con los escritores y escritoras, por supuesto, pero sobre todo con quienes aman la lectura, porque un libro no se completa hasta que no es leído.

Mi compañera hizo un nuevo collage con unos niños jugando, que hemos pegado en la ventana y que publicaré cuando los menores comiencen a salir a la calle con una persona adulta. Iba a poner hoy algo relativo a los libros, pero como ayer fue Día de la Tierra, Ana, una vecina y amiga del otro lado de la calle, dibujó unos árboles que colocó en su ventana. Da tanto color a ese trozo de edificio que se ve desde mi casa que hoy he querido que sean los árboles de Ana los que ilustren este comentario. Otros vecinos también han pegado dibujos, y así la calle se alegra un poco. Cuando el reloj se acerca a las siete, nos vamos asomando, y la timidez del principio se ha roto; ya cambiamos impresiones de ventana a ventana, como en la viejas corralas de zarzuela.

Hoy volvió a salir Sofía, vestida con un pijama claro y sus maracas rojas. Estaba juguetona con su padre, aunque no por ello dejó de saludarnos y alumbrarnos con su sonrisa. Diego salió en brazos de su madre, guapísimo, digno hermano de Sofía, pero todavía apagado porque debía estar saliendo de una larga siesta. Cuando acabaron los aplausos, seguimos charlando un poco de acera a acera y creo que ese ratito que compartimos nos alienta a todos. Buen Día del Libro.

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Cuarentena y más

 

Metidos ya casi en la cuarentena de confinamiento (se cumplen el jueves los cuarenta días), vemos que el nombre es teórico por tradición, porque en esta ocasión está claro que se superarán esos números y ya veremos  cómo se va realizando lo que ahora llaman desescalada (menuda palabrita), que va a ser muy lenta y que va a estar presidida por unas medidas de precaución tremendas. Lo que antes llamábamos vida normal ahora se nos antoja un recuerdo dorado y un deseo de futuro que se ha convertido en el prioritario de toda la población, y no es necesario hacer encuestas para corroborarlo.

“¿Cómo estás?” es la pregunta más socorrida en estas semanas. Las llamadas a la familia y las comunicaciones de todo tipo con amigos y conocidos empiezan así y terminan con un “cuídate”. La cuestión es que podemos estar mintiendo sin querer, o por lo menos lo que contestamos es una aproximación a una verdad subjetiva; como no se hacen pruebas a toda la población, la gente contesta de oído, nunca hay seguridad, ya que cada día salen nuevos datos sobre los tiempos de incubación. Y la recomendación de cuidarse es también muy ambigua, porque tampoco nadie tiene muy claros los muchos protocolos que recomiendan aquí y allá sobre salidas, ropa, limpieza, mascarillas, etc. Quien diga que todo esto no le produce estrés  no es consciente de la situación, y eso al final pasa factura.

Dedícate a leer, dicen unos. Veo que hay mucha gente que en estos momentos está leyendo y releyendo obras que tenía pendientes, o que un día le gustaron mucho, pero no me negarán que la lectura necesita ahora un sobreesfuerzo mental de concentración, porque, aunque estés en otras cosas durante el día, la pandemia es como una permanente piedra en el zapato que lo mediatiza todo. En cuanto a escribir es todavía más duro, sobre todo si se trata de hacer creación, porque cualquier situación novelesca que se te ocurra para meter en el libro que estás escribiendo te parece una nimiedad comparada con la realidad que nos rodea. Y así tratamos de ocupar el tiempo, confiados en que quienes tienen las responsabilidades públicas estén haciendo lo más correcto. Canarias es una de las comunidades que tiene mejores números, y habría que aprovechar la insularidad para tratar de hacer las cosas lo mejor posible.

Ahora, con los nuevos pasos que  van a darse, también hay distintas opiniones, y siempre aparece en el fondo la dicotomía entre salud pública y economía, porque escuchas al Presidente canario que dice que el hambre también mata y no sabes muy bien qué significado tiene ese mensaje. Lo que hace falta ahora es que se tiendan puentes sobre el socavón inesperado que ha aparecido, porque dicen los especialistas que esta no es una crisis como la de 2008, y el horizonte de recuperación es más inmediato. Lo que sí está claro es que se avecina un tiempo complicado, pero hemos de dar la talla como sociedad, porque nuestros factores económicos siguen ahí,  y cuando se normalice la situación recordaremos estos meses como un mal sueño, porque hay capacidad para remontar.

Tenemos que ponerle coraje como ahora mismo hace la gente de Sanidad, de los supermercados, de los servicios públicos y los trabajadores que cada día salen a la calle para que todos podamos seguir adelante. A estas personas tan animosas hay que proporcionarles la máxima protección, qué menos. Debemos reconocerles la  valentía que ahora necesitamos todos, y pedir que se controlen los abusos en los precios, que siempre hay quienes se aprovechan incluso en las situaciones más dramáticas. Y, por supuesto, un recuerdo a quienes ahora mismo están hospitalizados luchando contra el virus y a las familias de quienes no han logrado superar la enfermedad.

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DIARIO DE CUARENTENA. Jornada 39: Sofía desmelenada. (22/04/2020).

 

Antes que nada, tengo que decir que mi vecina Marisol, viendo mis comentarios sobre la dificultad para conseguir levadura, me dejó dos bolsitas en mi puerta, aunque tengo que decir que me ha dado algo de pereza para iniciarme como panadero, sobre todo porque se me hace muy cuesta arriba leer con detenimiento el libro de instrucciones de la panificadora que tendría que estrenar. Todo llegará, y desde luego tengo que dar las gracias a mi vecina. La novedad es que parece ser que en el nuevo tramo de confinamiento podrán salir los menores hasta los 14 años, para acompañar a un adulto a las compras. Nadie lo entendía, hasta el punto de que el ruido que se armó hizo que se rectificara a última hora de la tarde, porque precisamente los supermercados son lugares en los que ahora hay que ir con mucho cuidado, y controlar a un menor inquieto es una tarea de titanes. Digo yo que sacarlos a pasear por la acera debe ser bastante más fácil y menos peligroso.

Ayer fui a la farmacia porque me correspondía recoger la famosa mascarilla que decía iban a proporcionar cada dos días. ¡Oh, sorpresa! No había. Cuando creíamos que el suministro de materiales esenciales se estaba normalizando, resulta que volvemos a lo mismo. Y no sé si la gente en general es consciente del peligro, porque hay cosas que no me cuadran con el discurso de los políticos que aseguran que la sociedad es muy responsable y está cumpliendo a rajatabla el confinamiento. En la expedición a la farmacia, fui testigo de cómo cinco muchachos, sí, cinco, se subían a un coche, a cuerpo gentil, sin guantes, sin mascarillas y todos apretados en el vehículo. Un poco más allá, vi a dos personas mayores que se despedían de un chico que parecía ser familiar, con besos y abrazos de toda la vida. Me quedé perplejo, porque debe ser que hay personas que no se ha enterado de lo que está pasando. Si no, no me lo explico.

Parece que ayer mi calle recuperó el pulso de siempre a las siete de la tarde. Se abrieron muchas ventanas y se recuperó la concurrencia anterior, incluso diría que más. Quien no salió fue el niño Diego, pero sí sus padres y Sofía. La niña vestía de verde y hacía sonar unas maracas rojas, aunque luego se desmelenó y empezó a golpear el andamio que está delante de su ventana con algo metálico que no pude identificar. Y volvió a decirnos hola, por lo que creo que ya se ha convertido en costumbre no solo ver su sonrisa sino también escuchar su voz. Su mirada recorre las ventanas que están en su campo de visión y saluda a todo el mundo. Buen día.