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Carrero y la teoría de la conspiración

Hace hoy treinta y ocho años, el Almirante Carrero Blanco murió en un atentado que ha dado lugar a muchas especulaciones y no pocas teorías conspirativas dignas de una novela de John Le Carré. Carrero acababa de ser nombrado por Franco Presidente del Gobierno, un cargo intermedio que nunca existió hasta que el dictador tal vez quiso poner como segundo de a bordo a alguien de su entera confianza, vaya usted a saber con qué propósito. Siempre se ha sabido que Carrero estuvo a la sombra de Franco y que, según algunos, su fundamentalismo intimidaba al propio Caudillo, hasta el punto de que se decía que Carrero era más franquista que Franco.
zcarrero3[1].jpgLo cierto es que, conociendo a posteriori los detalles de la preparación y realización del atentado y las inexplicables (por tibias) reacciones del aparato del Gobierno, hay que plantearse muchas preguntas, porque no es verosímil que las maniobras de los ejecutores en las semanas anteriores al hecho pasaran desapercibidas por un entramado policial represivo tan sofisticado como el que es habitual en todas las dictaduras. Unos decían entonces que aquel atentado fue un mazazo para Franco, otros aseguran que, al conocer la noticia, dijo: «No hay mal que por bien no venga», y se interpreta esta frase como que se había quitado una piedra en el camino de la futura Transición, lo que pone a Franco en la idea de que el franquismo acabaría cuando él desapareciera y por lo tanto sabía que España se convertiría en una monarquía parlamentaria. Esto es mucho especular, y resulta difícil meterse en la cabeza de un personaje como Franco, que nunca dio la menor muestra de interés por nada que no fuese a mayor gloria suya. Pero sin duda, aquel 20 de diciembre influyó en el futuro, lo que no sabemos es cuánto hubo de casualidad y cuánto de planificación. Tal vez nuestros nietos lleguen a saber la verdad, como con el asesinato de Kennedy. Mientras tanto, sigue habiendo material para novelas y películas de ambiente conspirativo.

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Marruecos y la desidia europea

Una y otra vez se repite la misma historia, desde aquel vergonzoso acuerdo pesquero con Marruecos del Gobierno de Suárez a finales de los años setenta, que significaba implícita (y explícitamente) el reconocimiento de la soberanía de Marruecos sobre las aguas saharianas. Por enésima vez, los pescadores canarios están a merced de componendas que se trajinan muy lejos, y es que lo de Marruecos ya es de de risa; se cachondeaba de España y ahora hace lo mismo con la UE, y los canarios aguantando las consecuencias. zzperque.JPGLas compañías francesas y norteamericanas que controlan ese país son las que nos perjudican, porque nadie se atreve a pararles los pies. Exigen estrictas medidas en los cultivos agrícolas canarios, pero dejan entrar en la UE productos que vaya usted a saber si tienen los controles sanitarios que hay por aquí. El alisio viene del nordeste, de Marruecos, y quién sabe qué pesticidas nos trae, pero la UE sigue negociando con un estado que confunde el poder político con la propiedad privada. Y lo mismo sucede con los posibles yacimientos petrolíferos cercanos a Lanzarote. Aquí se prohibe su explotación por miedo a que un accidente provoque una marea negra que dé al traste con nuestro turismo, y sin embargo, 50 kilómetros más allá, Marruecos puede agujerear la misma bolsa y causarnos el mismo daño sin que nosotros obtengamos ningún beneficio. Es la misma historia de siempre.

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Ley de Costas sí y no

z242221-1g[1].JPGAplicando la dichosa Ley de Costas se han ensañado con algunos caseríos canarios que fueron levantados junto al mar hace décadas. Bien está todo eso de cuidar el medio ambiente y urbanizar con cabeza, pero nadie acaba de entende por qué es tan urgente y necesario derribar casas en unos lugares y sin embargo nada pasa en otros. Parece ser que la cifra mágica es 90 metros desde el agua, y como no conozco la ley -ni ganas- debo suponer que en los núcleos urbanos eso no es aplicable, porque si así fuera habría que derribar muchos metros cuadrados en Las Palmas de Gran Canaria, Santa Cruz de Tenerife, Málaga, la costa sur de Gran Canaria y no sé cuántos lugares más. Siempre acaban derribando pequeñas construcciones -algunas que vienen de bisabuelos o antes- en las que habita gente humilde. Ahora le toca a Tufia, y si es verdad que estoy de acuerdo con tratar de respetar la naturaleza, que alguien me explique por qué, de repente, las casitas de Tufia suponen un peligro para el ecosistema y hoteles de cinco estrellas batidos por las olas siguen en pie.