El valor de la espada
La huelga es un instrumento que tienen los trabajadores para tratar de hacer valer sus derechos, pero como todos los recursos hay que gastarlos sabiamente. Dice el clásico que pesa más la espada en la vaina que en la mano, porque cuando está enfundada es un valor desconocido y por lo tanto misterioso, que puede disuadir al otro por temor a que el acero brille al sol.
Cuando se ha desenfundado y entra en acción ya sabemos el verdadero peso que tiene, y entonces puede que no sea tan eficaz como se temía. Por eso la espada de la huelga, que es un instrumento legítimo, puede ser también un factor que actúe en contra de quienes la blanden si no se hace con mesura y destreza. La huelga general es sin duda la Tizona suprema de los trabajadores, y por lo tanto no puede ser utilizada de cualquier manera, pues sus filos son muy delicados y se corre el riesgo de que un uso excesivo o inadecuado haga mella en el acero. Es una Excalibur que puede romperse al intentar sacarla de la piedra si se hace mal. La satanización que algunos líderes conservadores hacen de la huelga nos retrotrae a tiempos en los que ni siquiera habíamos nacido, es como leer titulares de la prensa de principios del siglo XX, y ese afán por desacreditar a los sindicatos no debe ser echado en saco roto, porque ya decía Goebels que una mentira mil veces repetida empieza a sonar como verdad. Es lo que llamamos propaganda. Esa y otras muchas son las razones por las que los líderes sindicales deben medir muy bien su fuerza y administrarla con la mayor eficacia posible.
El Sahara Occidental es un territorio rico en fosfatos (Bu-craa), gas natural y petróleo, cuya cuantía se desconoce, pero que en cualquier caso no es desdeñable. Si a ello añadimos el control de la costa que sostiene a uno de los bancos pesqueros más ricos de la zona, es indudable que las apetencias de control sobre el Sahara Occidental son eminentemente económicas, aunque se argumenten motivos de índole histórica, etnográfica o incluso política. El Mediterráneo es un diapasón que expande su tesitura hacia todas partes. Es tan peligroso un conflicto latente en su extremo occidental como lo es en su parte oriental, sea Palestina, Egipto, Chipre o Turquía, como lo fue y aún lo sigue siendo el conflictivo mundo balcánico. Lo que no se comprende es cómo las grandes potencias y las organizaciones supranacionales se alarman hasta el punto de intervenir cuando algo va mal en Los Balcanes o en Oriente Medio y permanecen de brazos caídos cuando las tensiones se originan en la puerta oeste del Mediterráneo. África vive momentos muy duros, y a ello no son ajenos los países europeos que en otro tiempo fueron metrópoli de estos territorios. El noroeste de del continente es una bomba de relojería, pero a los dirigentes que pueden amortiguar ese peligro no parece importarles. Aunque parezca que el peligro está dormido, puede reactivarse en cualquier momento, y tal vez entonces sea tarde. Y mientras tanto, los saharauis sigues sufriendo la indiferencia de las grandes potencias. Esto, tarde o temprano, pasará factura.