Discutiendo inutilidades
En una situación como la actual, los políticos siguen empeñados en mostrar pecho, enrocándose en sus posiciones e ironizando sobre las posiciones de los otros, como si cada uno de ellos hubiese tenido una revelación y tuviese la receta para afrontar la crisis. Las distintas opciones han demostrado que no tienen ni idea de lo que pasa, y que funcionan a remolque, haciendo y diciendo lo contrario de lo que pregona el adversario.
Yo no sé si Bibiana Aído es buena o mala ministra, y tampoco tengo claro si el ministerio que dirige es tan imprescindible o por el contrario es un adorno. Lo que sí parece cada vez más claro es que, si hay cambios en el Gobierno (si es que los hay, porque ahora dicen que no), casi estoy convencido de que Bibiana Aído va a seguir siendo ministra, simplemente porque es la diana a la que van todos los dardos de la oposición, y Zapatero no va a darles el gusto de cambiarla. Posiblemente me equivoque, pero esa es la actitud que ha imperado en una y otra orilla en los últimos meses. Es como lo de la selección española, que cada cual tiene su alineación y su estrategia, pero lo que hace falta es meter goles, no ganar la discusión, porque finalmente no conduce a nada.
De la crisis hay muchas cosas que me cabrean y muchas mentiras interpuestas, pero de todas la que más me enfurece es cuando un tipo con el riñón bien cubierto (vaya usted a saber si gracias a las martingalas financieras que se hicieron) dice sin sonrojarse que «es que vivíamos por encima de nuestra posibilidades», y abronca la gente que tiene una pensión mísera, al trabajador mileurista y al parado. Hay que joderse. Lo que pasa es que ha habido mucho ladrón de guante blanco y no otra cosa. Hípócritas.
Hay muchos asuntos en los que La Iglesia y el Estado están enfrentados: aborto, matrimonios de parejas del mismo sexo, enseñanza de la religión, uso del preservativo, experimentos con células madre y por si esto fuera poco el propósito de una nueva ley sobre las relaciones del Estado con las religiones, asunto en el que La Iglesia esgrime la bandera de que el 77% de los españoles se confiesan católicos aunque muchos no practiquen, y esa cifra es la que abandera la jerarquía católica para atribuirse privilegios que no quiere perder. Todo es importante, muy importante, pero estoy seguro de que de esto no se va a hablar en una breve entrevista protocolaria. Y ahora lo que urge es lo material, lo siento mucho, porque las creencias son cosa de cada cual y a los gobiernos les toca lo colectivo. Para remachar, ya estoy viendo los chistes, las viñetas y los chascarrillos diciendo que usted ha ido a Roma a invocar un milagro. Por si le flaquean las ideas como a