Profetas con retraso
Jordi Pujol dijo que los expresidentes son como los jarrones chinos, muy valiosos pero que nadie sabe dónde ponerlos. No hace mucho que se decidió que los expresidentes del Gobierno español pasan a ser miembros natos del Consejo de Estado, cargo que aceptan o dilatan según les va conviniendo por aquello de las incompatibilidades. Ahora mismo, fallecido Calvo-Sotelo y enfermo Adolfo Suárez, sólo quedan disponibles Felipe González y José María Aznar.
Cuando estos personaje ya históricos abren la boca casi siempre ponen en un brete a su propio partido, cuando no al Estado. Así que sería deseable que se dedicasen a sus actividades privadas o que ejercieran de consejeros de Estado con la discreción que se le supone al cargo. Pero no, hablan, porque son ciudadanos libres y hay libertad de expresión, pero deberían cortarse un poquito porque a veces el jarrón chino no sólo se rompe, sino que lo pone todo perdido porque nunca estamos seguros de qué contiene. Y me entra la risa cada vez que saltan a la palestra González o Aznar, dando recetas magistrales para esto o para lo otro, cuando tuvieron mucho tiempo de presidencia para tratar de resolver esos problemas (o no crearlos). Ahora suelen venir con soluciones mágicas, con el porte de estar por encima del bien y del mal, criticando medidas que en su día ellos también tomaron, o profetizando posibilidades si no se hace lo que ellos ven muy claro. Dan la impresión de que el Arcángel San Gabriel se les hubiera aparecido en sueños con mensajes divinos, y hablan como si estuviesen dotados de ciencia infusa; lo que pasa es que estas instrucciones llegan con diez, quince, o incluso veinte años de retraso. Por lo visto el Arcángel todavía no tiene ADSL ni satélite y transmite en diferido, y en estas circunstancias los expresidentes calladitos son clavaditos a Brad Pitt, vamos, que están más guapos.
Por otra parte, estar en paro es angustioso, ser jubilado y estar todo el día escuchando el zumbido de este o aquel rumor no es plato de gusto, y la gente que está trabajando lo hace con sus salarios empequeñecidos y el miedo a perder el trabajo. Se ajustan las plantillas de las empresas y a menudo la misma tarea la tienen que hacer menos personas que antes, y calladitos no vaya a ser que pisen la acera. Eso es cansancio físico y psicológico, y encima hay cabreo porque vemos que los políticos siguen su ritmo de gasto personal de siempre: viajes, comidas, coches, dietas. Yo me pregunto por qué cobra dietas un parlamentario por ir al Parlamento si se supone que ya cobra un salario por ello. Hace unos días se publicaba que el turismo ha subido en Canarias un 16%, pero no veo que ello genere nuevos puestos de trabajo. El empresariado también debería ajustar su cuenta de resultados, porque la crisis siempre recae en los trabajadores (y no hablo de las PYMES, que ya tienen bastante).
La cuestión es que Kennedy no era más que otros, pero respondió a una demanda del pueblo americano. Fue la gran esperanza y la gente personificó en él sus ilusiones de cambio. Sin duda él respondió a las demandas, y aunque casi nos mete en una guerra nuclear impulsó la Ley de Derechos Civiles y acabó con 15 años de mccarthismo. Kennedy fue una necesidad, porque no era un santo, pero el sistema no estaba dispuesto a que imprimiera a aquella sociedad el cambio de rumbo que demandaba. Su hermano Robert quiso seguir su estela, pero ni siquiera lo dejaron pisar el despacho oval, no fuera a resucitar el entusiasmo que el pueblo depositó en JFK. Cuando mataron a Kennedy cambiaron el rumbo del mundo para los siguientes cien años, y eso lo sabe el inconsciente colectivo. Sus devaneos amorosos y sus juergas con el clan Sinatra son menudencias históricas para el papel couché. Lo importante fue que representaba un objetivo y con su muerte se abortó. Luego todo ha sido gris, manejado por los poderes económicos a los que él desafió y por eso se lo llevaron por delante.