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Otra política es posible

En la era de la comunicación, el papel social de los artistas e intelectuales se ha difuminado porque hoy la influencia de las opiniones está muy relacionada con las horas de televisión en que aparezca alguien, independientemente de su nivel. En la II República, cuando llegaban con tres días de retraso los periódicos de Madrid, los lugareños, que en muchos casos no sabían leer, preguntaban al maestro, al cura o al que supiera leer en la barbería qué opinaban sobre un asunto concreto Don José (Ortega y Gasset), Don Antonio (Machado) o Don Miguel (Unamuno). zzzintej.JPGY aquello tenía calado, porque en realidad creaba opinión. Ahora, los intelectuales hablan, opinan y critican, pero nadie pregunta en el pueblo qué han dicho Don Fernando (Sabater) o Don Emilio (Lledó), aunque últimamente sí que se han interesado por lo que ha dicho Don José Luis (Sampedro), y hemos visto la que se ha montado, porque alguien ha hecho pensar con argumentos. Ahora se ha presentado en Madrid un grupo de artistas e intelectuales amparados por un manifiesto en el que afirman que otra izquierda es posible. Que la mayor parte de los firmantes apoyaran en su momento a Zapatero da alas a la voraz derechona para criticarlos porque suponen que lo que buscan es un nuevo árbol al que arrimarse, ahora que parece inevitable el desembarco de la derecha portadora de los valores eternos del feudalismo. Yo creo que otra izquierda es posible y podría perfectamente firmar el manifiesto, pero también necesitamos otra derecha menos entregada al fanatizado ultraliberalismo galopante que nos predican cada día, y en el que también ha sido atrapada la socielademocracia. Creo en la buena intención de los firmantes, aunque en lugar de centrar el asunto en la izquierda yo propondría que otra política es posible, pero eso los políticos ni lo huelen.

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¡Viva Cartagena! (*)

Los que mantienen a marchamartillo el discurso de la unidad y uniformidad de España debieran darse una vuelta por la historia. Así se percatarán de que España es un estado muy centrífugo, con una permanente tendencia a la desunión. En realidad, cuando acuñaron el término «balcanización» para procesos de fragmentación de un estado, en realidad debieron llamarlo «españolización». De manera que, aunque no sea deseable ni práctico, no es tan raro lo que ocurre actualmente, y cuando se redactó el Título VIII de la Constitución de 1978 que trata de las autonomías, los diputados no lo hicieron porque sí, sino porque conocían la historia, y pensaron que dejando abiertas juntas de dilatación entre los territorios sería menos probable que el edificio español se partiese. Cuando España estuvo por primera vez bajo un mismo mandato fue en la corona de Carlos I, puesto que los Reyes Católicos dejaron que Castilla y Aragón fuesen entes distintos. Antes hubo muchos reinos, condados, señoríos y marcas, y en tiempos de Felipe II había gobernadores y fueros en cada zona. Así se mantuvo a duras penas la unidad bajo una corona. En el años confusos entre 1868 y 1874 (había tres guerras civiles simultáneas) hasta nació una república, pero incluso entonces surgieron diferencias entre unitarios y federalistas. Tanta era la potencia descentralizadora, que no sólo Andalucía o Cataluña querían ser un estado (los vascos y los navarros ya lo intentaban con las guerras Carlistas), sino que muchas ciudades se constituyeron en estados por su cuenta: Sevilla, Valencia, Alcoy, Salamanca, Tarifa y muchas más, hasta pueblecitos como Jumilla o Camuñas. Donde hubo mayor resistencia fue en Cartagena, pues los sublevados tenían las armas del arsenal militar, que requirió la presencia del ejército central para rendir la ciudad. La tercera guerra fue la llamada de Los diez años con Cuba.
zzzzz10065281.JPGPor eso no es nuevo que ahora los de Bildu se monten su película, los catalanes sigan con la suya y, por la fuerza de la costumbre, un día de estos la comarca del Maestrazgo o la parroquia de Caldas proclamen su propio estado. Es lo de siempre, y por eso estados como Gran Bretaña, Francia o una república federal como Alemania nos miran con desconfianza. No hay manera de que al presidende del Barça se le haga decir España (dice estado español), los del PNV juegan con fuego apoyando a Bildu y algún editorialista canario sigue echando leña al fuego de la independencia con lenguajes y argumentos que a Secundino Delgado y Nicolás Estébanez les habrían parecido ridículos, por viejos y demagógicos. Pero esa es la España que heredamos de los Reyes Católicos, cuyos dirigentes no son capaces de hacer frente común ni cuando se quema la casa. Fue el pueblo el que se levantó contra Napoleón mientras los políticos discutían, y el desprestigio de la política acabó con la monarquía de Alfonso XIII. Durante la II República no fueron capaces de ponerse de acuerdo en lo esencial, y prefirieron una guerra civil antes que ceder un palmo. Esta España no es nueva, pero no se preocupen, las juntas de dilatación son generosas y no se romperá, pero tanta diatriba de barrio no nos deja avanzar. A veces me pregunto si Aznar, Artur Mas, Felipe González o Esperanza Aguirre se dan cuenta del daño que pueden hacer sus palabras. De Zapatero, Rajoy, Rubalcaba y Mª Dolores de Cospedal ni hablo. Cada uno a lo suyo: ¡Viva Cartagena!
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(*) Esta expresión se menciona también si alguien monta un numerito para despistar cuando mete la pata o le queda grande algo que está haciendo; y viene porque, poco después de que el cantón de Murcia y Cartagena fuese derrotado por las fuerzas del estado central (1871), un cantante de ópera que actuaba en el teatro de la ciudad estaba haciéndolo de pena, entre el descontento del público. Para que el murmullo creciente no se convirtiese en pitada y pataleo, el tenor se plantó en medio del escenario y, sin venir a cuento, gritó. «¡Viva Cartagena!» Como aún los sentimientos cantonalistas de los cartageneros estaban a flor de piel, el público estalló en vítores y una cerrada ovación. Lo hemos visto en algunos cantantes que vienen a Las Islas y empiezan a hablar en el escenario de su amor por Canarias y a veces entrando en rivalidades y pleitos locales, tratando así de ganarse al público. El truco es viejo, pero a menudo funciona.

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Si esto no es una guerra

Las decisiones sobre las misiones que realizan nuestros soldados las decide el Gobierno y lo refrenda el Parlamento. Por lo tanto, lo primero es solidarizarse con el dolor que ocasiona la muerte en acto de servicio de militares españoles. Pero también debemos reflexionar sobre las misiones de nuestras Fuerzas Armadas. Funciones pacificadores y efectivas como las de El Salvador o Bosnia engrandecen el papel de España en el mundo. zzafganis.JPGSin embargo, Afganistán no fue una buena idea desde el principio. Arrastrados por la cabezonería de Bush, muchos países integraron una fuerza que debía restablecer la democracia en el país, coartada muy truculenta pues no se puede restablecer algo que nunca ha existido. Europa se ha plegado a los caprichos del Tío Sam, lo mismo que pasó después con la Guerra de Irak. Afganistán es un polvorín, y se repite la máxima de que nadie ha podido controlar un territorio muy difícil que está en manos de los Señores de la Guerra desde tiempo inmemorial. Fracasó la URSS y antes los británicos, cuando sus colonias llegaban justo a las fronteras de Afganistán, pero es que ni los legendarios Aejandro Magno, Saladino o Gengis Khan pudieron con los afganos. ¿Por qué iba a poder una coalición internacional por muy azules que sean sus cascos? Por lo tanto, ya que tanto sufrimiento está resultando inútil, las Fuerzas Armadas españolas debería volver inmediatamente, sin esperar a esos plazos impuestos arbitrariamente por Estados Unidos. Europa debiera hacerse valer en la ONU y si el Pentágono quiere guerras que las pelee por su cuenta. No hay por qué poner más muertos en una guerra inútil. Ah, que no es una guerra; pues si llega a serlo…