Hacia los ángeles
Cuando el filosofo escolástico humanista Pico della Mirandola escribió Oración por la dignidad del hombre, tenido como el manifiesto renacentista, vino a decir que el hombre tenía facultades divinas y que no debía desaprovecharlas. Afirmaba que el ser humano es el único que no es de una forma fija, determinada y permanente, que evoluciona (esto es hoy muy discutible pero entonces Descartes no había nacido). Volviendo al filósofo, insiste en que el hombre procede de la bestia y avanza hacia la divinidad, con lo que en un futuro puede llegar a la altura de los ángeles. Claro que, decía que eso depende del mismo hombre, pues puede avanzar o retroceder porque es dueño de su libre albedrío. Hace unos días, el escritor Luis Racionero afirmó que él confía en que estemos caminando hacia lo angelical, alejándonos de la bestia. Eso propuso Pico della Mirandola y de las dos opciones Racionero eligió la buena porque se confiesa optimista. Yo no digo nada, y dejo en el aire la pregunta de si en verdad el ser humano avanza hacia la sabiduría espiritual o retrocede hacia la bestia de su origen.
Es sabido que la mayor parte de los acuerdos políticos se hacen antes de llegar a las sesiones oficiales, que es donde se escenifican. Que un ayuntamiento dé a una calle, una plaza o un edificio el nombre de alguien destacado es normal, pero cuando esa persona está viva no se puede estar jugando. La escena oficial ha de ser que se aprueba, y eso hay que saberlo antes. Cuando no hay acuerdo previo, no se lleva al pleno, porque resulta humillante para la persona homenajeada, para la gente que la quiere y para sus seguidores. Si hubo acuerdo anterior y alguien se rajó, malo; y si lo que sucede es que una fuerza política no tiene la seguridad del acuerdo y sigue adelante, peor. Pero claro, hay que sacar réditos políticos. No se puede humillar públicamente a un artista; si, en su derecho, este ahora se negara a que dieran su nombre a un edificio dirían que es un desagradecido. Yo lo entendería, es humano y han jugado con él. Aunque ahora digan salmos en latín, jugar políticamente con el nombre de José Vélez es una tremenda falta de sensibilidad cultural, política y humana.