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Piratas del Índico

A raíz de los episodios de piratería que están teniendo lugar en el océano Índico, alguien ha dicho que estos hechos son como un bucle en el tiempo, que la piratería estaba erradicada y pertenecía a un pasado más o menos romántico.
zTreasure_Island-Scribner's-1911[1].jpgPues ni es pasado ni es romántico, aunque gran parte de la literatura pirática procede de la Europa del siglo XIX (Stevenson, Salgari, incluso el poema de Espronceda que mitifica la figura del pirata) y en la mente colectiva de Occidente hay tres momentos piráticos que se mueven entre la realidad y la ficción: los bucaneros del Caribe con Barbanegra como estrella, los piratas de Malasia con el Sandokán de Salgari y algunas peripecias más en los Los Mares del Sur y como mucho el Golfo de Guinea. Y ya por lo visto no hay más piratas, ni los hubo antes ni los habría después.
Pero no es así. La piratería ha existido siempre y en todas partes; no es otra cosa que el bandolerismo en el mar, pues hacen lo mismo que los salteadores de caminos en Sierra Morena o los atacantes de las diligencias de las películas de John Ford. Desde la más remota antigüedad han existido los piratas, llamados a veces de otra manera, pero asaltos en el mar los hay en los Cuentos de las mil y una noches (pregunten a Simbad), en las sagas vikingas o en las costas de Berbería, que los canarios hemos sufrido a la par que los ataques corsarios de ingleses, holandeses y hasta portugueses. Y, por supuesto, en el Mediterráneo, pues el mentado Espronceda sitúa a su pirata en la entrada del Mar Negro: «Asia a un lado, al otro Europa / y allá a su frente Estambul» (*). Por lo tanto, la piratería en el océano Índico no es una modernidad, siempre ha existido, lo que se entiende menos es que con los medios tecnológicos que hoy existen se les combata del mismo modo que a los bucaneros de Maracaibo.
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(*) Istanbul es el nombre de la ciudad en turco, pero Espronceda lo castellaniza y pone Estambul.

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Duerme, «Negrita»

El tiempo sigue liquidando las voces que trazaron medio siglo de esperanza y utopía, la idea de que todo ser humano merece el mismo respeto sea de donde sea, crea lo que crea y cualquiera que sea su lengua, su sexo y su color de piel. El mensaje que provenía del Martín Fierro atravesó la frontera de un siglo y se plantó en los versos de Buenaventura Luna, que murió prematuramente en 1949. Pero su muerte fue un estímulo que se notó en todo el subcontinente latinoamericano, especialmente en Chile, Uruguay y Argentina. Novelistas, poetas, payadores y músicos de partitura crearon un corpus inigualable, que va de Rómulo Gallegos a Alfonsina Storni, de Chabuca Granda a Luis Alberto del Paraná, de La Cantata de Santa María de Iquique a la Misa Criolla y al Fulgor y muerte de Joaquín Murieta, desde Tierra de Fuego a Río Grande.
zmercedes-sosa.jpgEse patrimonio, que también creció en Brasil con Jorge Amado, la bossa nova y el fotógrafo Salgado, entre muchos, tuvo en el Cono Sur un florecimiento que es una especie de Siglo de Oro de la cultura de la comunicación, en la que las minorías selectas de la poesía maridaron con el pueblo: Violeta Parra, Zitarrosa, Benedetti, Atahualpa Yupanki, Víctor Jara, Los Cantores de Quilla Huasi, Eduardo Falú (*) y tantas otras voces que traspasaron la canción y la literatura, el cine y hasta la danza de Julio Bocca como engarce con el siglo XXI.
Casi todos se han ido, y ahora se va una voz que los resumía a todos, la «Negra» Mercedes Sosa, nuestra Mercedes, una mamá grande nacida en una Argentina tan especial como la norteña ciudad de San Miguel de Tucumán, pero que bien podría haber visto la luz en el Macondo graciamarquiano.
El tiempo va tomando su peaje, y aún nos queda el aliento del viejo Ariel Ramírez, del indomeñable Daniel Viglietti, del incansable Horacio Guarany, del invencible Nicanor Parra. Mercedes Sosa cumplió el pacto que se hizo a sí misma cuando se propuso universalizar la canción popular argentina, y lo hizo tan bien que se convirtió en la voz de todo un continente. Gracias, y duerme «Negrita».
(*) Muchos echarán de menos grandes nombres; sólo he mencionado a los que se me vinieron a la memoria a botepronto.

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La primera memoria escrita

Aparte del valor infinito de las vidas humanas que se ha cobrado la guerra y el dolor por la pérdida de la integridad física de heridos y mutilados, hay también una gran pérdida que achacar al conflicto de Irak y sus derivaciones. Puede haberse perdido un trozo muy importante de la memoria de la Humanidad, porque las bombas, los saqueadores y el caos pueden haber destruido piezas muy importantes del patrimonio iraquí, que es tanto como decir la memoria física del principio de nuestra civilización.
zirak1.jpgA estas alturas es baladí tratar de culpar a las bombas o la furia de los saqueadores. Koïchiro Matsuura, Director General de la UNESCO en el momento de la invasión, solicitó a los norteamericanos medidas para preservar los lugares importantes donde se conserva el patrimonio histórico y arqueológico iraquí, haciendo especial énfasis en los museos arqueológicos de Bagdad y Mosul, que son, con el de El Cairo, las más importantes colecciones de vestigios antiguos de Oriente Medio, y por extensión del mundo.
Es evidente que, si las armas «inteligentes» han errado a menudo hasta el punto de caer sobre un mercado lleno de personas civiles, no es descabellado pensar que lugares de interés arqueológico también hayan sido blanco equivocado de los bombardeos. Luego está el problema del saqueo de los museos y los yacimientos arqueológicos. Hay especial temor por lo que pueda suceden en la biblioteca de Bagdad y en el Museo Arqueológico de esta ciudad, sin olvidar los museos de Mosul y Basora. De hecho, ya ha habido destrozos terribles, pues han ardido muchos incunables, libros imprimidos desde la invención de la imprenta hasta el año 1500, ejemplares únicos en muchos casos.
La biblioteca de Bagdad tiene más de un millón de volúmenes, manuscritos árabes de muchos siglos, y documentos de las antiguas culturas mesopotámicas (sumerios, akadios, elamitas, amorreos, babilonios…) y del esplendor de Bagdad, una ciudad fundada por el legendario sultán Raschid, aquel a quien Sherezade contaba sus cuentos de las Mil y una noches. Bagdad fue entonces lo que Córdoba sería varios siglos después, en la época de Abderramán III. Todo ese patrimonio se conserva en esa biblioteca y es posible que una parte muy importante de él haya sido destruido desde la rabia, la fiesta de la ignorancia o la maldad que se presenta aun en las situaciones más penosas.
zirak3.jpgHay otro peligro, que si siempre acecha, es más activo en momentos de caos. Se trata de los saqueadores profesionales de vestigios arqueológicos, que se mueven en conexión directa con Occidente y sus canales de distribución de obras de arte, y es por ello que en salas de subastas de Bruselas, Londres, París o Berlín se puede encontrar desde una tablilla sumeria hasta un sarcófago egipcio, y ha sido por esa vía por la que ha llegado a los museos de Europa y Norteamérica una gran parte de este legado. Se calcula que en los museos occidentales hay unas 2.500 tablillas, que en cierto modo han servido para la avanzadilla del estudio de esas culturas, puesto que son las que están más a mano de los investigadores y las universidades. De este modo, desde hace más de 30 años se edita en Chicago un diccionario sumerio-inglés, y en París otro de sumerio-francés.
Pero quedan en el Museo de Bagdad, entre otras reliquias, unas 175.000 de estas tablillas de arcilla escritas en grafías cuneiformes, la primera escritura del hombre sobre La Tierra, y que proceden de las culturas mesopotámicas mencionadas, especialmente de la sumeria. Los profesionales del saqueo, auxiliados por las mafias locales, se suelen encargar en tiempos de confusión de hacerse con objetos de este tipo, para ponerlos en circulación en Occidente, y aunque se supone que existen leyes que lo prohíben, siempre hay quien compra y a veces incluso desde instituciones supuestamente honorables.
Es conocido que buena parte de ese patrimonio hace décadas, e inclusos siglos, que está en Europa. Los museos de Londres, París, Berlín y de otras ciudades europeas y americanas se han ido haciendo con objetos de estas culturas antiguas, unas veces por medio del expolio directo en tiempos de guerras y colonias, y otras por el terrible tráficos que existe desde el siglo XIX. Hay que decir que, gracias a esas piezas que están en Occidente (la piedra Roseta en Londres, el código de Hammurabi en París, la puerta de Isthar en Berlín) tenemos una muestra de lo que fueron aquellas culturas. Pero ese es un triste consuelo, porque siguen en peligro miles de piezas de un valor infinito, puesto que la mayor parte de las tablillas con escritura cuneiforme conservadas en el Museo de Bagdad no han sido descifradas, no porque no se tengan los códigos para hacerlo, sino porque es un trabajo tan ingente que llevará décadas hacerlo. Por ello, es posible que en una de esas tablillas haya datos que puedan revelarnos asuntos sorprendentes del pasado de la Humanidad, y si son destruidas antes de descifradas habremos perdido una parte valiosísima de nuestra memoria como civilización.
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Por ello hay que salvaguardar lo que aún queda en los museos iraquís y en los yacimientos arqueológicos de Irak, para saber más de Babilonia, de Nínive, de Uruk y del nacimiento de aquella Bagdad islámica en el siglo VII, es decir, para saber más de nosotros mismos. Las advertencias de los responsables culturales de la ONU y la UNESCO y las palabras de autoridades mundiales no deben caer en el vacío, porque nos jugamos la memoria más remota de nuestra civilización, una memoria que en buena parte yace dormida esperando a ser revivida desde una tablilla que lleva cinco milenios guardando un mensaje para toda la Humanidad.
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(Este trabajo fue publicado el miércoles 30 de septiembre en el suplemento Pleamar de la edición impresa de Canarias7)