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El tiempo en una tarima

Casi siempre, los actos públicos se componen de una tarima en la que están quienes van a decir algo y una sala en la que se sientan los asistentes. Y esto sucede en conferencias, presentaciones de libros, entregas de premios o mesas redondas. Uno de los problemas que hay que tener resuelto de antemano es la duración. Decía Guillermo Díaz-Plaja en su libro Cómo hablar en público, que un acto de este tipo debe duran alrededor de 45 minutos, que es el tiempo que él estimaba que aguantaban las posaderas de un asistente sin removerse. Aunque el acto sea brillante, si se pasa de tiempo, el comentario final será: «muy bien, aunque un poco largo»; si dura menos, la gente dirá: «un poco corto, pero muy bien». Y lo que queda es lo último, es decir, «muy bien» o «un poco largo». O sea, el tiempo es un factor determinante.
ttiem.JPGOtra cosa es una gala, que como tiene elementos del espectáculo puede alargarse, pero no más de las dos horas. Y esto es elemental, pero parece que cuando la gente sube a una tarima o coge un micrófono no se da cuenta de que si se pasa en tiempo dará igual lo que diga, siempre quedará mal. Y esto lo comento por la ceremonia de los Goya, en la que reciben premios personas que se supone deben conocer el funcionamiento del tiempo en la comunicación. Pero ni así, repiten nombres y agradecimientos hasta el infinito y queman al público. Los hay, como Jack Palance en el Oscar, que hasta se ponen a hacer flexiones mientras la gente no sabe qué cara poner para disimular la vergüenza ajena. Y esto lo advierto siempre antes, cuando participo en presentaciones de libros, míos o de otros, «no más de 45 minutos, y a ser posible un poco menos». Pero es predicar en el desierto, pues cuando alguien coge un micrófono se le para el reloj y se comporta como si fuera el dueño del tiempo de los demás. Y no lo es.

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A vueltas con la gripe A

La gripe A, que el año pasado armó una polvareda informativa tremenda, este año ha sido arrinconada a pequeñas gacetas y mínimos comentarios. Por otra parte, la campaña contra la resistencia a los antibióticos ha hecho que la mayor parte de la población pase los resfriadosgripeaaaa.JPG -sin saber si será o no gripe y de qué clase- a base de paracetamol, aspirina y pastillas de chupar para aliviar la garganta. Es cierto que el abuso de antibióticos ha hecho que estos se vuelvan resistentes, pero la población anda agripada -o resfriada-, febril y a media vela prácticamente con remedios caseros. Seguramente esto es lo indicado, y si los médicos obran así será porque hay instrucciones con base científica que así lo aconsejan, pero no estaría mal que se informase a la población con más detalle de estos procesos y que nos dijeran qué está ocurriendo excatamente con la gripe A, porque esas pequeñas gacetillas casi escondidas en la prensa a veces crean más alarma que los grandes titulares, precisamente porque es una información muy escueta.

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La irracionalidad del fútbol

fuuut.JPGCon el cierre el mercado de invierno vuelven los titulares sobre fichajes y sueldos de futbolistas. Sabemos que el fútbol de élite, además de un deporte (cada vez menos), es un espectáculo y un negocio que sirve como soporte de la publidad, pero chirría ver que se pagan docenas de millones por un jugador y que estos cobran cantidades irracionales. Lo más triste es que hay gente que lo está pasando muy mal por la crisis y entiende que determinados futbolistas estén incómodos porque cobran menos que otros de su mismo equipo. Hace unos días escuchaba una conversación entre dos lugareños, que entendían que Sergio Ramos se reivindique en el Real Madrid porque cobra «solamente 3 millones al año» (publicidad aparte). El argumento de que la vida de un futbolista es corta no me vale, porque cobrando esas cantidades podrían vivir muy bien 200 años con el salario de una temporada. Y me parece de papanatas poner como ejemplos de buenos chicos a los futbolistas de la Selección española. Digo yo que mejor ejemplos serían cirujanos casi milagreros, científicos que se dejan las pestañas para encontrar soluciones a problemas reales o gente anónima que cada día hace un servicio a la sociedad desde su puesto de trabajo o en sus horas libres. Todos los niños quieren ser Cristiano Ronaldo o Leo Messi, se peinan igual y escupen en la calle como ellos hacen en el césped. Y lo peor es que los medios los enaltecen. Tienen un don, no cabe duda, pero estamos creando falsos dioses.