Las ironías de la publicidad
Dicen los entendidos que cuando no entendamos un anuncio es que no va dirigido a personas de nuestro perfil. Seguro que es así, porque no tendría sentido que los anunciantes se gastasen un pastizal en un anuncio que no entiende nadie. Es decir, hay un estudio previo para el sector del mercado al que se quiere llegar.
Sin embargo, hay campañas que me resultan chocantes, aunque seguramente también son muy efectivas, pero lo que nadie puede negarme es que son hipócritas. A veces chirría que un cantante multimillonario, un tenista montado en el dólar o una actriz que cobra cifras imposibles nos hablen de solidaridad con los más necesitados, pero la campaña que más me desconcierta es la que hace la selección española de fútbol para ahorrar energía. Vamos a ver: son estrellas de deporte que cada semana hacen cientos o miles de kilómetros en aviones, autobuses o trenes rápidos que consumen muchísima energía; juegan de noche en estadios profusamente iluminados con millones de watios de luz; exhiben automóviles de gran cilindrada, y se van de vacaciones a lugares muy lejanos o pasean en yates de muchos caballos. Podrían recomendarnos cualquier cosa, pero servir de ejemplo en el ahorro de energía suena a chiste.
Es sabido que la mayor parte de los acuerdos políticos se hacen antes de llegar a las sesiones oficiales, que es donde se escenifican. Que un ayuntamiento dé a una calle, una plaza o un edificio el nombre de alguien destacado es normal, pero cuando esa persona está viva no se puede estar jugando. La escena oficial ha de ser que se aprueba, y eso hay que saberlo antes. Cuando no hay acuerdo previo, no se lleva al pleno, porque resulta humillante para la persona homenajeada, para la gente que la quiere y para sus seguidores. Si hubo acuerdo anterior y alguien se rajó, malo; y si lo que sucede es que una fuerza política no tiene la seguridad del acuerdo y sigue adelante, peor. Pero claro, hay que sacar réditos políticos. No se puede humillar públicamente a un artista; si, en su derecho, este ahora se negara a que dieran su nombre a un edificio dirían que es un desagradecido. Yo lo entendería, es humano y han jugado con él. Aunque ahora digan salmos en latín, jugar políticamente con el nombre de José Vélez es una tremenda falta de sensibilidad cultural, política y humana.