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¿Sabemos realmente lo que está pasando?

Si decía Borges que la historia del siglo XX no podría escribirse por exceso de información, supongo que la del siglo XXI nos conduciría directamente a un bloqueo. Hay exceso de información, que circula por muchos canales diferentes, y muchas veces no sabemos lo que es verdad y lo que se monta como bulo interesado. Otra forma de desinformar es a través de la saturación, se habla tanto y tan repetidamente de un asunto que acaba creando cansancio, zzzDSCN4489.JPGy llega un momento en el que uno deja de prestar atención. Sospechamos que gobiernos y grandes corporaciones nos ocultan cosas, pero a veces no es así, sino que es tal la avalancha de datos, que nos causa estrés mental y es como si no dijeran nada. En otras ocasiones tenemos acceso a esos datos, que suelen ser exhaustivos, pero de nada nos vale porque luego vienen las interpretaciones. No somos físicos nucleares, economistas, sociólogos, biólogos, géologos y politólogos a la vez, para sacar una conclusión de una tabla de números sobre cualquier asunto importante. Al final, salen Fulano y Zutano, que son líderes de opinión reconocidos, y nos sumamos a su análisis. Pero eso tampoco es garantía de nada, porque la gente tiene su tempo, aunque no lo sepa, y así quien cree a Gabilondo desconfía de Anson, y al revés, además de que se duda de las valoraciones de voces diversas. El mismo hecho puede ser una maravilla o un desastre según quien lo diga y quien lo escuche. Como consecuencia, en una época en la que más medios existen para comunicarnos, cabe hacerse la pregunta de si en realidad sabemos, aunque sea de una manera aproximada, qué está pasando, y qué significa.

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Los fastos de Johanesburgo

zzz5555Foto0225.JPGLa despedida que los más altos dirigentes del mundo han dado a Mandela en «el mismo estadio en el que España ganó el Mundial de Fútbol 2010» (Rajoy dixit, qué torpeza) me ha hecho entrar en un océano de confusión. Lo único cierto, real y sincero es el pueblo sudafricano que celebra agradecido la vida Mandela, no llora su muerte, agradece haberlo tenido. Lo demás se me escapa. No se explica ese desfile de mandatarios, que llegan a Johanesburgo a decir una bellas palabras que incumplen, o simplemente a hacer de extras de lujo en un magno programa de televisión. Si los gobernantes que se dieron cita en ese acto quisieran, el mundo cambiaría en cinco minutos, casi como por arte de magia, chasqueando los dedos. Tienen en sus manos el poder para detener guerras, evitar hambrunas, cambiar la opresión por libertad. Y lo único que hacen es gastarse un dineral a cuenta de sus presupuestos nacionales para ir a Sudáfrica y hacerse una foto, como la que se hacían con el móvil un exultante Obama junto a la primera ministra de Dinamarca (parecían dos adolescentes en una fiesta). Me pregunto cuánto habrá costado al mundo la presencia de tantos mandatarios, tantas estrellas del espectáculo, tantos personajes que fueron y ya no son (Clinton, Sarkozy, Kofi Annan…) Muchos millones, para luego regresar y olvidarse de sus palabras en aquel estadio y hasta de que Mandela alguna vez haya existido. ¿Estaría de acuerdo Mandela con unos fastos así alrededor de su cadáver aun caliente?

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Dios nos odia, si no no se explica

zwer67.JPGLa muerte de Mandela nos recuerda cómo hay naciones que son capaces de aprovechar hasta la más remota oportunidad, y como dice el poema Invictus, «no importa lo estrecho que sea el camino». España es especialista en perder oportunidades. Perdió una después de expulsar a Napoleón, para convertirse en un adalid liberal (Fernando VII la jodió); otra en la revolución de 1968 y la I República, cuando cada cantón y hasta cada ciudad quiso ser independiente (Viva Cartagena); otra más hacia la mitad de la II República, cuando los extremismos y los poderes reaccionarios (Iglesia y poder económico) abocaron a este país hacia una guerra civil; aún así, tuvo otra oportunidad al filo de1950, cuando al amparo de la ONU pudo convertirse en una democracia y subirse al carro del Plan Marshall, pero el deseo de poder y venganza de Franco y los suyos lo impidieron; La Transición fue la quinta oportunidad en menos de dos siglos, pero el miedo y los poderes ocultos manipularon la realidad con medias verdades y olvidos clamorosos. Y es que, es verdad, Dios, que tanto está en la boca de los nacionalcatólicos, nunca ha querido darnos un Mandela. Cada día estoy más convencido de que, si Dios existe, nos odia. No hay otra explicación.