Palabras y silencio
Sobre este asunto se ha dicho mucho y de muchas maneras. Los árabes sentencian que la elocuencia es plata y el silencio oro; el clásico aseguraba que somos dueños de nuestro silencio y esclavos de nuestras palabras… Y yo mismo digo esa frase mil veces repetida por muchos que alguien ha perdido una magnífica oportunidad para callarse cuando dice una inconveniencia, mete la pata o simplemente le da opciones al adversario como en la también choteada secuencia de Quino («Mamá solo a ti se te ocurre poner sopa en pleno verano», y la madre contesta: «¿verdad que soy original?») En estos días las lenguas se han desatado: alguien adelantó el traspaso de un jugador de la UD sin que estuviera cerrado y se armó el lío; Rajoy se hizo el colega con los primeros ministros en Bruselas y se olvidó de los micrófonos; el Presidente del Barça se quejó de los árbitros y al día siguiente le perdonaron a su equipo nada menos que la expulsión del portero apenas comenzado el partido, y ahora hay quien relaciona causa con efecto; hasta el Rey se ha despegado de la pared, dejando desprotegidas las espaldas (es lo que tiene hablar), pues en un solo discurso ha proclamado la especial protección que merece el derecho de defensa y más adelante señaló la necesidad del secreto profesional en la abogacía, que da pábulo a que alguien relacione unas palabras con el trato que la prensa da a Urdangarín y otras con uno de los juicios a Garzón. Ya me decía mi madre: «Emilio, calladito estás más guapo, clavadito a Gary Cooper», que debía ser su cánon masculino de belleza. Y es que no aprenden… Ni yo.