Santiago Gil, mucho más que «2»
Vuelvo a definir a Santiago Gil por enésima vez como el escritor que tiene un periscopio siempre fuera del agua para ver qué ocurre alrededor de los 360 grados de la vida. Pero no se limita con ver e informar de lo que ve, sino que indaga y deduce qué significa cada una de las cosas que atraviesan el juego de espejos de su mecanismo observatorio. Tiene la facultad de escarbar en los sentimientos más ocultos de sus personajes, que indefectiblemente son perdedores, o al menos se ocupa de los momentos en que el alma humana es poseída por la certeza del abandono y la desolación.
Esos momentos oscuros son comunes a todos los seres humanos, aun a los que parecen brillar sobre la peana de oropel de los triunfadores. Desde ese punto de vista, el novelista rebusca en el territorio más íntimo, ese que nadie comparte ni con la persona más cercana. Cualquiera que conozca a Santiago en su vida personal puede encontrar una gran divergencia entre su manera de ser y en los mundos que crea en sus novelas. Es un hombre jovial, alegre y extrovertido, un arquetipo que raramente vemos en sus páginas. Cuando se calza el uniforme de novelista, trata de encontrar ese otro yo que existe en todos nosotros. Sus libros no suelen ser una verbena, y cuando el humor aparece lo hace de una manera tan dura que pasa a formar parte del retrato de esos personajes, que a veces ríen hasta sin motivo.
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