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Ideologías y Pacto por la Educación

La enésima reforma educativa que ahora está sobre la mesa tiene, otra vez, una gran dosis de lampedusismo; se trata por lo visto de cambiar algo para que todo siga igual. Mueve a la risa el mensaje de Mariano Rajoy, en el que pide que no haya elementos ideológicos; y lo dice cuando la Iglesia Católica está pidiendo silla en esa mesa y la presencia de una religión -la suya- en el currículum escolar. Y es que, además, que un sistema educativo esté desprovisto de ideologías viene a ser como el pan sin harina o la sopa sin agua.
20141017_115853.JPGCuando se diseña un sistema educativo se proponen unos objetivos y unos resultados, que siempre tienen que ver con la concepción de la sociedad que se pretende instruir, educar y construir. Si eso no es ideología… Y es que esa palabra tiene muy mala prensa desde disparaderos conservadores. Dan por sentado que una ley que tienda a perpetuar un sistema eterno con leves variantes es un documento técnico, pero si contiene asuntos contrarios a lo de siempre, aunque sean solo matices, entonces hay ideología, y la gente del orden de toda la vida pone el grito en el cielo y lanza su ¡vade retro! Parece una parodia que asociaciones conservadoras y hasta purpurados acusen al mismísimo Congreso de los Diputados de sectarismo y, cómo no, de que está muy ideologizado, porque entienden que su forma de pensar no contiene ideología alguna porque procede de conceptos tan arraigados como insondables. Ojalá me equivoque, pero si no hay cambios de actitud no creo que se llegue a un verdadero pacto educativo que persiga materializar los concepto de interés general que llevan casi cuarenta años escritos en La Constitución. Seguramente nos lo venderán como un gran logro, y gran parte de la población lo creerá porque hay altavoces muy convincentes, pero mientras se trabaje con cortinas de humo que lo que pretenden es eternizar las desigualdades, no avanzaremos. En un verdadero pacto, habrá que armonizar todas las pretensiones, pero, desde que tengo memoria, la ideología conservadora jamás ha cedido un milímetro. Una vez más, todo tiene un claro fondo económico. Lo de siempre.

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Una esquela en portada


Recuerdo a un hombre mayor que en los años 70 se acercaba cada día al quiosco Quevedo, que estaba en la Plaza Hurtado de Mendoza (de las Ranas, para entendernos) de Las Palmas de Gran Canaria. Miraba con detenimiento las portadas de los periódicos que estaban expuestos y se iba. Y así durante meses, hasta que el quiosquero, cansado de verlo cada día husmeando su mercancía y sin comprar nada, le preguntó: “¿Qué busca, abuelo?” “Una esquela”, contestó el anciano; “pues no va a encontrarla porque las esquelas vienen en el interior de los periódicos”. A lo que él sentenció: “la que yo busco vendrá en la portada”. Esperaba la noticia de la muerte de Franco.
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(De malecón…)

Algo así podríamos decir de la muerte de Fidel Castro. Entrar a saco en su figura daría para llenar una biblioteca, a favor y en contra, pero lo que no puede negarse es que es un personaje de una gran dimensión. También es verdad que con él ha pasado como con los goleadores que, sin ser maravillosos estilistas, están en el lugar donde cae la pelota. Su llegada al gobierno de La Habana contó con apoyos norteamericanos, que empezaban a estar hartos de Batista, y durante los primeros años él mismo se empeñó en proclamar que en Cuba nunca habría comunismo. Después de la II Guerra Mundial, Estados Unidos había extendido sus alas sobre toda América Latina, además de Oriente Medio y buena parte del Pacífico, después de la victoria sobre Japón y el empate en Corea (de hecho el país se partió en dos). Al menor error norteamericano, Moscú trataría de aprovechar la ocasión.
El error llegó por exceso de impaciencia y El Kremlin puso su dinero y su influencia en mitad del espacio de dominio norteamericano, tratando de equilibrar el papel de Israel, al que consideraba una cuña en su área de influencia. Es entonces cuando Castro grita “¡Patria o Muerte!” y se establece hilo directo con Moscú. Cuando se desencadenó la crisis de los misiles en 1962, la diplomacia vaticana de Juan XXIII consiguió evitar una guerra nuclear. Los soviéticos retirarían los misiles de Cuba, y Estados Unidos y la OTAN harían lo mismo con los que desde Turquía apuntaban a lugares estratégicos de la URSS.
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(…a malecón)


Pues ya está, Fidel para siempre, porque el acuerdo llevaba el compromiso de que Washington no volvería a intentar invadir la isla, como había sucedido en el episodio de bahía de Cochinos. Cuba se convirtió en la china en el zapato de 11 presidentes norteamericanos y sin posibilidad de cambio. Cuando en 1990 se acabó el dinero soviético, Estados Unidos estaba muy ocupado con las crisis de Irán, Kuwait, Irak, Afganistán… Fidel siguió allí mientras el cuerpo le aguantó. Esa es la vaina, que dirían en El Caribe.
¿Qué va a pasar ahora? Pues lo que determinen las relaciones y los equilibrios entre los mosqueteros Washington, Moscú y Pekín, con una Unión Europea haciendo de D’Artagnan reumático, en espera de ver cómo le afecta la amputación del Brexit. Esto es así, grosso modo, y los ataques furibundos o los enaltecimientos rimbombantes alrededor de la figura de Castro son banderas de conveniencia, diálogos de sordos a ver quien es más revolucionario o más entregado a la democracia, porque solo viendo el lugar que Israel y Cuba ocupan en el mapa y las estrategias de los bloques de la Guerra Fría (que aun permanecen en la geopolítica), se entiende que dos países diminutos den tanto de sí. Ha muerto el patriarca, hay que esperar a ver qué herencia queda de lo que ahora mismo es solo una esquela en portada.

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¿Por qué no se documentan?

DSCN3432rr.JPGEscucho en Antena 3 la noticia sobre la muerte de Fidel Castro. Matías Prats, muy ufano, comenta que Castro ha sido el dirigente mundial que más tiempo ha estado en el poder, después de la reina Isabel II, que lleva 64 años. Falso; el emperador japonés Hirio-Hito estuvo 63 años (1926-1989) y el mes pasado murió el rey de Tailandia Bhumibol Adulyadej, que estuvo en el trono siamés la friolera de 70 años y medio, y que tiene el récord en los últimos siglos y no sé si en toda la historia. Fidel Castro fue el líder efectivo de Cuba durante 49 años (1959-2008). Así que no entiendo por qué hacen comentarios tan a la ligera cuando se dirigen a millones de espectadores, que pueden dar por bueno un dato erróneo, y así puede pasar con otros asuntos de mayor importancia que un simple ránking de fechas. ¿Tanto cuesta documentarse antes de hablar a lo loco? ¿Qué credibilidad puede tener un medio que toca de oído? Puede sucederles como en la fábula de Pedro y el Lobo: el día que den una noticia cierta y contrastada no sabremos con seguridad si nos están diciendo la verdad.