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Ucrania, el peligro ciego

Europa parece adormecida y desprecia la historia. Es evidente que la crisis económica que se ha cebado sobre todo en los países del sur europeo centra la atención de los medios, especialmente ahora, que el nuevo gobierno griego se niega a comulgar con piedras de molino poniendo en solfa la tiránica, cruel e interesada política de los países del norte. Los gobiernos de España, Italia y Portugal, metidos en el mismo saco que Grecia, aplauden la bota alemana que los aplasta. Incomprensible.
Sin embargo, este asunto y el conflicto con los movimientos radicales islamistas, con ser importantes y casi podríamos decir que vitales, ponen sordina a otro que es realmente peligroso: Ucrania. La franja intermedia entre Rusia y Europa Occidental ha sido siempre -y lo es ahora- muy sensible, porque durante siglos sus fronteras han funcionado como un acordeón, empujadas por imperios, etnias, lenguas y religiones. Hoy, la Prusia alemana está en Polonia, un estado que no ha tenido límites estables desde la Edad Media, y con Ucrania sucede algo parecido, hasta tal punto que la identidad rusa surgió en la región ucraniana de Kiev y fue avanzando hacia el Este rumbo a Los Urales y el Mar Caspio. Y es en ese límite movedizo en el que hay una guerra que cuenta cinco mil muertos en pocos meses, alentada por Rusia y por la Unión Europea al dictado de Washington.
zzzzCelajes.JPGAfirmaba hace unas semanas Noam Chomsky (por cierto, de ascendencia ucraniana) que si no se detiene esa guerra las consecuencias pueden ser imprevisibles, con el agravante de que estamos tan cerca de un disparate nuclear como en los peores momentos de la Guerra Fría, pues no es baladí que Estados Unidos se esté gastando un billón de dólares en actualizar su arsenal nuclear, Rusia suponemos que no estará de brazos cruzados, y el mayor peligro de todos es que son ya muchos los estados y quién sabe si también alguna organización terrorista los que pueden desencadenar la hecatombe atómica. Pero nada, la atención prioritaria la recibe Grecia, que en todo este entramado es calderilla, pero por lo visto siguen empeñados en demostrar quién manda aquí.

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Envidia, silencio y maledicencia

Rafael Sánchez Ferlosio siempre ha polemizado contra la idea de que la envidia es el pecado nacional de España. Fue muy sonado hace años su debate público por escrito con el político, médico, escritor, crítico y casi antropólogo Domingo García-Sabell, porque este afirmaba con argumentos de peso que el tópico es cierto, mientras que Ferlosio decía que el españolito es tan chulo y pagado de sí mismo que siempre se considera mejor que el otro, y por lo tanto no lo envidia porque se siente superior. La verdad es que no sé qué será peor. No tomo partido por ninguno de los dos, pero cuando el río suena…
imagen envidia.JPGLa envidia ha sido el motor de mucha de nuestra literatura, pues ya Tirso de Molina le dedicó su obra La lealtad contra la envidia y Cervantes hace exclamar a Don Quijote: «¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes!» Ya los clásicos la comentaron, como Cicerón cuando dice que «nadie que confía en sí mismo envidia al otro», idea que podría enganchar con la argumentación de Sánchez Ferlosio sobre la prepotencia del español que se sobrevalora. Otros autores emparentan la envidia con los celos y siempre desemboca en un odio silencioso y destructivo que ha sido tratado en diversas disciplinas, pues hasta el multidifundido Daniel Goleman habla de ello en su encadenado discurso sobre la inteligencia emocional. Y sigo sin saber qué pensar pero a veces los hechos hablan más que los libros.
Hace unos días se celebró la Gala de los Goya, y en los reportajes en diversos medios sobre las celebridades asistentes escasea la foto o el instante televisivo de Penélope Cruz, hasta el punto que alguna revista, en un especial sobre la alfombra que esta vez no era roja, la hace desaparecer, no está. Independientemente de gustos cinematográficos y personales, Penélope Cruz es la actriz española con mayor proyección internacional; una forma de medir que ellos mismos han puesto son los galardones conseguidos, pues si es por eso hablamos de Oscar, Globo de Oro, Bafta, David Donatello, Goya (tres veces), Mejor Actriz Europea, Mejor Actriz en Cannes y docenas de nominaciones a esos premios, que ninguno de los presentes en esa gala ha visto ni de lejos. Ah, y la soñada estrella en el Paseo de la Fama. Para minusvalorarla le sacan siempre a Sara Montiel, y por mucho que repaso los palmarés cinematográficos no encuentro el nombre de Saritísima ni en letras pequeñitas. Solo Victoria Abril ha conseguido alguno de esos reconocimientos, y para ella también el silencio, y Antonio Banderas ha llegado a rozarlos. Para él sí que todo son aplausos y hasta un Goya de honor.
Es extraño, y enseguida pensamos en el machismo; también puede que sea porque en su vitrina Antonio Banderas (que me parece un tipo fantástico) no tiene ni uno solo de los muchísimos galardones que ha conseguido Penélope. Si los tuviera, ¿le aplaudirían tanto? Porque se da el caso de que Javier Bardem sí que ha sido profusamente premiado y reconocido internacionalmente, y es como si no existiera. A Penélope, como no pueden pasar por encima de su trayectoria artística y profesional en el cine y en el mundo de la publicidad, la castigan con el silencio, la borran, o hacen comentarios con doble fondo. No sé qué dirá Sánchez Ferlosio, pero la envidia a menudo se practica con la maledicencia o el silencio, y por aquí de eso hay por arrobas.

Y eso no solo pasa en el cine, no hay que
ir muy lejos para comprobarlo.
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(La imagen corresponde a La Envidia, pintada por Giotto di Bondone en la capilla de los Scrovegni en Padua)

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El refranero, el pan y la narrativa

Acaba de incorporarse una nueva voz narrativa, la de Jonás Meneses, que nos entrega su novela Salacot como carta de presentación, y les aseguro que es una buena carta. Siempre se ha dicho que, literariamente, Canarias es tierra de poetas y es una evidencia histórica; pero no solo de poetas, porque la narrativa está presente desde los albores de nuestra literatura, incluso incrustada en renombrados poemas épicos. El caso es que se suele dar como fecha de nacimiento de nuestra narrativa los años setenta del siglo XX, y aunque es cierto que desde entonces la narrativa (especialmente la novela) ha tenido una continuidad que antes no tuvo, ya hubo narrativa anteriormente, fueran fetasianos, regionalistas y de otras especies, pues narrativa escribieron Millares Torres en el siglo XIX y hasta el mismísimo Viera y Clavijo en el XVIII, sin olvidar a los cronistas y otros contadores de realidades o ficciones.
DSCNrt64080.JPGEn los setenta hubo una nómina razonable que necesitaba los dedos de las dos manos para contarla, en los ochenta bastaba un manco para contar las nuevas voces narrativas. A filo de esta década y la siguiente empezó a nutrirse el espacio literario de la narrativa y continuó en el nuevo siglo hasta el punto de que ahora mismo es una catarata. Los que siempre buscan cinco pies al gato dicen que hay demasiadas novelas, y yo digo que esa lluvia es un momento como nunca lo hubo en Canarias, que ha hecho decir a Juancho Armas Marcelo que «algo está sucediendo en las islas del sur». Jonás Meneses, como otras voces, acaba de llegar para quedarse con su Salacot (ya hablaré concretamente de esta novela), y cubre otra vertiente, porque si por algo se caracteriza esta época es por su rica variedad en géneros y registros. El talento, el trabajo y el tiempo irán conformando jerarquías, y también la suerte, que funciona para bien o para mal en todos los órdenes de la vida. En todo caso estamos bajo una persistente y copiosa lluvia literaria que sin duda se convertirá un mucho pan, y dice el refranero que por mucho pan no es mal año.