Investidura
Se le pide siempre a un discurso de investidura lo que no puede dar, porque es un empeño que no responde a la literatura, ni al parlamentarismo, ni a la capacidad de comunicación; es un híbrido que toma lo peor de cada género y ni el mismísimo Castelar podría hacer de él un pieza oratoria de peso. Como discurso resulta denso porque hay demasiados conceptos. Si se pretende que sea un listado de proyectos siempre es generalista, ya que no hay tiempo para profundizar en todo. Si se trata de la realidad, es que se ha hablado poco del futuro, y si se concentra en el futuro es que se ignora la realidad. Si es una conferencia resulta agotadora porque sobrepasa los 45 minutos que proponen los especialistas y además no se proyectan diapositivas ni transparencias con esquemas en PowerPoint. Los discursos de investidura son malos por definición, el género no da para más, es como cuando Pedro García Cabrera fue a la mar por naranjas. Ocurre como con los discursos del Estado de la Nación o la Nacionalidad, paja y viruta por todas partes, que es calificado de magistral por quienes apoyan al gobierno y desastroso por la oposición. En realidad, la investidura debiera durar diez minutos, el tiempo que se tarda en abrir la sesión, votar electrónicamente y proclamar presidente al candidato. Una formalidad, como sacar el carnet de identidad. El tiempo ganado se podría utilizar en algo práctico.
Aquí se ha llegado a decir (Rodríguez Ibarra lo hizo, parece mentira) que él tiene derecho a disfrutar gratuitamente de una canción tomada de internet o de donde sea. Los artistas e intelectuales que componen canciones o sinfonías, que crean poemas, novelas o teatro, que realizan labores de indagación o que reflexionan y publican sus conclusiones deben hacerlo por amor al arte. Horas, años de dedicación no tienen fruto, pues los internautas consideran que la cultura es gratis, y al mismo tiempo la SGAE y el Gobierno crean un canon digital que es un asalto a cualquiera que compre un soporte o un aparato (CD virgen, grabadora, ordenador, fotocopiadora, reproductor…) Luego viene el reparto de ese canon, que alguno sabrá a dónde va, pues conozco a muchos socios de la SGAE (yo mismo lo soy) y nadie ha visto un solo euro por ese concepto. Alguien cobrará, supongo. Y ya veo venir las manipulaciones dando a entender que todos (los artistas, los intelectuales, los socios obligados de la SGAE) son lo mismo que los que cometen irregularidades. Si finalmente hay delitos (ya lo dirán los tribunales) los autores no son los delincuentes, son la primeras víctimas, porque esos delitos se cometen contra un dinero que les pertenece; luego están las cuestiones fiscales y de otro tipo, pero eso ya no es cosa de los autores, que simplemente dedican su tiempo a crear cultura. Si los intelectuales siempre han sido un referente social y moral, parece que hay muchos empeñados en convertirlos en indeseables a los ojos de la comunidad. Y la cultura española sufrirá por esto. Sin cultura, el embrutecimiento es cuestión de tiempo. Será eso lo que quieren.