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Venezuela, un dolor, una pluma y un mapa

 

Este comienzo de año se nos echa encima con lo ocurrido en Venezuela, y lo que sigue sucediendo en estos momentos, que no sabemos muy bien cómo interpretar porque nos faltan datos, y encima, en los tiempos que corren, nada hay seguro, porque no sabemos qué parte de verdad hay en cada noticia, en cada fotografía, en cada puesta en escena. Tampoco voy a entrar en la situación política, pero es muy obvio que se han producido hechos de una enorme gravedad que no están amparados por el Derecho Internacional, por la Carta de las Naciones Unidas o por la mera lógica de respeto de las fronteras entre estados. Como decía el filósofo clásico, el mundo está lleno de ciegos gobernados por locos.

 

 

Es decir, no sabemos qué va a suceder, pero sé que finalmente la factura en sangre, dolor y hambre la pagarán los de siempre. Me resulta incompresible cómo puede haber gente que diferencia entre dictaduras de derechas o de izquierdas, que se alimentan de palabras tan grandiosas como manipulables: verdad, libertad, democracia, justicia… Se destruye exactamente el significado de cada una de ellas, y otras más que se adjudican. Y ahí está Venezuela, cuya riqueza petrolera es una maldición, porque es el foco de atención de los intereses de los de dentro y de los de fuera. Es como la maldición de la belleza de Mararía, el mito creado por Rafael Arozarena, que atraía todas las desgracias, porque la naturaleza humana es así de avariciosa y ególatra.

 

Por eso, en estos momentos, más que un comentario más sobre este momento histórico que puede ser el tráiler de un futuro casi distópico, lo que procede es una oración laica, porque Venezuela es para algunos de nosotros el símbolo ambivalente de eso que llamamos el extranjero, y a la vez de la extensión de nuestra alma. Le rezo a las divinidades que gobiernan las migraciones, las conquistas, las derrotas, la verdad y la mentira. En una de las carpetas más antiguas de la memoria de mi generación, está Venezuela, una tierra prometida a la que emigraba una persona muy querida, y la bruma de una despedida en el muelle de Santa Catalina del Puerto de la Luz. La mujer que se iba le prometió al párvulo que le enviaría una estilográfica de oro para que fuese escritor.

 

Entonces aquel párvulo debió pensar que la mujer que desaparecía de su vida le hablada de cosas muy raras, la palabra estilográfica era un trabalenguas sin significado, pues todavía ni siquiera había accedido al tintero del pupitre en el que mojaría brevemente un palillero, porque, de repente, llegó el invento del bolígrafo. El caso es que, un tiempo después, cuando ya contaba los años con dos cifras, alguien regresó de Venezuela, que sirvió de mensajero para cumplir la promesa de la emigrante, y le entregó al joven una rutilante estilográfica auto recargable, con cuerpo de baquelita y tapa y plumín chapados en oro de 12 quilates, una pluma norteamericana de una marca que representaba la modernidad y  el poder del mundo desarrollado.

 

También le envió un mapa extensible, doblado muchas veces sobre sí mismo,  de la República de Venezuela, y un librito que contaba las peripecias más importantes del país, desde los congresos de Angostura y Cúcuta, hace ya 200 años, hasta el Pacto de Punto Fijo en 1958, cuando distintos partidos organizaron una especie de democracia liberal controlada para sacar a Venezuela del marasmo después de la caída de la dictadura de Pérez Giménez, que empezó pronto a pudrirse de dinero petrolero de Maracaibo. Rómulo Bethencourt trató de hacer funcionar una democracia federal operativa, pero aquel pacto se difuminó pronto porque dejaron fuera a las fuerzas más a la izquierda, y se generó la guerrilla urbana en tiempos de la Guerra Fría. Ya todo fue bipartidismo de las fuerzas centrales hasta que llegó Hugo Chávez. El resto está en los telediarios.

 

El muchacho, dueño del dibujo más grande de Venezuela visto en aquellos tiempos por estas tierras, podría estar días hablando de lo que entonces era un paraíso de promisión. Es parte de su historia privada (o secreta), cuyos referentes son un mapa y una pluma estilográfica con la que hizo el examen escrito de Ingreso al Bachillerato. Aunque le fue bien, su madre pensó que llevarla a todos los exámenes era tentar a la suerte, por demasiado valiosa. Y lo era, lo es. Hay que tener en cuenta que, en aquellos años, aquella pluma era algo insólito, un lujo, aunque para él su valor radica en lo que significó y le profetizó en aquellos años.  Es como un talismán, que siempre está a la vista dentro una caja con tapa de cristal en su escritorio. Es una pluma rabiosamente norteamericana, pero evoca a Venezuela, lo que no deja de ser curioso y redundante en estos días.

 

En cuanto al mapa, estuvo en la pared de su cuarto de adolescencia, y aún hoy sigue en una carpeta, con los dobleces de siempre. Gracias a él supo antes donde están Barquisimeto y Ciudad Bolívar que Oviedo y Zaragoza, conoció las fuentes del Ebro y las rías gallegas mucho después de que supiera del cauce del Orinoco y el comienzo de Los Andes en la Sierra de Mérida. Cuando Félix Rodríguez de la Fuente nos descubrió el lobo ibérico y el halcón peregrino, el muchacho hacía años que sabía de los pumas con alma llanera y de los gavilanes de la barranca de Apure. Tal vez fue antes el joropo de Adilia Castillo que la copla de Lola Flores, y también la lectura de Doña Bárbara, del venezolano Rómulo Gallegos, se adelantó a la voz eterna de Carmen Martín Gaite.

 

Al muchacho de la pluma norteamericana no le hablen ahora de asuntos políticos, jurídicos, ideológicos o económicos. Venezuela es un sentimiento, un pulmón parejo al español. Siente un inmenso dolor, un desasosiego que lastima y atormenta, y solo se le ocurre la oración a los dioses, duendes, magos o lo que sea (también a la Virgen de Comoroto) para que la riqueza subterránea que hoy mueve el mundo deje de ser una maldición, y que la enorme alegría de su gente vuelva, que el miedo y la incertidumbre den paso al joropo de la memoria: “En un lugar del Caribe / hay un tesoro escondido / es Venezuela que canta / en mi alma desde que la he conocido”. A quienes siempre proclaman que hay que mojarse, les digo que espero que todos esos malditos depredadores, unos y otros, se confundan y se enreden, para que llegue el día en que valgan más las personas que los pozos de petróleo. Ojalá.

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Parole, parole… Buen 2026

 

Ya, ya sé que hablar de la cantante italiana Mina puede sonar a nostalgia, pero no lo es porque rememoramos a una de las cantantes pop más más importantes del siglo XX, tan grande como misteriosa. No lo digo yo, quienes saben de lo que hablan han sido muy claros: Louis Armstrong dijo que era la mejor cantante blanca del planeta y Liza Minelli afirmó que Mina era la más grande cantante que ella había escuchado. Tal fue su peso sobre todo en las décadas de los 60 y 70, que Frank Sinatra siempre quiso y nunca consiguió cantar con ella, como tampoco quiso participar en la película El Padrino, por mucho que Coppola le rogó. Pues esta mujer, ahora casi nonagenaria, que no actúa ni aparece en los medios desde 1979, pero que sigue sacando discos de estudio, hizo popular la canción Parole, parole, compuesta para ella en 1972 por el maestro Gianni Ferrio. Y la traigo a este final de 2025 porque esa canción, pensada para un desengaño amoroso, nos sirve para retratar esta sociedad hecha de palabras que cada vez tienen menos sentido.

 

 

Con palabras lo fabricamos todo, pero casi siempre es falso, pues solemos usar citas célebres para vestir un discurso o un texto, o simplemente para dar más autoridad a lo que decimos en una conversación. Pero hay que tener mucho cuidado porque puede que la autoría de la frase sea correcta pero no exacta, y se redondea para que suene mejor, y no me salgo del asunto porque a veces las uso; una de ellas es la de «Solo os prometo sangre, sudor y lágrimas» dicha por Churchill en un mensaje por radio a los británicos cuando se había desatado el monstruo de la II Guerra Mundial, pero la frase era más larga y enmarañada y menos contundente. En los titulares del día siguiente y en los libros de historia queda mejor así.

 

Puede suceder también que sea una frase que nunca existió, pero circula por ahí, como el famoso «Sancho, ladran, luego cabalgamos», y que no está en ninguna parte de El Quijote, aunque haya hasta esculturas quijotescas con perro añadido, que tampoco aparece en el libro. A veces, quien se inventa una frase y se la atribuye a una celebridad para que tenga más peso, simplemente se queda con el personal. Esto es muy frecuente cuando se cita a un filósofo polaco, a un poeta chino o a un Gran Jefe indio, que nunca dijeron tal cosa o incluso que ni siquiera existieron y son otro invento del citador.

 

También sucede que hay frases muy conocidas que nadie sabe muy bien quién las dijo o escribió y se las colocan casi siempre a Shakespeare si son profundas y a Oscar Wilde si son ingeniosas. Finalmente, están las frases que se atribuyen a muchas personas, siempre con seguridad. Una de ellas es la de «Hay gente pa’ tó», que se la adosan a tres toreros en distintas épocas, a Chicuelo, a Lagartijo y a Juan Belmonte. Otras son las dos más famosas referidas al genio y las musas: «Las musas, si vienen, es mejor que te cojan trabajando» y «El arte es un 1% inspiración y 99% transpiración». Ambas frases, con sus distintas variantes, se las he visto atribuidas a Beethoven, Rilke, Bernard Shaw, Picasso, Lorca y, por supuesto, a Shakespeare y a Oscar Wilde, el campeón.

 

Si hablamos de frases cinematográficas es que no acabamos, porque ya me gustaría saber en qué películas alguien dice textualmente «Nena, ve a empolvarte la nariz», «Yo que tú no lo haría, forastero», «Soy el más rápido al Oeste del Pecos» o «Nos veremos en el infierno». El lenguaje es muy escurridizo y engañoso, sobre todo en el cine, porque a veces por conversaciones tenemos imágenes que nunca existieron, como en la película Doce hombres sin piedad, que transcurre en su totalidad en una sala cerrada donde se reúne un jurado sin un solo fotograma relativo al crimen que se juzga; sin embargo, son muchos los que afirman haber visto la sombra del acusado a través de las ventanillas de un tren, que tampoco sale en la película.

 

Y ya que estamos en juegos de palabras e ideas volanderas, estamos, como cada final de años, en tiempo predicciones, combinaciones numerológicas y todo tipo de historias alrededor de las fechas: que si 2026 suma 1, que si los años acabados en 6 tal cosa, o que las terceras décadas de cada siglo son de aquella manera. Pura imaginación, porque un día siempre es diferente al anterior, y lo que para unos es felicidad para otros se ve como desgracia. Trato de seguir el consejo de los sabios: vive cada día como si fuera el último, o como el primer día del resto de la vida.

 

El año que ahora nos deja ha sido uno más de las vacas flacas que José anunció al faraón en el Génesis, y nada parece indicar que las vacas vayan a engordar. Las profecías en general tienen las patas muy cortas, porque siempre nos recuerdan las que se cumplieron, pero las otras quedan en ese vacío de la débil memoria. Resulta curioso ver cómo distintas fuentes adivinatorias predicen resultados diferentes para una misma cosa. Solo aciertan cuando hablan de ambigüedades. No es muy complicado anunciar que 2026 va a ser un año agitado, y puede aplicarse a Canarias, a España, a Europa, al planeta y, otra vez, al Atlético de Madrid. Basta ver o leer las noticias, que tampoco estamos seguros de cuáles son cierta y cuales desinformación.

 

Siempre queda la esperanza, no de que todo se arregle por sí mismo (eso nunca sucede), sino de que haya luz. También nos queda la palabra, como diría Blas de Otero, que tampoco sé si es una buena noticia. Los recuentos y las profecías no me interesan, pero creo en la buena gente que mira hacia adelante y profetiza cada instante con sus propias manos. Esa es la luz que realmente alumbra.

 

Por lo demás, les deseo lo mejor para hoy, y ya verán cómo mañana es diferente. Diviértanse, pero no se pasen, porque es cierto lo que ya decía Stevie Wonder hace 50 años sobre la incompatibilidad del alcohol y el volante. 2026 va a ser el mejor año posible, porque es único, como lo fue el anterior y lo será el siguiente. No hay más, la vida es un relámpago. Lo demás, como cantó Mina, parole, parole.

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Renacer cada solsticio de invierno

 

Mañana es Nochebuena en Occidente. Por encima de las creencias está la tradición, que se enlaza con el solsticio de invierno, que es la noche más larga del año y el día más corto, porque lo que, a partir de ese punto, cada jornada el Sol tendrá un poco más de presencia. Celebramos el inicio de una nueva etapa, en la que tal vez podamos crecer, porque aumenta la luz, el principio en todos los relatos que en su mayoría devinieron en religiones, que, como sabemos, tienen la tendencia a reinterpretar lo que siempre estuvo.

 

 

El ser humano suele convertir lo sencillo en complicado. Lo reescribe una y otra vez, y lo reviste de filosofía, política, religión o ciencia (la ciencia tampoco es neutra). Somos incapaces de definir eso aparentemente tan inocente que es la realidad. En nuestro ámbito, nos han iluminado las calles y sembrado la ciudad de belenes, nos ha visitado la lluvia y el mar se ha embravecido. Es Navidad, y nos llaman a la alegría, aunque a veces nos inunde la tristeza. Es un ajuste de cuentas con el tiempo, esa máquina inexorable que no necesita reloj. Suele sorprendernos lo que llamamos Navidad sin habernos preparado para que nos deseen felicidades por sistema, ni para soportar la solidaridad programada, que nos viene a decir que somos culpables de las penurias ajenas, y en un supremo acto de generosidad acuden quienes tienen su residencia fiscal en Mónaco o en Miami, porque allí casi no pagan impuestos, y luego hay que darles las gracias porque rifan una camiseta o una foto firmada. Lo que deberían hacer es pagar impuestos en España, eso sí que es solidaridad.

 

Estas cosas me irritan y a la vez me descorazonan, pero no es la Navidad lo que disgusta; es la hipocresía. Sobran solidarios con carnet que vive como marajás, que van de progre y se permite darnos lecciones de ética, o van de gente de orden y se presentan como samaritanos en los rastrillos. Los nombres los ponen ustedes, que hace mucho frío para pasar por el juzgado. Porque miles de personas mueren de frío en Sudán o el desierto de Tinduf, y en otros lugares donde hiela la indiferencia. Hace mucho frío, no solo el que impone la estación invernal, sino el frío del desamor, el odio y la insolidaridad. Se han congelado los cerebros, y hay quien hace negocio hasta de las catástrofes. Hace frío en las ciudades, donde los sin techo tiritan de soledad, en las costas donde los cayucos arriban llenos de miedo, en el corazón de los palestinos, los kurdos y los tibetanos, sojuzgados por otros pueblos en aras de no se sabe qué privilegios. Hay frío en todas partes, pero donde más frío hace es en el corazón de los que hacen ostentación de opulencia, insultando a los desposeídos.

 

Queda tan solo el calor de la familia, con la memoria de los que se fueron. Encima nos montan la cantinela anual de la lotería de Navidad, algo que no acierto a comprender, porque tiene tirón mediático algo que se retransmite por todos los medios simultáneamente. Es como la sublimación colectiva de una esperanza que nunca llega, y eso no hay tradición que lo salve. Supongo que los niños del Colegio de San Ildefonso ya estaban en el Plan Maestro mucho antes de que ni siquiera hubiese vida en La Tierra. Y hay historias, mitos a la postre, que resultan incomprensibles, pero que nos tragamos sin pensarlos. Por ejemplo, los pastorcillos de Belén. Siempre me he preguntado por qué solo adoraron a Jesús hombres que se dedicaban al cuidado de rebaños. Se me dirá que eran los que estaban en el campo y vieron la estrella de Belén, pero todo eso es rebatible con el Evangelio en la mano y con el sentido común.

 

Para empezar, la estrella debía guiar a los magos de Oriente, y por lo tanto andaría lejos de Belén, señalando el camino. Es verdad que había por la zona un ángel anunciando gloria a Dios en el cielo y en La Tierra paz a los hombres de buena voluntad, pero los clamores del ángel podían ser escuchados por cualquiera, especialmente por los panaderos, que son los que tradicionalmente trabajan de noche. También podían oírlo los campesinos agricultores e incluso los urbanitas de una ciudad pequeña como Belén, pues no creo que hubiera mucho ruido de motores en aquella época. Además, se supone que los rebaños pastan de día y por la noche vuelven a los corrales, donde se hace el ordeño y se fabrica el queso. De manera que eso de los pastores de Belén no resiste un análisis medianamente serio, porque arrieros, repartidores, soldados, carpinteros que tienen atrasado el trabajo y otros profesionales suelen trabajar de noche o sin horario, y no es precisamente el caso de los pastores. En fin, que hasta los evangelistas andaban en Belén con los pastores.

 

Hace años que ya ni se respetan las famosas treguas bélicas de Navidad; a comienzos de la Gran Guerra, en diciembre de 1914, a pocos meses del comienzo de las hostilidades, se produjeron batallas muy sangrientas, como la del río Marne en Francia y la de Ypres en Bélgica (octubre/noviembre de 1914) en la que murieron 200.000 soldados.  Horrorizado por la noticia, el Papa Benedicto XV, que acababa de ser elegido en septiembre de ese año, pidió el 7 de diciembre a las naciones contendientes al menos una tregua por Navidad. Tanto el Káiser germano Guillermo II como el primer ministro británico Asquith, el presidente francés Poincaré o el rey Belga Alberto I hicieron oídos sordos a la petición del Papa porque el primero de ellos pensaba que eso daría ventaja a los aliados, y los otros también estaban convencidos de que no era el momento de parar. Pero la noche del 24 de diciembre, desafiando las órdenes superiores, soldados alemanes empezaron a cantar villancicos, que fueron coreados en las trincheras enemigas, especialmente por los británicos, luego se hablaron a gritos, dejaron sus armas y salieron a campo abierto. Se saludaron, brindaron, intercambiaron tabaco y materializaron una tregua que ha pasado a la historia, pues hay versiones que cuentan que en la mañana de Navidad hasta jugaron al fútbol.

 

Ahora,  la palabra tregua ha perdido su significado. Por eso me apunto a la idea de renacer cada Nochebuena, porque hemos de renovar al niño que finalmente somos. Y reincidir en aquel romance que se quiere perder en el anonimato: “Celebrar otro solsticio / es costumbre bien pagana, / universal porque indica / renacer, y la campana / es llamada de atención / porque la vida se pasa”. ¡Feliz Navidad!