Publicado el

Rescate de una entrevista con Cristino de Vera, realizada en marzo de 1996.

 

CRISTINO DE VERA. (Hicimos esta entrevista con el artista en su casa de Madrid. Al decir “hicimos”, me refiero también a Tato Gonçalves, que hizo las fotografías para el Dominical de Canarias7. La publico como homenaje al gran artista el día de su partida).

 

Cristino de Vera es uno de los pintores más personales de todo el panorama artístico español y sin duda uno de los grandes maestros de la pintura canaria. Como en un acto reflejo de nuestra propia finitud, toma agua constantemente, a una media de un litro por hora, como si su inconsciente le dictase la necesidad de reponer esa enorme masa hídrica que es el cuerpo humano en un 85%. Fuimos a verlo a su casa de Madrid, una tarde calurosa de invierno, todo un contrasentido en un Madrid que no ha visto en décadas más de veinte grados en marzo. Entrar en el universo particular de Cristino de Vera resulta muy fácil porque es un hombre capaz de compartir su soledad metafísica con otros hombres, sobre todo si son canarios. Quien haya visto su pintura, no se extrañará de la profundidad de sus palabras.

 

-Es usted un tinerfeño de Santa Cruz trasplantado a Madrid.

 

-Llegué a Madrid en 1951, con 18 o 19 años. Antes no había condiciones en Canarias, y había que salir, solo la Escuela de Artes y Oficios, donde tuve un magnífico profesor que fue Mariano de Cossío, que me aconsejó venir a Madrid, porque yo estaba en la duda sobre si viajar a Madrid o a París, y su consejo me inclinó por Madrid, pues me habló de Vázquez Díaz y de Pancho Cossío, y para aprender el oficio había que venir aquí. Ahora no, ahora el error sería venir, en Canarias hay escuela de Bellas Artes, hay movimiento de galerías, hay incluso coleccionistas, porque aquí tampoco es Jauja.

 

Pero de alguna forma Madrid es el centro.

 

-Ya no hay centro. Ahora hay sitios pequeños que tienen más vida cultural que las grandes urbes. Ya el centro de España no es Madrid, ni París o Nueva York tienen el peso que en su momento tuvieron. El centro es todo y casi diría que hoy las periferias tienen mucha fuerza, gracias a Dios, hay un grupo de pintores en Galicia, gente muy buena, como lo hay en Cataluña o en Canarias. París sí que fue importante, sobre todo en la época de Picasso, pero ese centro se desplazó luego a Nueva York, cuando el abstracto, y es verdad que había grandes artistas, pero también había mucho fraude, y esto se perdió, porque todo se prostituyó demasiado. Ahora en México hay grandes artistas, y eso se sabe, ya no es imprescindible pasar por Nueva York.

 

-Se sueña con el éxito y eso en Nueva York es posible.

 

-El arte siempre ha sido sacrificado, y prueba de ello son Cézanne o Van Gogh, pues todo el mundo piensa que los grandes artistas siempre fueron ricos y reconocidos; eso le ocurrió a Picasso y antes a Miguel Ángel Buonarrotti, pero la mayoría de los artistas viven en la pobreza o pasándolo decentemente; luego es el tiempo el que se encarga de colocarlos en su sitio, por sus valores artísticos o espirituales.

 

-Pero el deseo de éxito es legítimo.

 

-Sí, pero no sirve para nada sin la obra. Esas grandes famas son fabricaciones de las grandes galerías, tipo Andy Warholl, que no era el mejor de su generación, pero son montañas que se crean y luego es el tiempo el que dice la última palabra. No quiero discutir la pintura de Warhol, pero no es como esos grandes pintores americanos que murieron casi en la miseria, como Rothkot, Pollock, todos, la gente cree que la pintura es una bicoca, pero eso es una mentira; algunos sí que lo consiguen en vida, aunque luego muchos desaparecen con los años.

-¿Tiene su pintura un fondo religioso?

 

-Yo creo que el arte siempre ha tenido un fondo religioso, espiritual, ascético, lo que pasa es que muchas de estas cosas se contaminaron, y lo que ha valido es el triunfo rápido.

 

Y también es cierto que pintura y poder se llevan bien.

 

-Nadie puede negar el valor de grandes artistas que han estado junto al poder, como Miguel Ángel, Velázquez e incluso Goya; pero Rembrandt, que no trabajó en ninguna corte, tenía una gran facilidad para el retrato, y eso es muy peligroso, porque te puede hacer perder la esencia de la pintura, y está claro que el mejor Rembrandt es otro, y lo mismo le pasó a Goya que debió terminar hasta la coronilla de pintar marquesas e infantas.

 

-Pero ya sabe que todos somos unos vanidosos.

 

-Yo tal vez tuve algún ramalazo de vanidad cuando joven, pero ya no. Siempre quise estudiar metafísica y he ido al principio de las religiones, que es lo que me interesa, porque luego se politizan y ya no es lo mismo; pero el principio sí, pero ya tengo 65 años y no hay tiempo para eso.

 

-Abomina usted de la vanidad. ¿No es eso religiosidad?

 

-La religiosidad está en todo, hasta en la política; la gente con honestidad tiene siempre un fondo religioso. Viendo lo efímeros que somos, hay que ser muy superficial para estar viviendo de tu propio yo.

 

La muerte y el tiempo son sus caballos de batalla.

 

-Yo creo que sin el instinto de muerte casi nadie hubiera hecho nada. La búsqueda de belleza es para paliar la ansiedad de la muerte; el deseo, la sexualidad, la pasión, todas estas cosas van unidas a la muerte.

 

-O sea, que nos mueve un impulso tanático.

 

-Sí, y hasta las Cuevas de Altamira tienen que ver con la muerte. Yo estudié un poco el arte griego porque me sentí atraído a través de la filosofía, y pensaba que todo ese equilibrio clásico no estaría en el arte tan ligado a la muerte, pero sí, resulta que los Apolos eran para las tumbas; Praxísteles y toda esa gente trabajaban para tanatorios.

 

-Al fin y al cabo, estamos más tiempo muertos que vivos.

 

-Somos mamíferos que tienen el tiempo contado. Los demás animales, no sé, también deben tener algún instinto, porque ya usted ve cómo los elefantes cuando se sienten morir se retiran a un lugar mortuorio, un cementerio. Y eso sucede también con los ciervos, que al ver que se les va la juventud se retiran solos, tal vez en una especie de actitud meditativa.

 

Pero antes del cementerio hay que vivir, son tres días.

 

-Hay una etapa de joven que es el hedonismo, el placer; luego hay una segunda etapa en que la gente se deja contaminar por la vanidad, el triunfo y el dinero; en la tercera etapa viene el deber y la última es la preparación para la muerte, y yo creo que no estamos capacitados para enfrentarnos a la muerte. La mente es muy poca cosa. Buda, que era muy sabio, tal vez vio algo, pero luego todo eso se va tergiversando y utilizando, por eso le digo que de las religiones me interesa sobre todo el origen. No comprendo muy bien por qué tenemos tanto terror a la muerte, si estamos en contacto diario con ella.

 

-Es que lo desconocido para toda la eternidad abruma.

 

-Según un neurólogo amigo, hay personas que durante el sueño se desconectan del todo, y en general estamos tres horas en las que ni siquiera soñamos. Algo así debe ser la muerte.

 

-Si es así, todos hemos estado muertos de alguna forma.

 

-Puede ser. La nada se parece mucho a la muerte.

 

-La nada, Dios y la muerte se pueden confundir.

 

-Hombre, todos tenemos un fragmento de Dios, y los místicos así lo dicen.

 

-Eso es panteísmo, y los católicos dicen que Dios está en todas las cosas, pero no es todas las cosas.

 

-Jesucristo nunca dijo que él fuese el Hijo de Dios, pero se le ha asimilado, y hay lecturas en las que se dice que Cristo bebió del chamanismo de La India, y de ahí sale todo, hasta la lengua que hablamos.

 

-Claro, en última instancia el origen es el sánscrito.

 

-Pero mira, Platón y su idealismo, y luego San Agustín, al final vienen a decirnos que todo procede de ahí, y por eso creo que el origen de todo está en el pensamiento hindú.

 

– ¿Son los creadores más parecidos a Dios que el resto?

 

-Stravinski decía que todo el mundo crea a su manera. Cuando llegaba a una sala de conciertos, él respetaba a todo el mundo porque decía que en aquella creación todos ponían su parte, desde el autor del pentagrama hasta el director de la orquesta, pasando por los profesores, el público y hasta el que abre la puerta y hace posible el concierto.

 

-Pero algún talento especial habrá.

 

-Esa altanería de llamarse creador es una vanidad un poco estúpida, porque en el mundo científico también hay un componente creativo, como lo hay en los divulgadores o en quien hace una silla. Ese narcisismo del artista viene del Renacimiento, el artista tiene que hacer su trabajo y dejarse de esas apariciones estelares en televisión, eso se deja para la gente del espectáculo que basan en ello su creación. Hoy prima más el artista que el arte, y hay que renunciar a todo eso y hacer la obra, y el ejemplo está en Juan Rulfo, que hizo su obra en silencio y ha pasado a la historia de la literatura.

 

Los músicos suelen hablar de música, los novelistas de sociología y los pintores de metafísica. ¿A qué se debe?

 

-Todo es un reflejo de Dios. El hecho de aprender es muy variado y continuo. Yo he visto a Tintoretto muchas veces, pero recientemente fui a Venecia y me di cuenta de que el cuadro que vi hace años ahora ya no es el mismo, y he descubierto otro Tintoretto. Yo tampoco quiero plantearme tanto la transcendencia, yo hago mi trabajo, aunque hay quien quiere asegurarse un puesto en el escalafón buscando medallas y academias, pero eso a la larga no sirve, lo que queda es la obra; mira el Greco, casi escondido en Toledo, viviendo de algunos encargos y era un genio.

 

-Usted confiesa haber ido a la búsqueda de Dios.

 

-Supongo que como todos. He buscado a Dios en muchas cosas: en el mar, en las mujeres, en los viajes, y no sé si he encontrado algo, porque uno es demasiado racionalista y a veces las cosas si quedan se esconden en el subconsciente.

 

-Fue alumno de Vázquez Díaz; ¿formó parte de grupos?

 

-Sí, estudié con Vázquez Díaz, pero nunca he sido de grupos, siempre me he aislado, tal vez por mi carácter; iba a las tertulias y me aburría. Galdós era muy parecido, no es que quiera compararme a él, pero me ha interesado mucho la vida de Don Benito, un canario en Madrid. Era muy reservado y observador. Menéndez Pidal decía que Galdós sabía cómo éramos todos, pero nadie sabía cómo era Galdós. Por las tardes suelo ir a pasear al Retiro y paso junto a la estatua de Galdós; siempre lo saludo de viva voz «¡adiós, Don Benito!» Mi mujer se ríe.

 

– ¿Cómo puede un canario vivir sin el mar?

 

-Al principio mal, pero luego me he ido adaptando. Fíjate que curiosamente la ciudad que más me gusta es La Laguna.

 

– ¿Lo que usted hace tiene que ver con el puntillismo?

 

-Es vibracionismo. Yo empecé viendo en Cézanne que dejaba unas huellas en la tela, y eso me fue gustando. Luego vi el puntillismo, y a veces me asocian por la vibración un poco mimética; lo hacen artistas que yo admiro mucho, pero ellos usan colores vivos y es distinto a lo que yo hago, pero creo que siempre son pretextos para que la luz salga del cuadro.

 

-Esa serie, siempre con un cráneo, una ventana y unas casas en medio de un paisaje calcinado es tremenda.

 

-Mi abuela, que era lanzaroteña de Yaiza, me posaba cuando era niño, y mientras yo la dibujaba a mi manera, ella miraba el paisaje y me decía: «algún día pintarás eso», y se refería a la soledad del paisaje del sur de Tenerife, mirando desde la playa del Médano hacia la cumbre.

 

-Pero este paisaje parece más bien lanzaroteño.

 

-Es que yo le preguntaba: «abuela, ¿cómo es Yaiza?», y ella me decía: «Yaiza es una casita, un puntito, una casita, un puntito…» Y cuando estuve en Yaiza mucho después vi que mi abuela me describió aquel paisaje perfectamente. Y mi padre, que fue un buen hombre, me decía: «Cristino, por lo menos pintarás una ventana como recuerdo de todo esto». Y como yo pinto de memoria, he hecho esta serie con la ventana de mi padre y las casitas de mi abuela, que son una descripción de la soledad.

 

-Una descripción sobrecogedora, siempre con un cráneo.

 

-Es que la primera que vi aquel paisaje había un cráneo de un animal muerto, y el paisaje es de un dramatismo tremendo, casi surrealista; hay escritores como Isaac de Vega que también han descrito esta soledad tan dramática.

 

-Y Agustín Espinosa, aunque centrándose en Lanzarote.

 

-En Canarias hay muy buenas plumas, y viendo este paisaje comprendo por qué el surrealismo ha echado allí sus raíces. Por eso esta serie se la voy a donar a Canarias.

 

-Ya hizo usted una donación de parte de su obra.

 

-Sí, y ahora voy a hacer otra, porque ya no quiero vender, sino que le doy mi obra al Gobierno para que ellos la vayan distribuyendo: se lo prometí a mi padre y además es mi deseo donar esta obra a Canarias, mi tierra. He dejado una parte para Las Palmas y otra para Tenerife.

 

-No se prodiga usted en los medios.

 

-No, porque aquí la gente es más simple; me gusta hacer entrevistas con canarios, porque en Canarias hay gente con mucha cabeza; cuando se habla hay que andarse con cuidado. Y me da pena no poder leer a diario periódicos de Canarias, porque ya no vienen, antes se vendían, pero ya no.  (Era 1996, Internet entonces acababa de nacer, la prensa digital no existía).

 

– ¿Sus donaciones son todas para Canarias?

 

-No, ya he hecho otras donaciones en La Península, yo no estoy ya por el dinero, la codicia y la vanidad. También le he donado cuadros a Ibiza, que es una isla que también me gusta mucho, pero Canarias está por encima de todo para mí, porque, aunque haya vivido en Madrid siempre me he sentido muy canario, y como ve sigo conservando el acento como si viviera allí.

 

-Sus colores son tenues, grises y marrones muy apagados.

 

-Es que siempre voy buscando que salga la luz del cuadro, yo uso pinceles muy gastados, como si tallara mármol, y entre la luz va quedando como un estado de vibración de luz.

 

-También dicen que es usted muy hermético.

 

-El hombre que habla no sabe y el que sabe no habla; y hay cosas que no se pueden explicar.

 

– ¿Hay cosas que pueden explicarse a través de la pintura que no es posible hacerlo con palabras?

 

-Algunas cosas sí y otras no. En la pintura funciona mucho el subconsciente, el cuadro va empezando a guiarnos y el final la composición te la va dictando el cuadro.

 

– ¿Nunca sale al final el cuadro que se pensaba al principio?

 

-Nunca, el subconsciente es algo muy complejo, es raro y funciona lo que llamaba Young el inconsciente colectivo. Todos tenemos células que vienen de miles y miles de años; a lo mejor venimos de los ratones, o sabe Dios de dónde, y al final hay algo que nos está pegando en la cabeza. A veces me despierto y pienso que no he hecho más que empezar, porque en sueños he visto un cuadro maravilloso y luego llego al estudio y no puedo hacerlo.

 

ANIDADES Y AGUJEROS NEGROS

 

Cristino de Vera es un pintor y un hombre que ha vivido, y de esta práctica surge su teoría: «Solo hay dos cosas, la expresión y la belleza; la expresión manifiesta las reminiscencias del dolor y la belleza es un platonismo que se prolonga y no llega a fruto ninguno. Lo demás está cerrado, solo hay expresionismo y belleza, y el resto son teorías de críticos. La belleza puede ser el reflejo de Dios, pero sabemos muy poco de casi todo, yo me siento un estudiante, y el último aprendizaje es aprender a morir, pero uno no sabe, porque yo no sé si voy a tener miedo cuando vaya a morir. A los 65 años hay que irse preparando; ya se va acercando, ya estoy en la frontera de tiro, pero claro, siempre hay proyectos, me hubiera gustado escribir un poco, pero, así como creo que tengo un modesto sentido crítico con la pintura, con la literatura no. Cuando alguien me alaba algún escrito, yo me quedo mosca porque no sé si se está cachondeando de mí, y eso con la pintura no me pasa. No sea usted nunca vanidoso, eso no conduce a nada. A mí me da mucha pena ver a esa gente que se cree que son pilares del universo, y están locos por premios y academias. Cuando quiero hacer una cura de humildad pienso en Fuerteventura, esa isla tan severa. Francisco Sánchez, director del Astrofísico de Canarias, me dice que hemos sido fecundados de polvo de estrellas, y yo creía que veníamos de abajo. La astronomía es una cura de humildad, porque conociendo esa inmensidad en tiempo y espacio tendremos una idea aproximada de nuestra pequeñez. El ser humano es muy estúpido, porque en la época de Galileo, al descubrir que La Tierra era solo una mota en el universo, se pensó que la manera de enfocar la vida cambiaría, pero el hombre siguió igual, realmente somos unos estúpidos. El universo es negro y seguirá siendo negro, un gran agujero negro, y uno ve que hay gente que está todo el día con el yo; coño, hay que tener un poco de intuición. ¿Es tan difícil asumir nuestra total insolvencia universal?»

Publicado el

Venezuela, un dolor, una pluma y un mapa

 

Este comienzo de año se nos echa encima con lo ocurrido en Venezuela, y lo que sigue sucediendo en estos momentos, que no sabemos muy bien cómo interpretar porque nos faltan datos, y encima, en los tiempos que corren, nada hay seguro, porque no sabemos qué parte de verdad hay en cada noticia, en cada fotografía, en cada puesta en escena. Tampoco voy a entrar en la situación política, pero es muy obvio que se han producido hechos de una enorme gravedad que no están amparados por el Derecho Internacional, por la Carta de las Naciones Unidas o por la mera lógica de respeto de las fronteras entre estados. Como decía el filósofo clásico, el mundo está lleno de ciegos gobernados por locos.

 

 

Es decir, no sabemos qué va a suceder, pero sé que finalmente la factura en sangre, dolor y hambre la pagarán los de siempre. Me resulta incompresible cómo puede haber gente que diferencia entre dictaduras de derechas o de izquierdas, que se alimentan de palabras tan grandiosas como manipulables: verdad, libertad, democracia, justicia… Se destruye exactamente el significado de cada una de ellas, y otras más que se adjudican. Y ahí está Venezuela, cuya riqueza petrolera es una maldición, porque es el foco de atención de los intereses de los de dentro y de los de fuera. Es como la maldición de la belleza de Mararía, el mito creado por Rafael Arozarena, que atraía todas las desgracias, porque la naturaleza humana es así de avariciosa y ególatra.

 

Por eso, en estos momentos, más que un comentario más sobre este momento histórico que puede ser el tráiler de un futuro casi distópico, lo que procede es una oración laica, porque Venezuela es para algunos de nosotros el símbolo ambivalente de eso que llamamos el extranjero, y a la vez de la extensión de nuestra alma. Le rezo a las divinidades que gobiernan las migraciones, las conquistas, las derrotas, la verdad y la mentira. En una de las carpetas más antiguas de la memoria de mi generación, está Venezuela, una tierra prometida a la que emigraba una persona muy querida, y la bruma de una despedida en el muelle de Santa Catalina del Puerto de la Luz. La mujer que se iba le prometió al párvulo que le enviaría una estilográfica de oro para que fuese escritor.

 

Entonces aquel párvulo debió pensar que la mujer que desaparecía de su vida le hablada de cosas muy raras, la palabra estilográfica era un trabalenguas sin significado, pues todavía ni siquiera había accedido al tintero del pupitre en el que mojaría brevemente un palillero, porque, de repente, llegó el invento del bolígrafo. El caso es que, un tiempo después, cuando ya contaba los años con dos cifras, alguien regresó de Venezuela, que sirvió de mensajero para cumplir la promesa de la emigrante, y le entregó al joven una rutilante estilográfica auto recargable, con cuerpo de baquelita y tapa y plumín chapados en oro de 12 quilates, una pluma norteamericana de una marca que representaba la modernidad y  el poder del mundo desarrollado.

 

También le envió un mapa extensible, doblado muchas veces sobre sí mismo,  de la República de Venezuela, y un librito que contaba las peripecias más importantes del país, desde los congresos de Angostura y Cúcuta, hace ya 200 años, hasta el Pacto de Punto Fijo en 1958, cuando distintos partidos organizaron una especie de democracia liberal controlada para sacar a Venezuela del marasmo después de la caída de la dictadura de Pérez Giménez, que empezó pronto a pudrirse de dinero petrolero de Maracaibo. Rómulo Bethencourt trató de hacer funcionar una democracia federal operativa, pero aquel pacto se difuminó pronto porque dejaron fuera a las fuerzas más a la izquierda, y se generó la guerrilla urbana en tiempos de la Guerra Fría. Ya todo fue bipartidismo de las fuerzas centrales hasta que llegó Hugo Chávez. El resto está en los telediarios.

 

El muchacho, dueño del dibujo más grande de Venezuela visto en aquellos tiempos por estas tierras, podría estar días hablando de lo que entonces era un paraíso de promisión. Es parte de su historia privada (o secreta), cuyos referentes son un mapa y una pluma estilográfica con la que hizo el examen escrito de Ingreso al Bachillerato. Aunque le fue bien, su madre pensó que llevarla a todos los exámenes era tentar a la suerte, por demasiado valiosa. Y lo era, lo es. Hay que tener en cuenta que, en aquellos años, aquella pluma era algo insólito, un lujo, aunque para él su valor radica en lo que significó y le profetizó en aquellos años.  Es como un talismán, que siempre está a la vista dentro una caja con tapa de cristal en su escritorio. Es una pluma rabiosamente norteamericana, pero evoca a Venezuela, lo que no deja de ser curioso y redundante en estos días.

 

En cuanto al mapa, estuvo en la pared de su cuarto de adolescencia, y aún hoy sigue en una carpeta, con los dobleces de siempre. Gracias a él supo antes donde están Barquisimeto y Ciudad Bolívar que Oviedo y Zaragoza, conoció las fuentes del Ebro y las rías gallegas mucho después de que supiera del cauce del Orinoco y el comienzo de Los Andes en la Sierra de Mérida. Cuando Félix Rodríguez de la Fuente nos descubrió el lobo ibérico y el halcón peregrino, el muchacho hacía años que sabía de los pumas con alma llanera y de los gavilanes de la barranca de Apure. Tal vez fue antes el joropo de Adilia Castillo que la copla de Lola Flores, y también la lectura de Doña Bárbara, del venezolano Rómulo Gallegos, se adelantó a la voz eterna de Carmen Martín Gaite.

 

Al muchacho de la pluma norteamericana no le hablen ahora de asuntos políticos, jurídicos, ideológicos o económicos. Venezuela es un sentimiento, un pulmón parejo al español. Siente un inmenso dolor, un desasosiego que lastima y atormenta, y solo se le ocurre la oración a los dioses, duendes, magos o lo que sea (también a la Virgen de Comoroto) para que la riqueza subterránea que hoy mueve el mundo deje de ser una maldición, y que la enorme alegría de su gente vuelva, que el miedo y la incertidumbre den paso al joropo de la memoria: “En un lugar del Caribe / hay un tesoro escondido / es Venezuela que canta / en mi alma desde que la he conocido”. A quienes siempre proclaman que hay que mojarse, les digo que espero que todos esos malditos depredadores, unos y otros, se confundan y se enreden, para que llegue el día en que valgan más las personas que los pozos de petróleo. Ojalá.

Publicado el

Parole, parole… Buen 2026

 

Ya, ya sé que hablar de la cantante italiana Mina puede sonar a nostalgia, pero no lo es porque rememoramos a una de las cantantes pop más más importantes del siglo XX, tan grande como misteriosa. No lo digo yo, quienes saben de lo que hablan han sido muy claros: Louis Armstrong dijo que era la mejor cantante blanca del planeta y Liza Minelli afirmó que Mina era la más grande cantante que ella había escuchado. Tal fue su peso sobre todo en las décadas de los 60 y 70, que Frank Sinatra siempre quiso y nunca consiguió cantar con ella, como tampoco quiso participar en la película El Padrino, por mucho que Coppola le rogó. Pues esta mujer, ahora casi nonagenaria, que no actúa ni aparece en los medios desde 1979, pero que sigue sacando discos de estudio, hizo popular la canción Parole, parole, compuesta para ella en 1972 por el maestro Gianni Ferrio. Y la traigo a este final de 2025 porque esa canción, pensada para un desengaño amoroso, nos sirve para retratar esta sociedad hecha de palabras que cada vez tienen menos sentido.

 

 

Con palabras lo fabricamos todo, pero casi siempre es falso, pues solemos usar citas célebres para vestir un discurso o un texto, o simplemente para dar más autoridad a lo que decimos en una conversación. Pero hay que tener mucho cuidado porque puede que la autoría de la frase sea correcta pero no exacta, y se redondea para que suene mejor, y no me salgo del asunto porque a veces las uso; una de ellas es la de «Solo os prometo sangre, sudor y lágrimas» dicha por Churchill en un mensaje por radio a los británicos cuando se había desatado el monstruo de la II Guerra Mundial, pero la frase era más larga y enmarañada y menos contundente. En los titulares del día siguiente y en los libros de historia queda mejor así.

 

Puede suceder también que sea una frase que nunca existió, pero circula por ahí, como el famoso «Sancho, ladran, luego cabalgamos», y que no está en ninguna parte de El Quijote, aunque haya hasta esculturas quijotescas con perro añadido, que tampoco aparece en el libro. A veces, quien se inventa una frase y se la atribuye a una celebridad para que tenga más peso, simplemente se queda con el personal. Esto es muy frecuente cuando se cita a un filósofo polaco, a un poeta chino o a un Gran Jefe indio, que nunca dijeron tal cosa o incluso que ni siquiera existieron y son otro invento del citador.

 

También sucede que hay frases muy conocidas que nadie sabe muy bien quién las dijo o escribió y se las colocan casi siempre a Shakespeare si son profundas y a Oscar Wilde si son ingeniosas. Finalmente, están las frases que se atribuyen a muchas personas, siempre con seguridad. Una de ellas es la de «Hay gente pa’ tó», que se la adosan a tres toreros en distintas épocas, a Chicuelo, a Lagartijo y a Juan Belmonte. Otras son las dos más famosas referidas al genio y las musas: «Las musas, si vienen, es mejor que te cojan trabajando» y «El arte es un 1% inspiración y 99% transpiración». Ambas frases, con sus distintas variantes, se las he visto atribuidas a Beethoven, Rilke, Bernard Shaw, Picasso, Lorca y, por supuesto, a Shakespeare y a Oscar Wilde, el campeón.

 

Si hablamos de frases cinematográficas es que no acabamos, porque ya me gustaría saber en qué películas alguien dice textualmente «Nena, ve a empolvarte la nariz», «Yo que tú no lo haría, forastero», «Soy el más rápido al Oeste del Pecos» o «Nos veremos en el infierno». El lenguaje es muy escurridizo y engañoso, sobre todo en el cine, porque a veces por conversaciones tenemos imágenes que nunca existieron, como en la película Doce hombres sin piedad, que transcurre en su totalidad en una sala cerrada donde se reúne un jurado sin un solo fotograma relativo al crimen que se juzga; sin embargo, son muchos los que afirman haber visto la sombra del acusado a través de las ventanillas de un tren, que tampoco sale en la película.

 

Y ya que estamos en juegos de palabras e ideas volanderas, estamos, como cada final de años, en tiempo predicciones, combinaciones numerológicas y todo tipo de historias alrededor de las fechas: que si 2026 suma 1, que si los años acabados en 6 tal cosa, o que las terceras décadas de cada siglo son de aquella manera. Pura imaginación, porque un día siempre es diferente al anterior, y lo que para unos es felicidad para otros se ve como desgracia. Trato de seguir el consejo de los sabios: vive cada día como si fuera el último, o como el primer día del resto de la vida.

 

El año que ahora nos deja ha sido uno más de las vacas flacas que José anunció al faraón en el Génesis, y nada parece indicar que las vacas vayan a engordar. Las profecías en general tienen las patas muy cortas, porque siempre nos recuerdan las que se cumplieron, pero las otras quedan en ese vacío de la débil memoria. Resulta curioso ver cómo distintas fuentes adivinatorias predicen resultados diferentes para una misma cosa. Solo aciertan cuando hablan de ambigüedades. No es muy complicado anunciar que 2026 va a ser un año agitado, y puede aplicarse a Canarias, a España, a Europa, al planeta y, otra vez, al Atlético de Madrid. Basta ver o leer las noticias, que tampoco estamos seguros de cuáles son cierta y cuales desinformación.

 

Siempre queda la esperanza, no de que todo se arregle por sí mismo (eso nunca sucede), sino de que haya luz. También nos queda la palabra, como diría Blas de Otero, que tampoco sé si es una buena noticia. Los recuentos y las profecías no me interesan, pero creo en la buena gente que mira hacia adelante y profetiza cada instante con sus propias manos. Esa es la luz que realmente alumbra.

 

Por lo demás, les deseo lo mejor para hoy, y ya verán cómo mañana es diferente. Diviértanse, pero no se pasen, porque es cierto lo que ya decía Stevie Wonder hace 50 años sobre la incompatibilidad del alcohol y el volante. 2026 va a ser el mejor año posible, porque es único, como lo fue el anterior y lo será el siguiente. No hay más, la vida es un relámpago. Lo demás, como cantó Mina, parole, parole.