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Tiempos épico-líricos

 

Sé que suena recurrente acudir al título y el contenido de la canción Malos tiempos para la lírica, que, en 1983, dio al grupo gallego Golpes bajos certificado de pertenencia a la Movida madrileña, tan reacia a negar el pan y la sal a todo lo que llegase de fuera de la Villa y Corte.  Pero es que, adonde quiera que mires, aparece eso indefinible que unos llaman crispación, otros radicalización, y aun otros extremismo, falta de empatía social, violencia inducida y hasta guerracivilismo. Se montan pifostios por todo, pero a lo grande, y nadie cede el espacio de una uña.

 

 

Un psiquiatra decía en la radio que ahora hay más demanda de sus servicios, supongo que entre la gente que puede pagar una sesión, aunque sea con esfuerzo, porque si pidiera cita para consulta todo el que lo necesita, no se daría abasto, como de hecho ocurre en la Sanidad pública, en la que los problemas mentales no parecen ser una prioridad (ya nada es una prioridad sanitaria, pero las enfermedades mentales menos que la mayoría). Luego, el psiquiatra radiofónico comentó que está trabajando con otros profesionales de distintas disciplinas confluyentes (psicología, historia, sociología, neurología, física, estadística, filosofía, politología, comunicación, climatología, matemáticas, astrofísica…) de ámbito internacional en un grupo que trata de buscar luz en esta niebla de la razón en la que parece que ya no solo no importa acercarse al abismo, sino que hay una gran tendencia a lanzarse al vacío.

 

Como en todos los debates, intentamos determinar si fue primero el huevo que la gallina, o al revés. Con frecuencia caemos en la simplificación de afirmar que esas sesiones políticas tan agresivas y a menudo plagadas de insultos en los foros políticos oficiales y/o mediáticos son una escuela de la que aprende toda la sociedad, y por eso no hay manera de dar una clase con sosiego en un instituto de bachillerado, asistir como espectador sin peligro de ser agredido a un concierto al aire libre o en una competición deportiva, incluso si se trata de menores de edad. Empieza a ser inquietante opinar sobre lo que sea. Siempre hay alguien que se toma como ofensa cualquier palabra de su exclusivo diccionario particular. Está de moda ser víctima de algo.

 

Y pudiera ser que esos encuentros políticos o mediáticos que degeneran en pelea de corrala zarzuelera no sean la causa de la tensión que se respira en toda la sociedad. Algunos podrían pensar que todo es fruto de lo mismo, y que es muy ingenuo culpar a las redes sociales o a los debates televisados de ese extremismo que respiramos. Y algunos  se echan a temblar porque hubo otros tiempos de locura general, cuando no había redes sociales ni ningún medio de comunicación inmediato, y la Humanidad vivió épocas muy oscuras sin que sepamos con certeza las causas primigenias de aquellas crispaciones que acabaron como el rosario de la aurora, fueran las Cruzadas, la Guerra de los cien años o la más terrible de Occidente en los últimos siglos, la que nos llevó al crecimiento de monstruosos -ismos que desencadenaron la II Guerra Mundial, el horror más terrible de la historia conocida y que se gestó hace ahora mismo un siglo, con el nacimiento del fascismo, el nazismo y el estalinismo.

 

Es verdad que hace cien años ya existían aparatos de propaganda, o que la radio fue un instrumento fundamental para general odios colectivos, pero sigue sin ser un argumento definitivo, como tampoco podemos despachar Las cruzadas solamente con el fanatismo religioso; son factores importantes, pero por sí solos no estallan. Se necesita un detonante, y esa es la cuestión clave, pero si no tenemos claro qué fue exactamente lo que generó grandes calamidades hace cien, cuatrocientos o mil años, ¿cómo podemos saber lo que pasa ahora, sin perspectiva, sin información segura y total? Dicen que los economistas explican muy bien las causas de las grandes crisis económicas, pero siempre a posteriori. ¿Y si todo fuera así? Creo que estas cosas son como los grandes accidentes aéreos, marítimos o ferroviarios, que nunca hay una sola causa, son muchas superpuestas que, juntas, hacen colapsar un avión, un tren o una sociedad.

 

Hace unos años, una cadena norteamericana de documentales para televisión realizó un laborioso y amplio trabajo sobre el accidente aéreo del 27 de marzo de1977, en la pista del aeropuerto de Los Rodeos, que es el más mortífero de la historia de la aviación comercial. Los que vivimos aquí y supimos de aquel desastre no descubrimos nada nuevo especialmente, es una terrible historia de terror muy conocida, pero, casi al final del último capítulo, me llamó muchísimo la atención la declaración de unos de los ingenieros que formó parte de los equipos de investigación del accidente. Afirmaba el técnico que, para que se produjera la colisión de los dos aviones, tuvieron que darse 22 circunstancias, factores o elementos que hicieron posible la colisión. Si una sola de ellas no hubiera sucedido o hubiese ocurrido de otra manera, fuera en ambos aviones, en la torre de control o en alguna decisión anterior de despacho, ese choque no se habría producido. Así de preciso, caprichoso y puñetero es el azar.

 

Así que, aunque creo mucho en la ciencia y en la combinación de varias especialidades, no tengo una gran esperanza en que ese grupo de trabajo interdisciplinar de primer nivel en el que trabaja el psiquiatra de la radio pueda determinar qué está pasando y cómo podemos detener esta locura colectiva. Y a saber si les harían caso en caso de encontrar la llave. Tal podrían determinar con cierta aproximación algo que nos explique lo que sucedió en Europa en los años treinta del siglo pasado, pero empiezo a ver complicado hasta que se consiga crear una dinámica de trabajo en la que no aparezca el gallito de siempre, que quiere ser el abanderado de lo que sea. Ojalá que no, pero últimamente no tengo muy buena opinión de la especie humana.

 

Y vuelvo al principio: si ya es raro algo tan sencillo como que el grupo Celtas cortos no sea gallego sino de Valladolid, y que un grupo de Vigo forme parte de la Movida madrileña de los años ochenta, que este se llame Golpes bajos ya tiene su miga, y a su afirmación de que son malos tiempos para la lírica les contesto que, si piensan así, es porque no tienen ni idea de cómo le va a la épica. La dramática muy bien, por supuesto

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Proyectos, programas, nada

 

Desde siempre, en Canarias hay creatividad y talento en todas las facetas de la actividad humana, y la artística e intelectual no es una excepción. No entiendo entonces por qué se niega tan a menudo la capacidad creadora de los artistas canarios si se reconoce la imaginación en la agricultura, el turismo o la supervivencia. No todos los que esculpen son escultores, pero les aseguro que hay grandísimos escultores, ni todo el que tiene una guitarra es compositor, pero hay excelentes compositores; y así en todo. Canarias ha padecido todas las crisis del mundo, pero nunca la creativa. De modo que las carencias de eso que llamamos cultura hecha en Canarias no están en la creación, sino en la difusión y el conocimiento de lo que se crea.

 

 

Lo siguiente es obvio: no hay que estimular, promocionar o subvencionar a nadie para que escriba, componga, pinte o baile (que es lo que a menudo se hace, es lo más fácil), hay que dar a conocer lo que existe, pues la creación nace por sí misma pero la difusión necesita cauces que no están en las manos de los creadores. No hay más: así de sencillo y así de complicado, y ahora que se anuncian curvas, ya verán cómo desaparecen muchos presupuestos culturales, pero siempre habrá para las grandes puestas en escena y de siempre. Y se olvidan que la cultura es una parte del PIB, y acaba siendo una actividad muy diversa, pues tiene que ver con el comercio, la comunicación y hasta la hostelería.

 

En el siglo XXI la cultura también es negocio de una forma general, un nicho de empresas y un surtidor de puestos de trabajo. Pero las cosas funcionan de otra manera, o al menos deberían hacerlo, porque hay experiencia en el mercado de la cultura. Y este mercado es cada vez más globalizado, controlado a menudo por multinacionales o en el caso de España por grandes empresas que a su vez son tributarias de otras de mayor calado. Es frecuente encontrar grupos mediáticos, que tienen brazos en discográficas, productora audiovisuales, editorial y otros caminos. Es verdad que hay pequeñas empresa culturales monográficas, pero también es frecuente que acabe enganchando con otras mayores o distintas. Canarias es una terminal de ese mercado global, pues aquí vemos las películas hechas en Hollywood, y también forma parte del mercado hispano, y del español. Es una suerte de muñecas rusas hasta que llegamos a la más pequeña: el mercado canario-canario. Y ahí se acabó la posibilidad de negocio y con ello de supervivencia.

 

A estas alturas soy incapaz de entrar con ganas en discusiones sobre lo que es cultura propia de esta tierra. Es se me hace muy cuesta arriba volver a lo del pleito insular, la existencia de Dios, y muy especialmente sobre cuestiones tostadas y molidas como la identidad canaria. Y no es falta de pasión, es puro agotamiento. Los argumentos -sean los mío o los de mis interlocutores- son como tornillos a los que se les ha desgastado la rosca de tanto uso. Ya no agarran. Por eso me asombro cuando veo a las mismas personas debatir con furor el mismo guion de hace diez, veinte, treinta años. Es que hasta Serrat se cansaba de cerrar conciertos cantando Mediterráneo.

 

A veces estos debates se arman sin premeditación, y puedo entender que de pronto alguien se vea por sorpresa machacando lo ya pulverizado. Me ha ocurrido alguna vez, como cuando me encontré en una mesa que de pronto se volvió redonda, metido en un debate recurrente sobre no sé qué aspectos de la cultura que ya renuncio a llamar canaria o con-de-en-por-sin-sobre-tras Canarias, como decían los viejos profesores de latín. Me sentí tan fuera de lugar que, aun a riesgo de parecer maleducado, hilvané una urgencia inverosímil, pedí disculpas y desaparecí. Cuando quise darme cuenta estaba a un kilómetro de distancia, y todavía no sé si fue un ataque de valentía o de pánico. Recuerdo el Congreso de Poesía de La Laguna de 1976, la carajera de los intelectuales después del Manifiesto del Hierro, las sesiones de fundación de un sindicato de educación en las que participé, el Congreso de la Cultura que se hizo en 1985 con el primer Gobierno de Saavedra, docenas de mesas redondas en Gran Canaria, Tenerife y hasta en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Siempre el mismo tema, y siempre en el mismo punto. No se avanza, no se retrocede, no se evoluciona.

 

Tengo memoria desde los años setenta del siglo pasado, y siempre se da vueltas a la misma noria. Proyectos, impulsos, programas… nunca hay respuestas ni cambios; solo ese zumbido debatiente que unos radicalizan y otros moderan, pero que al final ambos se diluyen en la cerveza de después. Cuando veo a gente volviendo a dar coces contra el aguijón, tengo una sensación que es mitad cansancio mitad admiración por el aguante. Pero siempre hay un peligro, porque las palabras, por insulsas y repetitivas que sean, a veces ponen a funcionar mecanismos que luego resulta difícil controlar. Y esa es una grave responsabilidad de todos.

 

Siempre se ha dicho que Canarias es tierra de poetas (lo interpreto como una metáfora de cualquier vertiente de la expresión creativa), que aquí hay una especial sensibilidad para la música y que nuestra luz da lugar a una plástica distinta. Es verdad, como que también hay grandes poetas en Turquía, excelentes pintores en Brasil y una sensibilidad característica para la música en las altas mesetas del Nepal. Cada sociedad se acerca al arte y se manifiesta a través de él con toda su historia a cuestas, y no hay culturas superiores a otras, pues todas tienen al ser humano como último referente, aunque lo vean desde perspectivas dispares. Y eso se ve sin ir a Zaire, basta con echar un vistazo a los libros de nuestra mesilla de noche, que suelen ser miradas diversas desde y hacia puntos distintos de la rosa de los vientos. Lo que hace a una sociedad similar a otras es precisamente que, como todas, tiene unas características muy especiales. Es la gran paradoja de que somos iguales precisamente porque somos distintos.

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Un larguísimo mes de enero

 

Ha pasado el primer mes de 2026, y he visto que en muchos ámbitos hacen recuento, como si de un año se tratara. Lo cierto es que tengo la sensación de que la Nochevieja pasada fue hace mucho tiempo, y es que este enero se ha hecho muy largo, demasiado largo. Han ocurrido cosas como siempre, pero es que algunas son la materialización de disparates futuristas que nos parecían imposibles, y que sin duda marcan asuntos que van a alargarse. Que Estados Unidos haya entrado en el dormitorio de Maduro y lo rapte a medianoche es un hecho muy relevante, pero es que las supuestas consecuencias de una acción de ese calibre no han sucedido, y sigue en pie el madurismo sin Maduro, en una contradicción que está repercutiendo en el resto del mundo. Otro hecho es la caza de inmigrantes que se ha dictado en Estados Unidos, que es un relato que recuerda a episodios de épocas muy remotas. Se dispara contra la gente y no hay respuestas judiciales, y da igual las pruebas visuales que haya, como ha sucedido por dos veces en Mineápolis. Esto da miedo porque parece que es una locura que se extiende por todo el planeta.

 

 

En España se han producido varios accidentes ferroviarios, el más escalofriante el acaecido el 18 de enero en el municipio cordobés de Adamuz en el que se han visto implicados dos trenes de alta velocidad, con el terrible balance de 46 muertos y centenares de heridos. Una catástrofe así deja aturdido al país, y ahora nos espera una larga penitencia de acusaciones, disculpas, tardanzas, rumores, algunas verdades y demasiadas mentiras, como suele ocurrir. Resulta curioso que, en los grandes accidentes de los últimos años en España, las culpas judiciales han recaído casi siempre en conductores, maquinistas o pilotos, algunas veces fallecidos en el suceso. Me temo que esta vez no será distinto, y pienso que, si se han tomado decisiones erróneas en los años recientes con respecto a las líneas de alta velocidad, su uso y su mantenimiento, se llegue al fondo del asunto, por justicia, por aprender de los errores y para que no pase lo de siempre, que se resuelva con el ya cacareado error humano, a menudo de alguien que murió en el accidente, o que sobrevivió pero que es la parte más frágil de la cuerda, mientras suelen irse de rositas quienes tomaron decisiones equivocadas, y que generalmente no llegan a sustanciarse judicialmente.

 

Por si fuera poco, la meteorología está poniéndose pesada, con la caravana de borrascas atlánticas que no dan tregua, con crecidas de ríos, inundaciones, temporales de viento, aludes de nieve y oleaje traicionero y destructivo, aparte de un frío glaciar. De todo esto ha habido consecuencias directas, y las habrá indirectas porque los daños los veremos en la elevación de los precios de los productos que han sido castigados por los temporales. En resumidas cuentas, si ya el año anterior terminó cargadito en todos los aspectos, este que acaba de empezar llega con un mes de enero olvidable y que parecía que nunca iba a acabar.

 

Aunque los seres humanos siempre se han dedicado a hacer burradas y en especializarse en la autodestrucción, parecía que, después de la II Guerra Mundial, se mantendrían las formas, incluso en los peores momentos, como los protocolos del honor de los duelistas de siglos pasados antes de liarse a tiros o a sablazos en un bosque al amanecer. Había unas reglas, que a menudo se conculcaban, pero siempre había unas líneas que procuraban no traspasar, al menos a la vista de todos. Ha habido invasiones, abusos, hambrunas provocadas y todo tipo de acciones brutales, pero es que ahora parecen presumir de lo que antes ocultaban, lo cual hace que, en la vida cotidiana, todo el mundo hace lo que le da la gana y parece que hemos entrado en un territorio sin ley.

Desde que era un muchacho, en la época de las conquistas sociales y en las que se pregonaba aquello de “haz el amor y no la guerra” se hablaba de los cambios de era, de acuerdo con el zodíaco. Se contaba que, cada dos mil y pico años, cambiábamos de era y eso influía en los comportamientos humanos, y aseguraban que estábamos saliendo de la Era de Piscis y entrábamos en la de Acuario, que daba título a una canción del musical Hair, que se convirtió en un himno, que aun resuena no solo en nuestra memoria. Diversos “especialistas” decían que la nueva era había comenzado en 1962, otros que entraría en 1980 y otros más conservadores situaban la fecha del cambio en 2022.

 

Decían que la Era de Acuario “marcaría un cambio en la conciencia del ser humano, que ya estaría empezando a notarse y que llevaría asociado un tiempo de prosperidad, abundancia y paz”. Es decir, por lo visto, la era anterior, que alcanzaba hacia atrás hasta los inicios del Imperio Romano, e incluso rozando el final de la Grecia Clásica, había sido una calamidad, con mucha violencia, fanatismo religioso de las religiones monoteístas y la imposición de la ley de la fuerza. Hombre, en los pasados dos milenio ha habido barrabasadas para dar y tomar, y alguna cosilla buena según y cómo, pero la nueva era iba a ser la bomba, un periodo de aproximadamente 2000 años caracterizado por la tecnología, el humanitarismo, la innovación, la espiritualidad, la esperanza y el respeto a los demás en su individualidad. Los gurús de entonces acertaron a medias, porque tecnología hay, e innovación aparejada a los medios de que disponemos, y trato de descifrar lo del humanitarismo y la espiritualidad. Y todo esto ya debiera estar funcionando a tope, porque ya han pasado 4 años desde 2022, la fecha más lejana estimada, pero ahora el guía se hace llamar coach, no gurú, y no ciñe su cabellera con coronas de flores, sino que se comunica contigo vía on-line o en reuniones colectiva denominadas talleres que tienes que pagar.

 

Todo esto me tiene muy confuso, porque ya en plena era del humanitarismo y la espiritualidad, Elon Musk, el dueño de Tesla y hombre más rico del mundo, ha dicho que el mundo no avanza porque hay demasiada empatía y que la universidad está sobrevalorada. Y me quedo de piedra, porque la nueva era se presenta exactamente al revés de cómo la predicaban. Hemos pasado del diálogo y el debate a la intransigencia y el fanatismo, justo lo que decían que iba a desaparecer.  Puede que todavía la Era de Acuario esté en rodaje. A ver si arranca, porque si no esto va a convertirse en un larguísimo e inquietante mes de enero.