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Polemistas de cartón-piedra

Hay algunos humanos terribles, sobre todo aquellos que tienen pasión por discutir, porque se invisten de un ropaje de intocables y siempre son los demás quienes tienen la culpa. Da igual de lo que se hable, siempre están enfrente.
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Hace unos años, cuando el telecupón lo dadan unas chicas ligeras de ropa, solía verlo junto a una persona mayor. Un día yo le decía que era muy agradable ver el sorteo con chicas tan guapas, y esa persona se me oponía tratando a las muchachas de lo peor. Al día siguiente yo decía que las chicas eran unas desvergozadas vestidas así, y la misma persona las justificada diciendo que eran muchachas serias y que de algo tienen que vivir.
Hagan la prueba; ante este tipo de personas -que abunda, no crean-, defiendan una postura sobre algo y esa persona sacará la otra, y discutirá aunque se trate de la ley de la gravedad. Si en otra ocasión defienden la opción contraria con la misma persona, no crean que va a estar de acuerdo, volverá a ponerse enfrente. Son así, polemistas de cartón-piedra, porque he oído decir cien veces que Zapatero o Rajoy están equivocados. Y la gracia está en que la misma persona me ha dicho un día que Zapatero lo hace mal y al día siguiente el inepto es Rajoy, depende siempre de a quién primero yo le haya colgado la eficacia o la ineptitud. En el fondo, son divertidos, porque uno no puede tomárselos en serio.

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Criminales míticos (y II)

juez.jpgEn la antigua Grecia, los mitos procedían de relatos ejemplarizantes, que servían para interpretar la vida cotidiana en cualquier tiempo, y así, hoy nos siguen valiendo Edipo, Electra, Pigmalión, Antígona o Ulises.
En el siglo XX, los medios audiovisuales, primero el cine y luego la televisión, nos han llenado de personajes míticos, fueran de esta época o de tiempos pasados. Estoy convencido de que Robin Hood era un criminal, pero si lo vemos en la pantalla con la cara de pillo de Errol Flynn nos cae hasta bien, lo mismo que Jesse James encarnado por Brad Pitt, el juez asesino Roy Bean (El juez de la horca) con los ojos de Paul Newman, el tortuoso estrangulador de Boston con la simpatía de Tony Curtis, el sanguinario Clyde interpretado por Warren Beatty o el retorcido Don Corleone en la piel de Marlon Brando.
Eso en Europa no suele suceder. Los famosos criminales europeos, desde el malvado Landru hasta el Vampiro de Düsseldorf nos asquean. En España nos horrorizamos con el crimen de Los Galindos, con Puerto Hurraco y con la matanza del expreso de Andalucía, y sin embargo los mitificados norteamericanos pistoleros a sueldo, asaltantes de bancos, traficantes de alcohol, mafiosos de la Cosa Nostra y asesinos en serie no nos producen rechazo. Debe ser la magia del cine, que del extermino de los indios y su cultura ha hecho un género, el western, que veíamos en la sesiones infantiles sin que hubiese la menor objeción ética.

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Criminales míticos (I)

180px-John_Dillinger[1].jpgLos norteamericanos son muy dados a crear leyendas, y la demostración está en que en el siglo XX la mayor parte de los personajes supuestamente legendarios proceden de allí, fueran del cine, del rock o del crimen. Por eso a nadie ha de extrañar que en el país en el que toman forma de divinidad los Kennedy, Michael Jackson o James Dean, también sean mitos asesinos consumados como el estrangulador de Boston, Billy «El Niño» o Jesse James.
En los tiempos de la Ley Seca también se crearon mitos criminales, desde Bonnie y Clyde a la anciana Kate «Ma» Baker, pasando por todos los mafiosos italianos e irlandeses representados por personajes de ficción como Vito Corleone, «El Padrino». Hasta Charles Manson empieza a ser un mito.
Ahora el que se ha puesto de moda es John Dillinger, otro producto de la Gran Depresión, porque es el personaje cinematográfico del momento, con el estreno de la película Enemigos públicos. No he visto la película, pero me suena que hasta nos va a caer bien, porque el actor que lo encarna, Johnny Depp, es de los que caen bien, y es precisamente el cine el que haya hecho que tanto asesinos como agentes de la ley con no muchos escrúpulos estén en la mitología de una nación que repite continuamente «Dios salve a América».
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John Dillinger no tenía el rostro simpático de Johnny Depp.