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«La mirada de Dios» de Maragall

No ha sido la sonrisa de Julia Roberts, ni el paseo enigmático de John Malckovich, ni el cambio de alfombra roja por negra lo que más me ha impresionado de lo que he visto en los medios sobre el Festival de Cine de San sebastián. Ha sido la mirada perdida de Pascual Maragall, de quien se ha hecho un documental que se ha proyectado en el festival. Padece Alzheimer, y contarnos el día a día del proceso contribuye a la sensibilización de la sociedad contra un mal que peor que la muerte, porque significa la pérdida de identidad.
zbDSCN3263.JPGCuando el Alzheimer está muy avanzado, los enfermos miran al vacío, de una forma tan aterradora que parece que lo adivinan todo, que lo saben todo. Quién sabe si será así, por eso la llaman «La mirada de Dios», y es un contrasentido porque esa mirada indica justamente lo contrario: que no se están percatando de la realidad inmediata. He leído que en Canarias el índice de Alzheimer es mayor que la media española, y eso es tremendo, porque, además del drama del enfermo, está la familia. Un hogar donde se da esta circunstancia cambia por completo, y al ver escenas del documental de Maragall se ve la diferencia en afrontar el problema cuando hay medios económicos, porque cuando estos son limitados o no existen significa el desmantelamiento de la convivencia. Hasta para morir con dignidad hace falta dinero.

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Fútbol sobredimensionado

zelmundo.750[1].jpgCreo que el fútbol está sobredimensionado, y en eso tienen mucha incidencia los medios de comunicación, porque ya es norma que los telediarios abran con una noticia futbolística que no tiene más alcance que un resultado más de un partido.
Entiendo que haya un gran despliegue cuando Nadal gana el Abierto de Estados Unidos, o que Contador gane el Tour, porque son hechos singulares y que se dan muy pocas veces (también cuando gana el Tenerife, por lo raro del hecho). Pero el fútbol es una comidilla permanente, que incluso crea tensiones sociales y problemas cuando hay partidos de gran rivalidad. En el mundo pasan cosas terribles, y sin embargo he perdido la cuenta del papel, las horas de radio y televisión y espacios digitales (generalistas, no deportivos) que se han consumido en los dos últimos días porque Messi tiene un esguince que no le dejará jugar dos semanas. Que en Nueva York se hable de los objetivos del milenio o que cada día mueran miles de personas de hambre tiene menos repercusión que el tobillo de Messi. Lamentable.

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Se está acabando el tiempo

Z-labordeta-3[1].jpgHa muerto José Antonio Labordeta, ese maño tan simpático que hizo de la sencillez un arte. Todos cantamos alguna vez a coro su Canto a la libertad, que fue uno de los himnos de un tiempo que ya está haciendo cuentas. Hubo muchos himnos en las voces de muchos, desde Jarcha a Taburiente, con raíces populares una veces y otras menos, pero siempre con el futuro como estandarte, porque los cantautores y cantautoras de entonces ponían voz a nuestros deseos. Miguel Ríos se retira, Lluis Llach lo hizo hace unos años, Paco Ibáñez, Gullermina Motta, Raymond, Javier Krahe, Luis Pastor, Rosa León, Aute y otros tanto apenas aparecen. Queda Serrat en todo su esplendor, pero ya está también de vuelta.
Con la muerte de Labordeta se pone un nuevo candado a la memoria, porque él, como muchos, fue nuestra voz. Y ese Canto a la libertad del entrañable aragonés tiene la facultad de trasladarnos a un tiempo en el que el futuro era posible, con ese aire español y ciertas remembranzas chilenas de Víctor Jara. Aquella canción nos empujaba. Es una lástima que te vayas, amigo José Antonio; es una ley biológica, nuestras vidas tienen todas fecha de caducidad. Pero la ilusión es perpetua y se mantiene con las ideas. Y es que ahora mismo nos hace falta volver a pensar, porque tratan de robarnos hasta la esperanza. No quiero que te vayas pensando que finalmente han ganado los malos.