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11-M, 2.556 días después

Han pasado siete años, 2.556 días, desde que una vez más salió a la superficie la mente reptiliana del ser humano y sembró el horror por las estaciones de trenes de Madrid. El 11-M será un estigma de la miseria del alma humana siempre, pasen los años que pasen, como hoy seguimos recordando salvajadas semejantes ocurridas hace mucho, mucho tiempo: lisiosss.JPGLos fusilamientos de Príncipe Pío por las tropas napoleónicas, los sucesos de Casas Viejas durante la II República, el bombardeo de Guernika… Siempre el odio, el fanatismo, el descenso a los infierno de quienes creen tener derecho a disponer de la vida de otros. Los casi doscientos muertos de aquel día merecen la memoria y el respeto, los heridos ayuda y solidaridad. Los familiares de los asesinados jamás encontrarán consuelo porque para que este llegue antes hay que comprender; y no hay manera de entender que te arranquen de manera tan arbitraria a un ser querido. Y los muertos también merecen descanso, y que dejen de utilizarlos como arma política. Respeto y memoria, pero no revanchismo de errores cometidos por unos o por otros -da lo mismo- pero que nada tienen que ver con las víctimas. Hoy, 11-M, tal vez sería un gran homenaje que nos parásemos un minuto y pensemos que un acto tan brutal fue perpetrado por hombres como nosotros, porque el fanatismo, tristemente, es de humanos. La sangre derramada clama silencio a quienes siguen utilizándola.

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Internet o la vida

comunnnnn.JPGTengo la impresión de que para las nuevas generaciones debe ser inimaginable el tipo de vida comunicativa que teníamos hace muy pocos años. Al filo de 1990 había correo electrónico en algunas oficinas y los más avispados se habían enganchado a los primeros servidores para tener internet en casa. Pero no había gran cosa al principio, ni siquiera periódicos, no existía google y hasta llegamos a pensar que era una majadería que pasaría de moda muy pronto. Luego se burlaban de quienes exhibían los primeros teléfonos móviles, y ahora ya ven. Pero en todo esto, que es un gran avance, veo una especie de debilitación del ser humano, que se ha creado nuevas dependencias. Antes quedabas con alguien a una hora y eso quedaba así sin posibilidad de cambio, porque no había forma de comunicarse, puesto que ambos estaban lejos de los teléfonos fijos donde solían hablarse. Ahora esto da pábulo a aceptar compromisos sin mucha seriedad, porque inconscientemente sabes que media hora antes puedes anularlo con una llamada de móvil. Y con Internet, los iPad, iPhone y lo que vendrá están haciendo el mundo de otra manera, pero no veo que eso haga mejorar a la sociedad como asunto común. Demasiados canales y poca comunicación.

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Alfileres de colores


En las viejas películas y en las novela-río que cuentan décadas de una larga familia, como Guerra y Paz, se seguían los frentes de batalla como si fuera un juego de mesa. En las tranquilas capitales alejadas de los frentes, o en las naciones neutrales, se marcaban las posiciones en mapas con banderitas o con alfileres de cabeza coloreada, que se oxidaron de inmovilidad en la Gran Guerra, quieta durante años en el frente de Verdún, y que no daban abasto a los cambios en la II Guerra Mundial, sobre todo al principio, cuando la Blitzkrieg (guerra relámpago) alemana modificaba en cada edición de los diarios su frente de ayer. cielooo1.JPGLos más pudientes incluso tenían maquetas del terreno y soldaditos que simbolizaban tropas, como un sangriento portal de Belén. Durante la guerra de 1914, en el legendario Bar Polo del Puentepalo de Las Palmas, aliadófilos y germanófilos recreaban los movimientos de tropas con tazas, vasos, palillos y cucharillas. Las cosas cambiaron desde que entraron en liza las nuevas armas (y ahora más con el salto dado por las tecnologías de la comunicación), y se bombardea una ciudad alejada de la costa desde un submarino a muchas millas mar adentro. Ya no se sabe dónde está el frente, y las banderitas y los alfileres no sirven para indicar quien va ganando. Por eso incita a cierta nostalgia de viejas hazañas bélicas los gráficos que salen en los medios tratando de plasmar lo que ocurre en Libia. Los miras una y otra vez y te das cuenta de que no reflejan lo que pasa, porque no hay color posible para los alfileres que han de señalar arma teledirigida vía satélite que puede cambiarlo todo desde un lugar que ni siquiera figura en el mapa. Ya ni la guerra es lo que era, pero sigue siendo la mayor estupidez que comete el ser humano sobre este martirizado planeta.