Sobre los hijos de puta
Hace un par de días, el Canarias7 sacó la información de que el profesor argentino Marcelino Cereijido ha publicado Hacia una teoría general sobre los hijos de puta, un libro en el que se acerca a los orígenes de la maldad. Cuando lo leí me dije «caramba, se me han adelantado», porque eso de que un profesor universitario trabaje sobre un asunto tan común y la vez tan duro es una novedad, hasta el punto de que pocos podrían imaginar un título así para un profundo ensayo. Y digo que se me ha adelantado (en tono de chanza, claro), cuando en realidad debiera decir que he sido profético. Me explicaré: Cuando alguien se pasa 28 pueblos, ofende y humilla hasta decir basta, le digo la siguiente frase: «Qué interesante, le voy a dar tu teléfono a un amigo mío para que se ponga en contacto contigo; podrías aportarle mucho porque ahora está haciendo una tesis doctoral sobre los hijos de puta». Una carga de profundidad así sólo puede usarse en contadas ocasiones (lo he hecho dos veces en mi vida) y por lo menos en una creo que me quedé corto, porque para la maldad que rebosaba aquel individuo una frase así es poco. Por eso, al ver la información, me he reído porque he pensado que en realidad el universitario que estaba trabajando sobre los hijos de puta existía en realidad. Si en otra ocasión tengo que sacar munición pesada, añadiré el nombre de Marcelino Cereijido como el amigo que hace tan oportuna tesis doctoral. Espero que no, aunque con la cantidad de especímenes de esta ralea que pululan por ahí, raro será que no me tropiece con alguno.
La memoria lingüística de Canarias y la conformación de las palabras que usamos ha tenido y tiene grandes valedores: Pérez Vidal, Manuel Alvar, Pancho Guerra, Marcial Morera, Francisco Navarro Artiles… Maximiano Trapero es uno de ellos, y no el de menor calado precisamente, porque a su reconocida autoridad sobre oralidad (sus trabajos sobre el romancero son insoslayables), que rebasa las fronteras insulares y españolas para ser una de las máximas figuras vivas de nuestra lengua en este campo, une un trabajo de búsqueda, recopilación, restauración y hasta rescate que lo lleva de un pago de La Gomera donde habla con una anciana informante hasta un complicado archivo o una biblioteca borgeana. Siempre sus publicaciones o una simple conversación cotidiana con él están presididas por el argumento más riguroso si es que hablamos de oralidad, repentismo, toponimia o lingüística en general, aderezando siempre sus palabras con su vasto conocimiento de la historia y la literatura anexas a los temas que hablamos. Sería lo que los novecentistas empezaron a llamar polígrafo, para referirse a Menéndez Pidal. A cuatro manos, junto a Eladio Santana Martel y bajo el estandarte editorial de la Fundación César Manrique, ha estudiado, revisado y ampliado la Toponimia de Lanzarote y los islotes de su demarcación, trabajo recogido en su día por el insigne académico don Manuel Alvar. Esta vez, Trapero recorre de nuevo caminos ya transitados donde él siempre encuentra algo nuevo. Gracias a Maximiano Trapero conocemos mucho más de la esencia de Canarias.