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Efecto primacía

No sé si les pasa a ustedes, pero últimamente me tropiezo con demasiadas personas con las que hablo y es como si no hablara, porque tienen una idea que instantáneamente graban en su disco duro y luego da igual lo que les digas, se van y mis palabras es como si nunca se hubieran pronunciado. Un ejemplo básico:
zzzgklp.JPG-Te veo muy abrigado, con bufanda y guantes, ¿tienes gripe?
-No, tengo frío; por lo demás estoy muy bien.
-Te cuidado porque la gripe se complica a veces y puede ser grave.
-Te repito que no tengo gripe, es que soy friolero y me abrigo, nada más.
-Pues vale, me voy, y cuídate esa gripe…
Y esto me pasa con frecuencia y en asuntos mucho más importantes que la percepción de si tengo o no la gripe. Puede que le interese seguir manteniendo un prejuicio (juicio previo) sobre el otro, o le resulte muy agotador tratar de cambiar lo que le ha dictado esa primera impresión o idea, lo que los psicólogos llaman ahora efecto primacía. Y es terrible, porque casi no puedes abrir la boca. Y lo peor es que esa idea puede ser incluso anterior a la conversación pues el otro ya la trae de casa. Vean el ejemplo más alambicado:
-Ya sé que esa película no le gusta a los anti-Spielberg como tú.
-Oye, que yo no he dicho que la película no me guste. ¿De dónde diablos sacas esa idea?
-Si a ningún anti-Spielberg le gusta, ¿por qué iba a gustarte a ti?
-Pero es que a mí me gusta el cine de Spielberg, lo considero un clásico contemporáneo.
-Ya sabía yo que esta película no te gustaría, pero no te preocupes, tienes derecho a que no te guste Spielberg.
Encima te perdona la vida. Acabas siendo responsable no de lo que dices, sino de lo que el otro piensa que tú debes pensar. Me pregunto si siempre fue así, es un fenómeno inducido por la cultura del zaping o que la gente va tan estresada que no utiliza la capacidad de convertir las palabras que oye en un concepto nuevo que sustituya al anterior.

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¿Quién es el Joker?

Siempre pensé que los malos de los cómics eran una fantasía imposible de tipos con la mente podrida que querían todo el poder, y siempre aparecían en lugares extraños, sórdidos, maquinando la manera de hacerse con el control de Gotham, Metrópolis o el planeta entero. El Joker, Lex Luthor y los malos de Dick Tracy daban a veces más risa que miedo, porque sus propósitos de ficción no parecían trasladables al mundo real, lo mismo que los de otros malos-malísimos de novela y película como Goldfinger y el Doctor No, de la saga del Agente 007.
zJoker-the-j.JPGViendo lo que está sucediendo en Europa, estos personajes empiezan a parecerme reales, porque sorprende ver que desde Alemania, con Francia como compinche, se estrangula cualquier posibilidad de reacción ante la crisis en la UE. Grecia supone el 2% de la economía europea, y realizar en aquel país una especie de Plan Marshall es calderilla para Bruselas. No lo hacen, y Alemania ya no tiene números positivos porque su gran potencia económica se basa en que su pujante industria produce mucho más de lo que consume, y entran divisas por la exportación. Pero, claro, si se paraliza la actividad en los países compradores, los alemanes tendrán que comerse sus excedentes de coches, lavadoras, televisores y demás productos industriales. Es un suicidio, y por eso extraña más el equistamiento fanático de Angela Merkel en unas políticas que son una soga al cuello que acabará ahorcando a la UE y con ella a la propia Alemania. Siempre me he burlado de los que creen en conspiraciones laberínticas, pero es que cada día me convenzo más de que lo que se hace no es por torpeza, sino que debe haber una consigna que viene de los Jokers de turno o de no sé donde. Es que si no es así no se entiende, porque no me creo que de repente todos los dirigentes políticos y económicos se haya vuelto tontos, que no se dan cuenta de lo que salta a la vista para cualquier ciudadano que sepa la cuatro reglas básicas de la aritmética. Es tan evidente que no hace falta ser Paul Krugman para entenderlo.

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Stefan Zweig setenta años después


Fue un día muy triste aquel 22 de febrero de 1942, cuando el escritor vienés Stefan Zweig decidió quitarse la vida junto a su esposa en un hotel de Petrópolis, una pequeña localidad cercana a Río de Janeiro. Zweig era judío pero nunca ejerció de tal porque sus padres también lo fueron por accidente. Pero eso nada le valía con Hitler y los suyos, de manera que, en 1936, se marchó del país donde nació y vivió siempre, y que ya pertenecía al III Reich tras la anexión de Austria. Después de recorrer medio mundo se instaló en Brasil, país que llegó a amar profundamente y al que auguró un gran futuro en uno de los últimos libros que escribió. Cuando vio que Hitler era dueño de Europa (ya había invadido Rusia), Zweig creyó que el nazismo se implantaría en todo el mundo, y viéndose con 66 años muy cansado para empezar de nuevo, decidió suicidarse como un atormentado personaje de Dostoievski, el escritor que más admiraba.
zStefanZweig[1].jpgSu nombre quedó eclipsado durante décadas, a pesar de que alguna de sus obras fueron llevadas al cine. Por suerte, en los últimos años se ha recuperado para el gran público a un autor que cultivó el teatro y el ensayo a gran nivel y fue un novelista extraordinario (Carta de una desconocida, Veinticuatro horas de la vida de una mujer, Novela de ajedrez…) , pero sin duda su faceta más conocida es la de biógrafo, pues retrata a personajes cruciales de la historia con un gran precisión y compone sus vidas como si de una novela se tratase. Freud, Casnova, Tolstoi, Erasmo, Magallanes, Balzac, Dostoievski y muchos más personajes se hicieron reales al pasar por su privilegiada pluma, pero de entre todos ellos destacan sus trabajos deslumbrantes sobre María Estuardo, Fouché y María Antonieta. Algunos especialistas lo consideran el mejor biógrafo conocido, pues a su rigurosa pluma une un trabajo de documentación asombroso, que se desliza por sus libros sin agobiar al lector. Para mí es el supremo maestro del género, y con un poco de sorna suelo decir que Napoleón en realidad no fue tan importante puesto que Stefan Zweig nunca escribió su biografía. Ahora, setenta años después, su obra empieza a colocarse en el lugar en el que siempre debió estar.