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TIEMPO LÍQUIDO. Máscara y mascarilla. (27/05/2020).

 

Hoy empieza el luto oficial, aunque cada día tengo en la memoria la ausencia de los fallecidos y la desolación de los suyos. Pero quiero mirar hacia adelante, por es Día Mundial del Teatro, y quienes amamos las artes sabemos que el teatro es el principio de todo. La máscara del teatro clásico se superpone hoy a la mascarilla. Lo mismo que pasó con el Día del Libro, este es un Día del Teatro que seguramente será recordado por la ausencia de funciones tal y como siempre las hemos visto. Pero sí que ha habido teatro en estos días, se ha buscado la manera de que, como ha hecho la música, las nuevas tecnologías nos sirvan funciones en directo, aparte de las que han dado en diferido de grandes eventos del pasado reciente.

Ahora mismo recuerdo representaciones de las grandes salas del todo el mundo puestas en la red, o las escenificaciones que se hicieron el 10 de mayo con motivo del aniversario del nacimiento de Galdós. Ha sido muy laborioso el trabajo de Juan Carlos de Sancho, que ha conseguido que varias docenas de actrices y actores hayan teatralizado cada dos días relatos suyos. Y es que el teatro busca la manera de seguir siendo la fuente, pues esas lecturas realizadas de narraciones y poemas propios o ajenos son una forma más de poner en escena nuestra humanidad. No olvido a los amigos y amigas autores que nos han dado su poesía y sus relatos.

Y si la vida es puro teatro (Aute decía que es cine), tengo que decir que no me gusta la función que están representando nuestros políticos, que parece que están en otro planeta. Siguiendo la máxima que me dieron ayer dos amigos, continúo siendo muy cuidadoso y trato de buscar fuerza para seguir adelante, aunque no comprenda la actitud de muchas personas, que creen ser valientes pero son temerarias porque no ponen cuidado; en este embate pensar en uno mismo es pensar en los demás. Deseo que sean capaces de darse cuenta, aunque tal vez espero demasiado de la gente insolidaria. Optimista por genética, sigo esperando por la cordura.

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TIEMPO LÍQUIDO. Cuidadosos y valientes. (26/05/2020).

 

Esta mañana estuve con mi amigo Felipe Landín, que es un hombre sereno y reflexivo, que trata siempre de valorar las cosas con mesura, actitud que se agradece en estos momentos, cuando abundan y hasta se promueven las exageraciones. Quedamos para dar un paseo mientras hablábamos; hay una amistad de muchos años, que también se cimenta en el amor común a la literatura. La mascarilla y la distancia física no fueron obstáculo para que fluyeran la conversación y los afectos.

La idea era intercambiar libros, y así lo hicimos. Algunos cambiaron de manos, pero en el diálogo entraron otros que no comparecían pero sí estaban en nuestra memoria. Con Felipe, la literatura es total, pero siempre acaba cayendo del lado de la poesía. Entre los libros presentes y ausentes, hablamos de Habitación 241, de María Jesús Alvarado, los poemas que Noel Olivares dedicó a Teca Barreiro, Yo quería un placer de Ángela Ramos, libros estos de la colección Puentepalo, en la que figuran otras voces poética importantes. Y, claro, de otras cosechas entraron en este ateneo callejero Bahía Boríquen, Té Matcha y Voces, las más recientes entregas poéticas de Antonio Arroyo, Santiago Gil y Pepe Junco respectivamente.  Por un momento, la poesía hizo que nos olvidáramos del presente, y porque la mayoría de quienes escriben esos libros también están en el círculo de la amistad. Al despedirnos, Felipe dijo que en esta etapa hay que ser cuidadosos y valientes, que curiosamente fueron las mismas palabras que, minutos más tarde, pronunció el también amigo Pepe Orive cuando nos cruzamos en un paso de peatones. Y tampoco es tan sorprendente esta coincidencia porque Pepe y Felipe son dos personas inteligentes. Sigamos su receta.

Hablar en directo con un amigo te da fuerza, aunque también valoro las conversaciones telefónicas o el intercambio de mensajes por medios tecnológicos con otras personas muy queridas. Los afectos se perciben de muchas formas, y estoy convencido de que en el futuro les daremos la importancia que  han tenido y tienen, en estos meses tan difíciles, las palabras de quienes amamos y nos aman. El formato es lo de menos. Y como diría Bogart, siempre nos quedará la literatura.

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La pandemia y los afectos

 

Los especialistas saben de lo que hablan, pero me temo que, como siempre, hay demasiada gente que saca la lengua a pasear y a soltar supuestas verdades absolutas. En toda esta crisis, solo se me ocurren preguntas, y me asombra que haya personas que lo despachan todo de un plumazo. Para empezar, habría que decir a quienes afirman que volver a la calle aunque sea con mascarilla podría haberse hecho sin necesidad del confinamiento, se olvidan de que el 14 de marzo la capacidad de contagio del virus era de 3 y ahora es de 0,1. Es decir, la posibilidad de contagio es ahora 30 veces menor que hace dos meses y medio. Sigue habiendo peligro, pero puede controlarse si se cumplen las medidas  colectivas e individuales que marcan las autoridades sanitarias. Y para ello hubo que encerrarse para dejar al virus sin campo de acción.

Ese era el objetivo, y se ha cumplido, aunque dolorosamente hay miles de muertos y personas que han sufrido muchísimo, aparte del estrés profesional y mental de los sanitarios, que han tenido que batirse contra un gigante y muchos han perdido la vida en ese combate. Conviene no olvidarlo, porque la memoria es muy flaca y puede que volvamos a adorar becerros de oro. Por eso es tan importante que en las sucesivas fases de la desescalada hagamos las cosas bien, porque el virus sigue ahí, y la disminución de las posibilidades de contagio es directamente proporcional al gran esfuerzo realizado y a la centinela individual de cada uno de nosotros. Hay que reactivar la economía, pero no es solo eso, hay que volver a tener una vida razonablemente humana.

Unos pretenden que todo vuelva a la vida anterior, y otros nos aseguran que ya nada volverá a ser igual. Llevamos semanas escuchando a profesionales de la psicología y la psiquiatría aconsejar sobre cómo sobrellevar el confinamiento y ahora sobre la adaptación en la desescalada progresiva, pero no sabemos qué secuelas personales y sociales va a dejar esta crisis una vez que haya sido conjurado el virus. Las económicas ya nos las tememos porque las estamos viendo venir, y francamente este es uno de los apartados sobre los que solo tengo preguntas. Por eso voy a referirme a cómo van a ser las relaciones personales después de todo esto, porque marca mucho el hecho de que el mayor peligro colectivo y personal que hemos vivido podía venir de una persona muy cercana, nuestro mejor amigo que nos contagiaba mientras nos daba un abrazo sincero.

Sobre esto no se han pronunciado los especialistas, seguramente porque es una situación tan nueva que los referentes que se pueden invocar datan de otras épocas, en las que había también otro tipo de relaciones humanas. Dicen que en este encierro a muchas parejas se les ha desmoronado el proyecto común, y entre los más jóvenes ha habido quienes creían estar muy enamorados pero la ausencia y la angustia ha roto la relación. Es verdad que con la desescalada las parejas que han sobrevivido separadas volverán a verse, pero me pregunto cómo va a ser esa relación, en la que puede ser peligroso tocar a la persona amada. Pudiera ser (ojalá sea que no) que cuando ya no haya pandemia, los amores, las amistades y las relaciones en general habrán pasado por una prueba que seguramente unas resistirán y otras no.

Por eso me he negado a aceptar la expresión “distanciamiento social”  cuando se aplica a estar a más de dos metros de otra persona. No estuvo acertado quien así llamó a esa necesaria separación, y yo habría abogado por llamarla «distancia física», porque los afectos de verdad aguantan fuertes desafíos, pero no ayuda mucho si ya en el nombre se puede entender una relación necesariamente fría. De manera que me surge la enésima pregunta: ¿los afectos, la confianza y la cercanía con las personas que nos importan serán como antes? Eso me preocupa más que otros asuntos más materiales. Porque los afectos son el eje de lo humano, y esos sí quisiera que volvieran a ser como siempre fueron, aunque hagamos teletrabajo y paguemos por medios tecnológicos.