Publicado el

¿Somos especiales los isleños?

 

Estamos tan saturados de una actualidad repetitiva, que ni el nuevo año parece que sea una gran novedad. Por ello desbarraré hacia la literatura, que es al mismo tiempo una manera de entender la insularidad. Es lugar común que la realidad supera siempre a la ficción, y el desafío que tiene todo novelista a la hora de contar algo basado en la realidad es que sea verosímil, y pudiera ser que el plano de consciencia absoluta no fuese el mejor aliado de un novelista. Y ese es el territorio de la ficción novelística que fabrico a menudo a mi pesar, a causa de esta enfermedad terminal -la escritura- que es común en toda persona que padece la neurosis de llenar páginas, con la pretensión no exenta de vanidad de que lo que escribe puede interesar a otras personas.

 

Durante las tres últimas décadas, hemos asistido muchas veces al debate de si existe realmente una literatura canaria. Y este es un debate que se resuelve con una paradoja (parajoda, que diría Carlos Fuentes): cada pueblo está mediatizado por su historia y su geografía, y debo reconocer que nuestra historia está llena de hechos e influencias que necesariamente han determinado una forma de ser colectiva, distinta incluso en unas islas que en otras, e incluso diversa dentro de cada isla.  Decir que existe una literatura canaria específica frente al resto de la literatura, como concepto especial y unívoco, es algo que no acabo de entender.

Los canarios, por historia, geografía y sociedad, escribimos bajo esa influencia. Es cierto, pero también lo es que bajo esas mismas influencias escriben los extremeños, los islandeses y los nigerianos. Y se produce entonces la mencionada paradoja: precisamente porque tenemos nuestras propias coordenadas, porque somos distintos -como todos-, somos iguales a los demás. Seguramente este argumento puede ser usado al revés, y ese doble uso es el que me hace pensar que nuestra literatura es simplemente literatura sin más apéndices que los de la lengua en que se escribe. Por lo tanto, no encuentro qué diferencias notorias hay entre un escritor canario y otro que no lo es. Además, a la velocidad que avanzan la tecnología y la comunicación, cada día es más difícil ser canario, lituano o neozelandés. Siempre sabemos exactamente donde empieza y acaba nuestra tierra, que crece y disminuye en superficie dos veces al día en razón de lo que suben y bajan las mareas. No hay un hecho geográfico más influyente que la insularidad.

Pero esa insularidad que nos hace especiales no es exclusiva de los canarios. En nuestro planeta hay más de cien mil islas habitadas, todas ellas con su geografía, su historia y sus costumbres; por poner un ejemplo, solo en Filipinas hay más de siete mil islas, por lo que es matemático que los filipinos son mil veces más isleños que nosotros. Así que, tampoco la insularidad es un valor tan raro. ¿Es que en el caso de que se estime que existe o no una literatura canaria específica voy a cambiar mi forma de escribir? No lo creo, ni yo ni nadie. Por lo que se respira por ahí, ser escritor canario parece implicar una especie de nacionalismo literario. Soy escritor y canario, y sin embargo no sé qué significa todo eso; debo ser un caso perdido. Es frecuente que, cuando alguien tiene noticia de que escribo novelas me suelta la pregunta de imposible respuesta: “¿Escribe novelas canarias?” No sé a qué se refiere. Supongo que, si son escritas en Gran Canaria por alguien nacido en la isla, las novelas serán canarias. No sé qué gentilicio merecerá la parte de mi obra que transcurre en el vecino territorio del Sahara Occidental, o las secuencias que tienen su escenario en Latinoamérica, Madrid, París o Barcelona. ¿Y las partes de algunas novelas que fueron redactadas fuera de Canarias son literatura canaria?

Por lo tanto, creo con otros muchos que la literatura no tiene más patria que la lengua en que está escrita. Sería entonces un componente de un mundo literario, el castellano-español-hispanoamericano, en el que han hecho y hacen su obra autores y autoras que carecen de complejos. Porque complejo es pretender instalar siempre la obra fuera del territorio que uno conoce para intentar eso tan repetido de la universalidad; o, por el contrario, rayar en el localismo más radical. Y me molesta que alguien diga que es más canario porque compró acciones de la Unión Deportiva Las Palmas. A decir verdad, no conozco a nadie más canario que otro canario. Es una cuestión geográfica, no una virtud teologal. No intento demostrar nada, no escribo contra nadie, ni para ser más universal o más canario. Escribo en español porque esa es mi lengua; si Ben Farroux, Don Diego Perestrello, Van Der Doez o Lord Nelson hubieran colonizado Canarias en lugar de los castellanos, hoy escribiría en hassaní, portugués, flamenco o inglés. Pero sería escritor, y canario, y habitante de este planeta. Y eso es escribir: preguntar, opinar, contar, comunicar y contestar sin que nadie haya preguntado.

Publicado el

Que 2021 traiga mucha salud

 

Siempre fue una manida tradición en los medios hablar de los propósitos personales para el nuevo año, pero esta vez, cuando están cayendo chuzos de punta, es comprensible que casi no se atrevan a hablarle a la gente de proyectos de mejora: reintentar por enésima vez estudiar inglés, dejar de fumar, comer más sano, aguantar en el gimnasio más allá del primer mes… Durante estas fiestas a la gente incluso le daba cierto reparo pronunciar una felicitación, y habrán observado que se dice menos «felicidades» y se usan más expresiones como «que todo vaya mejor» o «que tengas un buen año». No ha habido consigna, sino una reacción del inconsciente colectivo, que va con pies de plomo porque cada hora que pasa viene otra racha nueva del viento del desánimo.

Si se supiera cuál es la dirección, habría más ilusión, pero con la sensación de que todo se hace o se deshace para nada, es más complicado. Tendrías que informar sobre la fecha aproximada que podría tocar la vacuna a cada cual, pero ni eso. Este año se trata sobre todo de salir vivo de ese año en el que vamos a entrar. Ya saben, deseo en general (para mí también) el mejor año posible y, por supuesto, MUCHA SALUD.

Publicado el

El mismo discurso del Rey

 

Es curioso que, en un país en el que hay un fuego en cada esquina, una noticia que se repite todos los años y de la que todos los políticos y comentaristas hablan es el discurso navideño del Rey. Los ocho que ha pronunciado Felipe VI y los casi cuarenta de su padre, podrían despacharse todos con un Buenas noches, feliz Navidad, o algo parecido, porque se limitan a merodear la actualidad del año y desear paz y progreso, pero siempre dando rodeos, de manera que cada cual puede entender lo que quiera.

Luego están los análisis y las reacciones. En cuanto a estas últimas, se podría decir de antemano qué va a decir cada líder político y que posición -a favor o en contra- tomará cada comentarista conocido. Da igual lo que diga, lo alabarán por eso que alguien entendió como una maravilla y lo criticarán porque esas mismas palabras para otros significan otra cosa. Ya digo, puro funambulismo lingüístico, que convierte a todos los discursos en una misma pieza que es casi el arte de decir no diciendo y, por el contrario, el de no decir diciendo. Se analiza el decorado, el portarretratos que falta o que sobra y hasta el color de la corbata. Es como una gran función monologada en el que las apariencias y los símbolos pesan más que las palabras.

Y las omisiones. Siempre hay sectores que se sienten marginados porque creían merecer más atención. El caso es que ese discurso tan elaborado como uno de Groucho, Cantinflas o Les Luthiers, dice lo que a cada cual le conviene que diga, y lo mismo en cuanto a las omisiones. El de esta Nochebuena no fue una excepción. Destacan los medios que habló de la pandemia y la crisis económica; solo hubiera faltado que no lo hiciera con el año que nos ha tocado. Y luego están las frases poéticas que se refieren a la ética, la corrupción y la posible (solo posible) alusión a los asuntos de su padre.

Ahí ha habido disconformidad en unos, porque supongo que querrían algo más explícito, que si lo hubiera dicho pondrían el grito en el cielo porque el Rey no debe hacer política, y menos en su discurso de Navidad. Otros se han mostrado conformes, porque con lo que dijo se entiende, y hasta los ha habido que consideran que el monarca ha dado un puñetazo en la mesa (hay que ver lo que da de sí media docena de palabras evanescentes).

Al menos el Día de Navidad, los medios de cualquier soporte han hecho del discurso del rey su noticia estrella. Repasando medios digitales y viendo las voces editoriales, sorprende una y otra vez cómo las distintas voces parecen haber escuchado cada una un discurso distinto, el que han imaginado. Y si hacemos memoria, salvo la enumeración de algunos hechos destacados durante ese año, los discursos sucesivos casi podrían superponerse, y en realidad son plagios de ediciones anteriores, un corta y pega debidamente lijado y barnizado. La característica fundamental de estos discursos es el ejercicio de ambigüedad que hace parecer al pronunciante un equilibrista en los filos de las páginas del Diccionario de la RAE.