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Generar esperanza

 

 

Estos últimos días han estado pasados por agua y frío. La nieve ha bajado a tres islas y el alisio afeita cuando sopla, aunque sea suave. Ese ambiente helado y lluvioso es la alegría del campesinado y de quienes saben que la isla necesita regenerase de agua en sus entrañas, y para eso la nieve es lo mejor, porque lo hace lenta y provechosamente.

 

 

Pero estos días tormentosos daban una sensación rara en la ciudad. Las calles mojadas se combinan con el toque de queda y la calle parece un desierto. La verdad es que no hay que ser muy disciplinado para quedarse en casa con estos días tan gélidos, la disciplina hay que tenerla para salir a esa calle mojada y fría.

 

Eso que llaman cansancio de pandemia se ha reflejado en estos días, la alegría por las barranqueras que llevan agua a las presas se atenúa por esa espada de Damocles que es el Covid 19. Dan ganas de acurrucarse alrededor de la cocina, mientras se hace una sopa caliente, pero no te quedas en paz porque sabes que hay gente en las calles que no tiene donde guarecerse y que hay familias que lo tienen muy complicado para llenar esa olla regeneradora.

 

Por eso no se entiende la actitud de nuestra clase política, que anda enredando en asuntos que, en estos momentos, son muy secundarios. Llevamos casi un año en el que la mayor parte de los plenos del Congreso y el Senado son como peleas callejeras, insultos y discusiones sobre el éter, pero nadie da un paso al frente para crear una dirección clara y decidida del control de la pandemia. No sé si en otra dimensión hay quien está tomando nota de todo esto. Si es así, debe tener la libreta a rebosar.

 

Por otra parte, el ambiente general de los políticos, los técnicos y los tertulianos incita a la inseguridad, cuando no al miedo. Se pasan el día dando cifras sobre unos miles de vacunados y la pandemia sigue, porque las cifras son ínfimas frente a los más de 40 millones de personas que habría que vacunar en España.

 

Yo quiero que llueva, y para el frío tengo abrigos, pero esta sociedad necesita que le den calor en las ilusiones, que le trasladen una idea de proyecto, porque todo lo que vemos son palos de ciego. Y aunque la lluvia es muy necesaria, en estos días grises se siente más la impotencia ante un virus raro, unos políticos sin seso y un sector económico de la población que está sacando tajada de tanta desgracia mientras otros se hunden. Unos días de sol nos vendrían bien para calentarnos el alma y ver si la luz que se acrecienta cada día llega a la mente y a los corazones de las personas que tienen capacidad para generar esperanza.

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¡Sálvese quien pueda!

 

Debo ser muy torpe o estar en otra dimensión de la realidad, porque en los once meses que llevamos de pandemia oficial veo que se cruzan maneras de ver las cosas que, para mí, son erróneas, aunque, ya digo, pudiera ser que sea yo quien está en otra realidad. Me refiero claramente a esa dicotomía  economía-salud, en la que hasta ahora casi siempre salen ganando los teórico de la economía. Y digo que salen ganando porque se suelen aplicar sus recetas, que al final son un desastre para la salud y desde luego no ayudan a la economía.

 

 

Primero quisieron salvar el verano de 2020, luego el curso escolar (que es lo único que les ha salido medio bien, de momento) y más tarde el Black Friday, el puente de La Constitución, las Navidades, la Nochevieja y hasta los Reyes. Los resultados se han ido viendo dos o tres semanas después, y ahora, en plena tercera ola, siguen hablando de salvar las Rebajas y se presenta como gran tema la Semana Santa. Menos mal que, al menos en la capital grancanaria, se han olvidado de los Carnavales, aunque van a hacer no sé qué, que desconozco si propicia aglomeraciones. Lo que no puede ser es que se esté constantemente poniendo las pilas a la gente, y cuando llega la hora de la verdad el resultado es que económicamente es un fracaso y sanitariamente un desastre.

Supongo que después de la Semana Santa querrán salvar la campaña de verano de 2021. Según mi elemental forma de discurrir, mientras no se avance en las vacunaciones y vaya creciendo  el espacio de inmunidad, cada intento llevará a lo mismo de siempre, contagios, presión sobre el sistema sanitario, y, si se va de las manos, la hecatombe.  Por eso la única política que entiendo en estos momentos es la de  las máximas restricciones. Ya sé que eso no produce dinero, pero es que cuando abren la mano es peor. Si en lugares como Nueva Zelanda, Australia o Singapur han logrado controlar al bicho, hasta el punto de hacer vida casi normal, ¿por qué no se mira qué han hecho ellos? Y solo han hecho una cosa, primar la salud sobre la economía. Son países con menor crisis económica que España, pero si no era para entrar a saco contra el virus, no entiendo de qué sirven esas ingentes cantidades de dinero que está liberando el Banco Central Europeo.

La única manera de salvar la Semana Santa es controlar el virus, porque de otra forma, ni salud ni economía, y son ya demasiados los muertos que nos está costando esta guerra que se está perdiendo en parte por la insistencia de algunos en salvar su chiringuito.  Y los políticos no mueven ficha porque puede costarle votos, así que veremos cómo en plena campaña electoral catalana aquí nadie va a tomar decisiones que crean que puedan perjudicarles en las urnas.  Esto más que salvar la Semana Santa se está convirtiendo en un «Sálvese quien pueda», y a los vacunados irregulares me remito.

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Cristianismo/Jerarquía eclesiástica

 

Las damas bienpensantes solían decirme hace unos años que yo tenía en mis novelas y en mis artículos dos fijaciones: Franco y La Iglesia. Un día, de tanto oír la cantinela, hice un recuento y no era verdad, yo hablo de muchas cosas, cuento historia dispares, pero también me di cuenta de que Franco salía mucho en mis escritos. Soy un producto del franquismo, porque pasé bajo sus estúpidas botas toda mi infancia, mi adolescencia completa y parte de mi primera juventud. Cuando Franco se murió, yo era un hombre, y la verdad es que me jodió bien jodido, como a todos los demás, solo que a mí me sigue cabreando que me machacara cuando era ingenuo e indefenso.

 

 

Con La Iglesia Católica también mantengo un diferendo, pero no por mi culpa, sino por la de la propia Iglesia, que se empeña en volver al Concilio de Trento una y otra vez. También La Iglesia iba del mano del Estado cuando yo me estaba haciendo hombre, pero si bien Franco murió en 1975 y el franquismo residual se fue apagando (o eso parecía), parece que ahora quiere renacer en los modos, aunque vayamos a votar cada cuatro años. La Iglesia, por el contrario, sigue ahí, aferrada al poder de una forma que da miedo, impregnando con su intolerancia al poder civil que en este caso se deja seducir porque la derechona tiene práctica secular en proteger a los ricos, los machos y los intolerantes, labor en la que rivaliza con La Iglesia.

Yo no soy creyente católico porque me es imposible navegar por la justicia en ese mar de intolerancia, reaccionarismo e hipocresía. Respeto muchísimo a los creyentes católicos, no en vano esa ha sido la fe de mis mayores, lo mismo que respeto otras creencias (y no creencias) religiosas. La relación del ser humano con la transcendencia es algo tan íntimo que no puede ser proclamado en un púlpito. Lo que no respeto, porque no es respetable, es el comportamiento de la jerarquía católica, que sigue agazapada detrás de unos privilegios medievales en un estado supuestamente laico. Y si España, en las actuales circunstancias, es un estado laico, que baje Dios y lo vea, y no es un chiste malo, y entiendo que Dios tal vez pudiera existir, y si eso es así, nada tiene que ver con la jerarquía católica que se arroga su representatividad. ¿Dios representado en La Tierra por una secta intolerante, que ha estado al lado de los tiranos, que ha sido cómplice de genocidios históricos, que ha callado cuando debió hablar?

Y todo esto viene a que el fundamentalismo católico cabalga de nuevo en el asunto de la nueva Ley de Educación. Para empezar, niego la mayor, no se ajusta a Derecho que en un colegio público de un estado laico se haga proselitismo, que eso y no otra cosa es la catequesis de siempre. El que quiera ser catequizado que acuda a los templos. El estado se ha maridado con La Iglesia y lo ha hecho mal. Pero ya que existen esas clases pagadas con dinero público, debe ser el estado quien contrate al profesorado, y así evitaríamos la cerrazón y la exhibición de machismo que ahora vemos perplejos.

Mucha razón tenía Jesucristo cuando decía que los ricos serían bienaventurados porque heredarían La Tierra. Claro, La Iglesia es rica, y tiene poder, bienaventurada. El fundamentalismo crece en la misma medida que la hipocresía en la jerarquía eclesiástica, y ya es hora de que se acabe tanto privilegio y tanta chorrada, que estamos en el siglo XXI y ya pasaron los tiempos en que un obispo (vacunado o no) nos impedía bailar o bañarnos en la playa. Bonito fuera…