Publicado el

Morir en soledad

 

Parece que la sociedad ha asumido que quienes mueren por covid han de ser despachados con diligencia. De alguna manera, en el inconsciente colectivo está la idea de que el covid es algo que sucede pero que le es ajeno. Solo perciben la terrible soledad de estos enfermos cuando se acerca a su familia, y entonces se da cuenta de que  hemos automatizado la muerte, como en los telediarios, cuando dan por buenas las cifras de muertos que son más que si se cayera un avión grande cada día.

 

 

Es especialmente triste el final de quienes están en residencias o en establecimientos hopitalarios privados, donde no es posible acompañar al enfermo. Si bien hay que dar todos los parabienes y agradecimientos a los sanitarios que se dejan la piel, también es cierto que a menudo se dan hechos que habría que revisar. Porque es muy triste que un miércoles digan a los hijos por teléfono que el anciano o la anciana está bien, y el jueves a primera hora llamen con urgencia para decir que ha muerto, y que hay que hacer los trámites del entierro con rapidez.

 

La persona que ha fallecido no estaba en ninguna residencia, simplemente era nonagenaria y vivía en su casa, pero enfermó, y nunca fueron claros con la información. De esa manera, esa persona, que siempre tuvo muy en cuenta los ritos de despedida, fue enterrada con la sola y urgente compañía de sus hijos, que ni siquiera pudieron velarla. Pasan cosas muy raras y es muy triste que, a quien ha vivido siempre teniendo en cuenta a los demás, se le despache como  si fuese un paquete.

 

Son muy malos tiempos para morirse, pero al menos habría que observar el respeto que un hecho como la despedida merece. Hoy me lo han contado y luego he sabido que estas circunstancias alrededor del covid no son tan raras, que están pasando con demasiada frecuencia. Es inhumano convertirse en un paquete que viaja en ese avión que se cae a diario y que es solo un número en un periódico. Duele e indigna la desvergüenza de quienes hace política interesada con los muertos, como si no fueran seres humanos que merecen todos los respetos.  Qué tristeza.

Publicado el

Claudio de la Torre en tiempos de Covid

 

En tiempos de Covid, conviene recordar la novela Verano de Juan El Chino, de Claudio de la Torre (1895-1973), autor grancanario, nacido en el Carrizal de Ingenio, que está claramente adscrito a la Generación del 27, y desarrolló casi toda su obra y su vida en Madrid, mayoritariamente en el teatro. Sin duda, su novela más conocida, y uno de los grandes textos narrativos canarios del siglo XX es Verano de Juan El Chino, una novela corta de una gran intensidad que se lee sola porque está escrita con una gran maestría.

 

 

Esta novela tiene como telón de fondo la epidemia de cólera que asoló la ciudad de Las Palmas en los años 1850/51. Juan el Chino es un pobre inmigrante que consiguió un trabajo muy peculiar: conducir un carro que todas las mañanas de aquel fúnebre verano recorría las calles de la ciudad para recoger los muertos de la acera, que los familiares ponían en la puerta de sus casas. Juan los llevaba al cementerio y lo enterraba.

 

Tirando de su carro, Juan el Chino sube a su triste vehículo a pobres y a ricos, porque nadie quería tocar aquellos cadáveres infectados. Las calles estaban ardiendo del sol de un verano especialmente duro, en el que había por doquier montones de cal viva. La muerte se ha enseñoreado de la ciudad y el único que se atreve a desafiarla es él.

 

Con la disculpa de este argumento terrible, que está basado en la realidad, Claudio de la Torre hace un retrato de la sociedad decimonónica de una ciudad provinciana de ultramar como era Las Palmas en aquella época. Y quedan claros los estratos sociales y los comportamientos humanos egoístas o generosos, sinceros o hipócritas, que no tienen un anclaje en el tiempo, porque son inherentes a la naturaleza humana. En definitiva, Verano de Juan El Chino es un texto especialmente terrible y literariamente muy atractivo, porque Claudio de la Torre sugiere más que cuenta, no se recrea en la miseria, pero esta aflora a través de la sensibilidad del lector. Es un texto cómplice y una denuncia del egoísmo y la pobreza.

 

La novela nos dice que estas pandemias ya han sucedido en nuestras islas, y que luego hubo que rehacerse del desastre. Debemos pensar que Canarias no siempre fue como la recordamos hace apenas un año. También viene a decirnos que la muerte, paseándose sin freno por nuestras calles, hace finalmente justicia porque ante ella todos somos iguales, y la muerte en una epidemia de cólera es implacable. Posiblemente puedan sacarse algunas enseñanzas metafóricas, trasladables a nuestra sociedad actual, porque el ser humano sigue siendo igual de racista, xenófobo, clasista, y egoísta que en el tiempo en que transcurre la novela. También igual de generoso y solidario.

Publicado el

Falta de empatía sanitaria

 

Desde siempre, la población ha tenido gran respeto por los sanitarios, especialmente los médicos, pues en ellos fía su salud, y espera -y casi siempre consigue- dedicación y confianza. Pero no siempre sucede así, y entonces uno se pregunta si esa persona que dice ejercer la Medicina es apenas un asalariado sin entusiasmo que desprecia -eso demuestra con sus actos- al paciente que lo visita.

 

Hace unos días, una mujer de mi familia, que tienen cierto padecimiento crónico, se presentó en Consultas Externas de una entidad privada de la parte baja de la ciudad para realizar su seguimiento periódico. Bien es verdad que la minuta corría a cargo de una compañía aseguradora. Por motivos desconocidos por la paciente, se presentaba por primera vez ante un nuevo especialista, puesto que el anterior ya no figuraba en el listado de  facultativos de la aseguradora.

La paciente es una mujer sexagenaria, lo mismo que el nuevo doctor. Cuando ella entró en el despacho, se encontró al facultativo con la mascarilla sujeta a la mandíbula y el rostro perfectamente descubierto. Menos mal que mantuvo a la paciente en una alejada silla junto a la pared, como penada. La primera de las dos preguntas que le hizo fue «¿Qué edad tiene?» No preguntó sobre su estado, y cuando hizo la segunda pregunta, «¿Qué está tomando?», sin mediar prueba u observación alguna, decidió que había que liquidar todo el tratamiento, entre los que tenía prescrita un leve dosis de ansiolíticos. Al escuchar el nombre del fármaco, el doctor puso expresión de alarma y sentenció: «Deje de tomar eso, las mujeres de su edad no tienen motivos para tener ansiedad, y si alguna vez les sobreviene se trata yendo a La Iglesia a rezar y a meditar».

La paciente creía estar en medio de una película, que aquello no podía estar pasando en el siglo XXI. Y el médico, sin inmutarse, la citó para el mes siguiente para que le llevase una pruebas de hace varios años, que ni siquiera están en su poder, pues fueron realizadas en una hospitalización y todo ese material quedó en el hospital. Pero lo que más enfadó a la mujer fue que le sobrevino tal perplejidad por el comportamiento incalificable del doctor, que no tuvo capacidad ni de decirle adiós al irse. Y ahora el problema es que tiene miedo de que si presenta una queja en el centro médico, como sería su palabra contra la del médico, le pongan la marca de «conflictiva», y eso podría enturbiar su fluida relación con otros doctores y doctoras que la tratan como es debido, porque cuando se llega a cierta edad no se va al médico, sino a los médicos.