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El respeto

Yin_yang.jpgSobre la religión -cualquier religión- se ha dicho de todo, desde que es una fuente de valores eternos a que es el opio del pueblo. Como en tantas otras cosas, los maximalismos conducen siempre a callejones sin salida, y tan fanático es el que se juramenta religiosamente más allá de los límites de la cordura como el que se atrinchera en la racionalidad inocua que sólo admite lo que cabe en la ciencia conocida.
Desde el fanatismo que ha conducido a cruzadas, guerras santas, odios seculares y creencias unívocas, hasta la coexistencia de diversos credos, ha habido y hay de todo. Es indudable que uno se alista en lo segundo, y ha renunciado hace mucho tiempo a debatir algo tan íntimo, tan personal, como las propias creencias, que incluso tienen matices individuales dentro de un mismo credo genérico.
Por eso, cuando se habla de religión, hay que reclamar, ante y sobre todo, respeto. Y al mismo tiempo respeto para los no creyentes, porque todo ser humano tiene su manera de enfrentarse a lo irracional.

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Agua

El agua es el elemento fundamental de la vida terrestre. Dicen que todos los procesos biológicos que han conducido a la rica diversidad del planeta comenzaron en el agua. iguazú.jpgLo que sí es cierto es que el agua ha sido siempre un factor determinante, y lo vemos en las fundaciones de las ciudades, que suelen nacer junto a un río porque es el que le da posibilidad de sobrevivir. Cada ciudad histórica tiene su río, y no es por casualidad. También el agua es cómplice de la belleza.
En Canarias, el agua ha sido siempre motivo de inquietud. Las hambrunas canarias fueron consecuencia de las sequías, y ahora mismo esto sería un desierto si no fuese por las potabilizadoras. Pero, ¡ay!, desalamos agua a base de petróleo, y eso es algo que no consigo entender a estas alturas, porque si hay un lugar sobre la tierra rico en energías alternativas (sol, viento, oleaje) ese es Canarias.
De hecho, hay quien afirma que si las guerras actuales son por el control de la energía, las del futuro serán como las primitivas, por el control de agua. Y mientras tanto, la derrochamos en destinos inútiles, del que sólo se benefician unos pocos.
(En la foto, las cataratas de Iguazú)

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El temporal

Decía Erasmo de Rotherdam que nada hay tan arrogante como la ignorancia, y por ello, porque abomino profundamente de la arrogancia y soy un ignorante en meteorología, no quisiera parecer resabido desde mis nulos conocimientos técnicos en la materia. Valga este preámbulo como escudo, porque ni a mí ni a mucha gente nos sorprendió la ventolera de ayer por la tarde, y por lo visto sí que fue una sorpresa para la Agencia Estatal de Meteorología.
nw_i1x0c200[1].gifSegún mi abuela, la buena lluvia viene del norte o del nordeste, y como mucho del noroeste, aunque esto es raro. De Africa viene el siroco y de Cabo Verde el tiempo de Sur, que en las medianías llaman «El tirajanero», atemporalado y con abundantes lluvias, que es el que suele llenar las presas.
Desde primera hora, la vendedora del cupón de la ONCE de mi calle me anunció que se iba a armar una buena, que se lo había dicho su anciano padre, con no sé que historia del tiempo de poniente. «Dios nos libre del tiempo de poniente», solía decir mi abuela. Decía también que es muy difícil que suceda, ya que por lo visto son rescoldos de tormentas tropicales que vienen desde el Caribe. Eso me cuadra con la tristemente recordada «Delta».
Escuchar la palabra «poniente» despertó mi curiosidad; así que entré en Internet y vi el mapa y la foto del satélite. Alli se dibujaba una depresión que venía del oeste. Es decir, como para mí la palabra de mi abuela va a misa, blanco y en botella, leche: el padre de la lotera tenía razón. Y todavía no era mediodía cuando empezó el temporal. Por eso no puedo entender cómo es que un servicio dotado de sofisticados medios -no ya de predicción, que no son magos, sino de observación- decreta la alerta naranja ¡¡¡a las seis de la tarde!!! cuando el temporal llevaba horas haciendo daño. Releeré a Erasmo a ver si encuentro la respuesta.
Pido disculpas por mi arrogancia, propia de un ignorante en meteorología, pero es que esta se la debía a mi abuela, que acertó veinte años después de irse más allá de los temporales. No podía dejarla pasar.