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El peligroso uso de la ironía

A la hora de escribir un artículo o un post para el blog, empleo distintos tonos. Generalmente hablo en tono medio, con granitos de esto y lo otro. A veces escribo desde la indignación y uso un tono muy duro, pero estas son las menos, porque creo que se pueden decir las cosas sin llegar a un lenguaje excesivamente agresivo.
cumbres].JPGY luego está la ironía, que desde el punto de vista literario es una atalaya que ayuda a guardar las distancias. En los artículos se refiere al lenguaje puro y duro, y es desde luego mi territorio preferido en estos espacios cortos, incluso llevada a extremos que rozan el sarcasmo. Y se me dirá que no la uso demasiado o que escasas veces piso a fondo el acelerador.
Es cierto, y esto sucede porque es un terreno muy peligroso. Si académicamente se entiende por ironía dar a entender lo contrario de lo que se dice, ocurre que a veces puede que se entienda literalmente. Puede ser porque el lector esté espeso ese día y no capte el matiz, o bien por un defecto en la construcción del discurso, porque al tener que funcionar como una máquina sincronizada, cualquier omisión, error o incorporación no deseada puede llevar al lector a confundirse.
Todo esto viene porque ayer leí en el Canarias7 que detuvieron a unos salteadores de caminos a los que se les incautaron dos armas de fuego falsas. Traté de ironizar sobre los asaltos a las diligencias del Oeste o el bandolerismo de Sierra Morena, diciendo que lo de estos bandoleros actuales era una chapuza, pues ya ni los salteadores de caminos son lo que eran. Al leerlo, me di cuenta de que alguien podría entenderlo como apología de la violencia, y opté por dejarlo y aplicarle la misma receta que suelo usar sin excepción: no usar ni una brizna de ironía cuando hay dolor, abusos, discriminación o sufrimiento de cualquier clase, y creo que las víctimas de estos asaltos deben haberlo pasado muy mal, e incluso pueden tener secuelas en el tiempo.
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La foto pertenece al archivo de la Fedac.

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Nos hemos hecho unos blandos

Desde hace unos años, el clima se ha convertido en tema recurrente de conversación y de récords que sólo están en la mente de las personas: «Nunca había hecho tanto calor como este verano», «vaya un verano raro, es que ni ha hecho calor, esto no había sucedido nunca», «este es el invierno más frío del siglo», «nunca se ha visto un mes de febrero tan cálido/frío/seco/lluvioso».
nieve1.jpg Cada año me sorprendo al ver que la gente se queja de «lo calurosos que son este año» los meses de septiembre y octubre, y, que yo recuerde, esos dos meses son la etapa más cálida de la ciudad de Las Palmas, de toda la vida, pero cada año sorprende a sus ciudadano que porque han acabado las vacaciones oficiales de agosto han decidido que ya no debe haber calor.
Ahora ha entrado la calima por unos días, y tampoco es tan raro que ocurra en este tiempo. Yo recuerdo un febrero de hace años en el que hubo calima densa todos los días del mes. Antes la gente aguantaba el clima, pero ahora es indispensable el aire acondicionado o la calefacción, y los telediarios abren con una nevada en invierno o un termómetro a más de 35 grados si es verano. Esto sí que ante no pasaba. Nos hemos hecho unos blandos.
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La foto la tomé de Canarias7, que publicó una hermosa colección de las cumbres de Gran Canaria durante las recientes nevadas.

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¿Por qué no dicen lo que quieren decir?

Lazarillo_de_Tormes[1].JPGDe un tiempo a esta parte hay mucha gente que tira la piedra y esconde la mano, y observo que se hace como el que no quiere la cosa usando el apogeo de los programas de chismorreo.
Hay quien está echando balones fuera propugnando disputas sobre cuestiones que ya están sobrepasadas o que son secundarias, porque ya me dirán qué calado político tiene que la Reina vaya o no vaya a los toros.
El pícaro ciego sabía que el lazarillo cogía las uvas del racimo de tres en tres porque él las cogía de dos en dos y el otro no protestaba, y si los monárquicos alientan semejantes bizantinismos no es porque quieran debatir la halagadora dualidad monarquía o juancarlismo.
Lo que se pretende ocultar es el debate claro, transparente y bipolar sobre monarquía o república, porque alguien ha destapado la caja de Pandora. Quieren desviar la atención grave hacia cuestiones baladís, pero el ciego de El Lazarillo de Tormes ve hasta el ojo de una aguja. Para eso sirven los clásicos.