Publicado el

8 de marzo, no perdamos lo ganado.

 

Decía Saramago que los negros, los asiáticos, los homosexuales, los inmigrantes y todas las minorías injustamente tratadas no son iguales. Son diferentes, y es esa diferencia la que hay que respetar por encima de todo.

Por otra parte, es irrenunciable la igualdad jurídica, social y doméstica de mujeres y hombres. Es decir, respeto y justicia. Hay que seguir, queda mucho camino. Se tambalea el cambio que se inició en el siglo XIX con las sufragistas y la lucha por la igualdad de todas las opciones sexuales; ha sido una avance tremendo, bendecido por la Declaración Universal de los Derechos Humanos y remachado por actuaciones como la de la OMS cuando decretó que la homosexualidad NO es una enfermedad. En buena parte del planeta esto no sirve, porque solo hay que ver el trato a la mujer o los homosexuales. Creíamos que Europa ya estaba ganada, pero vienen otra vez los reaccionarios de siempre y se apoyan en religiones, costumbres y casi diría que en la maldad para volver a los tiempos oscuros.

 

Quieren cercenar derechos y libertades. En España ya han empezado con las mujeres y no me extrañaría que pronto tocaran los avances alcanzados en la igualdad de las personas que se relacionan con su mismo sexo. Hablan de tradición y esa es una palabra que me da pánico, porque no todas las tradiciones deben ser conservadas; es más, muchas deberían ser abolidas hasta de la memoria. La tortilla de carnaval es una tradición conservable, pero no lo es lanzar cabras desde los campanarios, martirizar toros o perseguir homosexuales; y así otras muchas. Hay que seguir alerta.

 

No perdamos de vista lo que significa el 8 de marzo.

Publicado el

¿Para cuándo la desclasificación de la vergüenza del Sahara?

 

Ha sido una semana complicada, porque al disparate que era ya la política mundial, se une ahora el desaguisado imprevisible de Oriente Medio. Parece ser que ya no merece la pena estudiar ciencias políticas ni meterse en la Escuela Diplomática, pues solo sirve para teorizar, porque a la hora de la verdad es la fuerza lo que se impone. Es como volver a las cavernas. Y en política nacional, bote y rebote del 45 aniversario del 23F, con desclasificación de unos documentos que no dicen más allá de lo que sabíamos, y solo me surge la pregunta que siempre ha estado ahí: ¿por qué de la trama civil -que fue quien financió la fiesta- sentaron en el banquillo a una sola persona? Digo yo que revelar las conversaciones telefónicas de la esposa de Tejero con su hijo y con su misteriosa amiga Herminia es darle tres cuartos al pregonero, puro chismorreo de corrala para entretener las lenguas.

 

 

Pero hay otro febrero que nos sigue avergonzando, el de 1976, hace ahora 50 años, en el que, pasando por encima del acuerdo de la ONU de 1974 de celebración de un referéndum de autodeterminación del territorio, que el gobierno español aceptó celebrar en 1975, y saltándose la sentencia de Tribunal Internacional de La Haya de Octubre de ese mismo año, se firma la pantomima del Acuerdo de Madrid de 14 de noviembre, por el que, de facto, se entrega a Marruecos el Sáhara Occidental. Sabemos que, en la sombra de ese asunto se movieron aqueos, frigios y troyanos, coordinados por Henry Kissinger, el inefable Secretario de Estado del presidente Nixon. Los civiles y las tropas españolas tendrían que abandonar el territorio antes del último día de febrero, lo que se realizó bajo el nombre de Operación Golondrina. De paso, se condenaba al pueblo saharaui a errar por el desierto. Y ya va medio siglo.

 

Da mucha tristeza ver cómo España sigue siendo igual de valleinclanesca que hace ya más de un siglo, cuando vio la luz y los escenarios la obra Luces de Bohemia, pues las esperpénticas proclamas de Max Estrella, su protagonista, siguen definiendo el aire cainita, tramposo, clasista y vengativo de la actual política española. Por ello, como recuerdo de nuestra vergüenza con el Sáhara, aireo palabras propias que llevan más de 30 años agazapadas en una novela:

 

“El nordeste soplaba como una maldición helada sobre la última fila de dunas. El Aaiún quedaba atrás con ese aire definitivo que tienen las huidas. Los últimos meses podían medirse como años de sufrimiento, esperanza e incertidumbre. La maldición helada del nordeste azotaba en el febrero sahariano de 1976 los costados de los calcinados camiones Pegaso del ejército español, imperial durante años y monárquico de reestreno. Los oficiales de menor graduación, sentados en las cabinas, junto al conductor, mantenían los rostros severos, como si se viajara hacia el combate.

 

Y el maldito nordeste helado, viento que permanece en soplo infinito indicando en sesgo el camino del océano, puebla de arena el intermitente asfalto que une El Aaiún con Cabeza de Playa. Los camiones con equino nombre mitológico braman entre el silbido del viento mientras rechina en las llantas El Sahara hecho cuarzo molido. Se avista entre el tul arenoso la línea difusa del mar, interrumpida a la izquierda por las torres que sostienen la cinta transportadora de fosfatos de Bucraa. Se acaba el imperio, el ejército español hace cola para embarcar, en un Dunkerque incruento al que solo azota la maldición helada del viento del nordeste.

 

Los camiones iban reuniéndose en los alrededores de la Compañía del Mar, cerca de Cabrerizas. Un comandante del Tercio de la Legión daba gritos intentando poner orden en la marabunta de soldados, armamento y enseres. Las tropas iban subiendo a los anfibios que les trasladaban pausadamente hasta los navíos anclados allá donde el mar comienza a tener calado suficiente. El embarque del 28 de febrero de 1976 es como un último gesto imperial; los militares lo sabían, pero hacía mucho tiempo que no se albergaba en sus cabezas la falsa idea de imperio que el general recién muerto había proclamado durante cuatro décadas. Atrás quedaban los impulsos de rebelión, las conspiraciones no cristalizadas para que la palabra de España prevaleciera por encima de otros intereses que nadie quiso explicar. Embarcar en Cabeza de Playa, dejar El Sahara, era para los militares una vergüenza al tiempo que un deber elemental en un soldado.

 

Este sentimiento no era solo privativo de los militares profesionales. Los soldados de reemplazo, que un día fueron destinados por la suerte o el castigo a realizar el servicio militar en Africa, los mismos que durante meses desearon acabar lo más pronto posible su polvoriento servicio militar, también embarcaban con rabia. Otros soldados, los que llegaron de refuerzo y estuvieron en El Sahara durante unos meses, partieron con mayor tranquilidad, como si todo aquello no fuera con ellos, puesto que habían sido requeridos para defender Segovia, Sevilla o Santander. La ese de Sahara no era la suya.

 

Pero aquellos que llegaron al desierto vestidos de civil, que palearon arena en el campamento de instrucción de Cabeza de Playa y fueron asumiendo poco a poco  la húmeda sequedad del Sahara, lloraban por dentro porque habían aprendido a amar una tierra que no era la suya, pero a la que habían entregado un trozo muy importante de vida, y lo más terrible era que embarcaban descorazonados porque su corazón, el corazón del soldadito africano del cuplé, se había quedado para siempre entre las arenas del desierto. Aquel sentimiento no era militar, sino humano, pues habían aprendido a sentir al son del constante y a veces terrible viento del nordeste.

 

Junto a la playa donde se realizaba el embarque, soldados marroquíes vigilaban la operación. Miraban con desconfianza, y los españoles, que habían llegado al desierto contra su voluntad y aprendieron a amarlo y a comprender el sentimiento de libertad de sus habitantes, pensaban que tal vez aquellos soldados marroquíes, también llegados al Sahara empujados por una orden, acabarían como ellos amando el sabor reseco de la arena y comprendiendo a los hombres azules de la Saguia El Hamra. Había recelo en sus miradas, pero los fusiles no dispararían.

 

Cuando pase aún más tiempo y se agrande desproporcionadamente la Historia, se sabrá si el drama del pueblo saharaui tiene un final honesto, si para siempre la vergüenza española seguirá dando la espalda al sol, o si las volátiles palabras de arena empeñadas un día quedaron a merced del viento del nordeste”.

 

Esa sí que sería una reveladora desclasificación de documentos; íbamos a enterarnos de algunos sorprendentes enigmas cuya estela llega y hasta nuestros días, y los sobrepasa. Y eso, si han sobrevivido a las cenizas del olvido interesado

Publicado el

Entregados al miedo y la verborrea

 

El asesinato de niños como venganza contra su madre o su padre, llamado violencia vicaria, es uno de los horrores más vomitivos de los que una mente distorsionada es capaz de urdir. Hay días en los que crees despertarse en un planeta de ficción con códigos distintos a los nuestros, o en este mismo pero un par o siete siglos atrás. Solemos decir que algo estamos haciendo mal, pero yo diría que no es algo, son muchas cosas. Todo se resuelve con rimbombantes declaraciones, pero es evidente que la efectividad de las medidas contra todo tipo de crímenes está muy lejos de ser la deseada. Faltan medios y encima hay voceros que echan gasolina al fuego.

 

 

Llama la atención escuchar a dirigentes de un estado supuestamente democrático que sin despeinarse afirman que es necesario “limitar la libertad de expresión en aras de un bien superior que es la democracia”. No entiendo cómo casan los diferentes estadios de esta frase que pretende ser lapidaria, y lo es, porque es una pedrada a uno de los pilares de la verdadera democracia, que nunca es tal si no existe la plena libertad de expresión. Porque sin la una la otra no existe.

 

Luego están las explicaciones de los matices, que al final vienen a desembocar todos a la vieja frase tan usada en tiempos de dictadura, “una cosa es la libertad y otra el libertinaje”.  Con argumentos cada cual más peregrino tratan de ingeniárselas para que no exista esa libertad de expresión que es posiblemente la columna más necesaria de lo que entendemos por democracia contemporánea, aunque esa idea tan recia surge nada menos que de un tal François-Marie Arouet, que firmaba sus escritos como Voltaire, quien dejó sentencias como esta: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”. Creo que será mejor que no intentemos poner en una balanza esta frase de Voltaire con el contrapeso de la disculpa de que ya se lo están planteando en Reino Unido, Alemania, Francia e Italia, como si los dirigentes europeos de la actualidad fuesen ejemplo de algo.

 

Ya hemos tenido un “adelanto” de estas ideas con la llamada Ley Mordaza, que no veo yo que haya mucha prisa en corregir, con titiriteros, raperos o dibujantes ante los tribunales de justicia. La censura y la precaución ante los rechazos populistas hacen que quienes tienen una responsabilidad pública tomen decisiones que provienen del miedo. Lo hemos visto en Canarias muchas veces, y ahora mismo recuerdo demasiados casos, y los más terribles son los de la autocensura.

 

Decía el poeta argentino Buenaventura Luna en sus populares Sentencias del Tata Viejo: “Debe saber el mortal, / en ocasión de un ‘enriedo’, / no tenerle miedo al miedo, / que más miedo le va a dar”. Y vivimos atemorizados por el incendio que puede propagarse en las redes sociales por cualquier palabra o pensamiento. Ya no se trata solamente de lo políticamente incorrecto, es que no hay opción al debate, porque cada cual piensa de una forma y todo lo que no sea exactamente eso desencadena de inmediato la descalificación, el insulto y, en muchos casos, la marginación. Ya no es solo que los poderes establecidos traten de encarrilar las opiniones a su gusto, es que estamos en una feria en la que se hace imposible el debate. Y sin debate nunca hay conclusiones.

 

Luego están quienes atacan a saco, pero tiene la piel muy fina apenas se les roce. Lo vemos a diario cuando algunos jerarcas religiosos dicen cosas terribles sobre quienes ellos creen enviados de Lucifer solo porque tienen opciones personales distintas, pero inmediatamente exigen respeto para sus creencias, que por lo visto son intocables mientras ellos bombardean las de los demás. Y lo terrible es que hay leyes inconcebibles en un estado democrático que los protegen y que pueden “castigar” a quienes crucen esa línea que ellos atraviesan a diario.

 

Un ejemplo lo tenemos en lo que le ocurrió el año 2017 a la Drag Shetlas en el Carnaval de Las Palmas. Sin entrar en la indudable calidad artística, debo decir ahora que esa actuación me pareció apropiada para una función de teatro o una película, pero no para un espectáculo universal como es una gala de carnaval que tiene como potenciales espectadores a personas de todas las edades, creencia y sensibilidades. Pero es solo mi opinión, y siguiendo la máxima de Voltaire, defiendo el derecho a realizarla, porque mi gusto personal no es la medida de nada.

 

Así que, habrá que empezar a perder ese miedo del que habla Buenaventura Luna. Seguramente, antes de que terminemos la frase, alguien nos llamará separatista, fascista, comunista o antisistema, y nos tildará de machista gente que cree que el feminismo surgió en 2018 con el movimiento #MeToo. Cuando veo que en España se autoproclaman feministas personajes como Cristina Pedroche y sus inefables atuendos cada noche de Fin de Año, y se ponen en solfa trayectorias como las de Lidia Falcón o Cristina Almeida, me pregunto si no habremos perdido la capacidad de pensar.

 

Y no puedo dejar pasar para deplorarlo el desprecio de algunas fuerzas políticas hacia el sufrimiento de la mujer, la desigualdad y sobre todo a esa salvajada que es la violencia machista. Si aplicar lo de “la maté porque era mía” nos parece un delirio, el colmo de la crueldad es asesinar a niños para causar dolor a sus madres. Lo ocurrido esta semana con el asesinato de niños a manos de sus padres, nos traslada al horror de las tragedias griegas de Eurípides, curiosamente representadas por Medea, que mata a sus propios hijos para dañar a su marido Jasón. Aunque el mito griego es una mujer herida, en la actualidad son los hombres los que más practican esa aberración biológica y ética, en un ceremonial macabro que nos hace temblar solo de pensarlo.

 

Ni a Shakespeare se le ocurriría después un personaje con la mente tan enrevesada. Y precisamente porque habrá que llegar a la raíz del problema tenemos que perder el miedo a decir lo que pensamos; se habla demasiado de tonterías y muy poco de lo importante, que es el derecho a una vida igualitaria de todas las mujeres y todos los hombres, que el sexo, la opción sexual, el racismo, la xenofobia, la aporofobia y todas discriminaciones a quien es distinto sean combatidas con respeto, dignidad y educación en el más amplio sentido de cada una de estas palabras. Es que nadie es distinto, son las sinrazones y las cerrazones las que, de repente, lo elevan a la categoría de enemigo, y porque vivimos envueltos en la verborreas y entregados al miedo.