¿Un día de furia?
Lo ocurrido en la pedanía albaceteña de El Salobral nor retrotrae a la España negra del crimen de Los Galindos, la matanza del expreso de Andalucía o la más reciente tragedia de Puerto Hurraco. Puede que no tenga relación, pero no sería extraño que la tensión colectiva que está generando esta crisis tan tremenda esté haciendo mella en la estabilidad mental de la gente, y empieza por los más inestables. Matar nunca es justificable, y menos cuando hay menores y conductas sociales peculiares, por llamarlas de alguna forma. A resultas de este asunto, he sabido que la edad de consentimiento sexual en España es de 12 años, algo impensable en Europa, donde en general esta edad se retrasa a los 16 años. En ese tema, nos hemos quedado en la vieja sociedad precristiana, en la que ancianos desposaban a niñas. Y se le ponen a uno los pelos de punta cuando ve que un hombre de casi cuarenta años se bloquea porque no lo dejan estar con una niña de 13 años. Su argumento es que ella consiente; claro, está fascinada porque un adulto se haya fijado en ella, pero no deja de ser una niña, para ella es como un juego. Lo que me resulta difícil de entender es cómo pueden entenderse, a no ser que el adulto tenga una edad mental de 13 años. Es que en este país por lo visto no hemos hecho ni una cosa bien.
Querida Venezuela, lo tuyo es una gran contradicción. Cuando Américo Vespucio y sus hombres entraron al territorio de los indios tacariguas y caquetíos de tu interminable llano, lo hicieron por las vías fluviales de las barrancas, perchando con palos contra el fondo del cauce, de una manera parecida a como perchan los gondoleros venecianos. Fue así como nació tu nombre; te llamó Venezuela, pequeña Venecia, y la gran contradicción es que en tu inmenso espacio todo es grande, desde las montañas metálicas de la Guayana hasta la majestuosidad de la mayor catarata del mundo, el Salto de Ángel, que cae casi un kilómetro desde la meseta del Auyantepui hasta el río Caroní, que sigue curso por el Orinoco tremendo de la Gran Sabana, atraviesa el parque nacional de Canaima y llega hasta la orgía de fuerzas que es el Delta Amacuro, donde el río y el océano se dan un beso tormentoso. Todos es grande en ti, también las pasiones, las corrupciones y las revoluciones. Tu gente tenía que elegir apasionadamente entre la revolución personalista que se legitima en las urnas y la moderación que venía de la desunión y se sostiene en la prepotencia petrolera. Y ha elegido, con pasión. Ojalá, querida Venezuela, encuentres el camino y todo deje de ser brutal y homérico, es mejor la vida tranquila si esta proviene de una sociedad justa. La democracia y el griterío casan mal. Que el futuro sea mejor. Ojalá, Venezuela.