Las prisas, la monarquía y la república
Algunas de las personas que suelen leer mis artículos tal vez se hayan extrañado de mi silencio mientras ardían las redes sociales clamando por la III República. La vida y la historia me han enseñado que antes de entrar en asuntos complejos hay que tomar aire, porque a veces el ruido no deja oír las voces y a estas alturas no pienso entrar en ninguna competición a ver quién es más de izquierdas o más republicano pata negra. Y el problema histórico de España es que se deja todo para más adelante y cuando la urgencia obliga a materializar lo que estaba tardando suele hacerse a toda velocidad, y generalmente las cosas que se hacen de prisa entrañan más riesgos que las que son fruto de la pausa, la reflexión y el debate sosegado. Dice el clásico que el tiempo no perdona lo que se hace sin contar con él, y tenemos ejemplos claros delante de nosotros; uno de ellos es la Transición, que durante años fue bandera de un momento histórico y ahora resulta que es tachada de «inmodélica». Se hizo con muchas prisas y, como suele suceder, lo urgente pasa por encima de lo importante. Pasó también en 1869, cuando La Gloriosa desembocó en el destronamiento de Isabel II y más tarde la I República, y volvió a suceder en 1931, cuando surgió la II República de unas elecciones municipales. Por eso, en estos momentos hay que evitar a toda costa cometer el error de siempre, guiarse por el corazón y dejar para luego detalles que con el tiempo se revelarán como fundamentales. Porque el concepto «República» no es unívoco, y en los matices está la dificultad, si queremos articular racional y democráticamente la compleja territorialidad de España. Por eso, como ciudadano quiero que se clarifiquen las opciones y los acuerdos si es que los hay, porque la república en abstracto puede arastrarnos a lo de siempre, que cada cual lleve el agua a su molino; o lo que es peor, que de la manera más ingenua practiquemos el gatopardismo y lo cambiemos todo para que todo siga igual.
Curzio Malaparte (1898-1957) es uno de los intelectuales y activistas más curiosos del siglo XX italiano y europeo (era medio alemán). Su vida es como una novela-río, y sus simpatías políticas iban con el devenir de su lógica personal, que cambió pero siempre fue la suya porque no creía en amos y líderes personalistas. Estuvo en la marcha sobre Roma que dio el poder a Mussolini formando parte del partido fascista, pero muy pronto se volvió crítico y puso en tela de juicio las teorías de los partidos de Hitler y Mussoliní en su famoso libro Técnica del golpe de estado (1931), lo que le costó el exilio y luego detenciones y cárcel en varias ocasiones. Fue un incansable periodista, novelista, ensayista, corresponsal de guerra en el frente ruso y activista político que acabó entendiendo y divulgando los mecanismos del poder, lo que hizo que muchos de sus libros se prohibieran y que fuese una de las más ávidas lecturas de personajes tan controvertidos como el Ché Guevara. Después de la II Guerra Mundial se afilió al Partido Comunista italiano y también con este fue crítico, y esto lo define como un tipo muy honesto que no se casaba con nadie y solo fue fiel a sí mismo pagando siempre un alto precio. Entre su interesantísima obra siempre me han llamado la atención tres libros: El primero, La piel, que es una mirada muy dura sobre los italianos, la guerra y el servilismo al vencedor (la ilustración es el cartel de su versión cinematográfica). El segundo es El Volga nace en Europa, un texto que es hoy rabiosa actualidad porque demuestra que la vieja Rusia tiene su origen en la zona ucraniana de Kiev, y traza el mosaico manipulado de la zona entre el Mar Negro y las actuales Polonia y Alemania, lo que explica mejor que cien telediarios lo que ocurre hoy en Ucrania y por qué. El tercero es el mencionado Técnica del golpe de estado, que es posiblemente con El Príncipe de Maquiavelo y El Capital de Kral Marx el trío de volúmenes teóricos que mejor ha definido la maquinaria del poder en los útlimos cinco siglos y por lo tanto de la actualidad.