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Poetas

Hace veinte años escribí estos versos, que ni siquiera recuerdo si publiqué en alguna parte. El caso es que al leerlos, en hoja volandera perdidos en medio de un libro, vi que eran más versos de periodista que de poeta. Tampoco recuerdo qué había sucedido que tanto me cabreó, pero siempre hay razones poéticas para indignarse contra quienes prostituyen la literatura. Hoy también. Estos son aquellos versos:
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Ayer la poesía divisaba la aurora,
fue primer corazón que lastima la guerra,
hoy puede ser reloj que detuvo su hora,
vendido en el burdel que al dinero se aferra.
Se reparte la gloria, se cambian los honores,
se premia lo premiado y llueven las medallas,
muere la poesía en batallas de flores,
y la entierran envuelta en toga de canallas.
Quizá el pueblo que paga y tiene sentimientos,
desconfíe de los vates, falsos anacoretas,
pero como no escucha voces de descontento,
cree a los poetas dioses, chamanes o profetas.
Y al poeta sincero le han puesto una mordaza,
que aprietan quienes dicen amar la poesía,
poetas de casino, cada verso una baza,
venden lo más sagrado en vulgar simonía.
El poeta es el grito que libera la tierra,
dijo Agustín Millares, unánime poeta,
pero todo ha cambiado en esta vida perra,
y hoy poeta es el listo que se traza una meta.
El dios de los poetas, el mayor de La Tierra,
tendrá cara de amianto, qué digo cara: ¡jeta!

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¿Canarios con nombre en inglés?

-Olga, Chica, tú por aquí, no esperaba encontrarte en una librería.
-Me ofendes, Roberto, deberías saber que soy una gran lectora.
-Ya, ya veo, llevas un cargamento.
-Pues, me llevo la edición de bolsillo de los tres libros de Larson, el sueco ese que se murió, la última de Ken Follet y otra de las catedrales que me recomendaron, la nueva del Capitán Alatriste y el Premio Planeta.
-¿No te llevas la novela finalista?
-No, me llevo la ganadora, que por algo le dieron el premio.
zlibros cana.JPG-Ya, visto así tiene lógica, con lo cual nunca comprarás un libro de Kafka. No ha ganado el Planeta.
-Yo voy sobre lo seguro, si venden mucho es que son buenos… Y dime, que són esos dos libros que has comprado.
-¡Ah, sí! El último de José Luis Correa, Murmullo de hojarasca, y también el último de Víctor Álamo de la Rosa, Mareas y marmullos.
-Muchos murmullos veo yo, Roberto, no he oído hablar nunca de esos escritores. ¡Claro, claro! Ya me has dicho que son canarios.
-Sí, como Alexis Ravelo, Santiago Gil, Cristo Hernández…
-Pero, ¿a dónde van con esos nombres?
-Es que se llaman así, como Faulkner se llamaba William y Dostoievski se llamaba Fiodor.
-Pero, hombre, Roberto, un autor que se apellida Correa, Álamo, Ravelo, Gil, Hernández…
-Ya ves, también hay por ahí Ramírez, González, López, Domíguez. A lo mejor los autores y autoras de aquí tendría que cambiarse el nombre, y José Luis Correa sería J.L. Belt, Víctor Álamo de la Rosa V. A. Rose y Santiago Gil sería Jacques Gil. No olvides que un tal Rafael Romero, escritor canario, se cambió el nombre por Alonso Quesada, y publicó varios libros con títulos en inglés.
-Es que… ¿Sabes? yo…
-Vamos a hacer una cosa, Olga: yo te regalo estos dos libros, Murmullo de hojarasca y Mareas y marmullos, tú los lees y te garantizo que la buena literatura nada tiene que ver con el apellido del autor ni su procedencia. Buenos y malos hay en todas partes.
-¿Y estos?
-Esos son buenos, si no no te los recomendaría. Y, lo siento, son de aquí.

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Un brote después del diluvio

La desaparición de Manuel González Sosa viene a clausurar una época de nuestra literatura, que dio comienzo en plena Guerra Civil y se prolonga hasta ahora, porque aún tenemos felizmente viva a María Dolores de la Fe. En los años cuarenta comenzaba a rebullir la cultura en Gran Canaria, en medio de la desolación general y la mordaza impuesta por la dictadura, que entonces quería asentarse y no se andaba por las ramas. Pero la literatura se movía en todas direcciones, y a pesar de que, en palabras de Agustín Millares, «Ningún pájaro vuela, cuando el aire no existe», los pájaros de la literatura trataban de levantar el vuelo desde diferentes palomares. Uno fue sin duda la generación de Antología Cercada, con Lezcano, los Millares, Ventura y Angel Johan, pero también se movían en distintos ámbitos y géneros Juan Manuel Trujillo, Isidro Miranda, Chano de la Nuez, además de Manuel González Sosa y sus entonces inseparables Carmen Laforet y María Dolores de la Fe.
Hay que decir, que en este grupo, en el que también se solía mover Pancho Guerra, una década mayor que ellos, había dos maneras de enfrentarse a la vida. Por un lado estaban el creador de Pepe Monagas y Mª Dolores de la Fe, que se apoyaban en el costumbrismo y el humor tanto en la literatura como en lo cotidiano. Por el otro, más circunspectos y exentos de cualquier concesión a la sonrisa, Carmen Laforet, que se decantó claramente por la narrativa y fue la que inauguró el Premio Nadal con su novela Nada, y el poeta que acaba de dejarnos, siempre en el extremo del rigor, que seguramente le impidió publicar más versos por una autoexigencia a veces exagerada. Había un quinto, que cuando paraba por Las Palmas iba a su aire -siempre fue por libre-, con la ironía y el desparpajo sin faltar a la norma, que fue Antonio de la Nuez Caballero. A ambos, Antonio y Manuel, podría vérseles hasta no hace muchos años en su tertulia semanal del Hotel Madrid.
zmgs.JPGA pesar de su carácter menos expansivo, González Sosa fue un animador cultural importante, sobre todo en las décadas siguientes, cuando creó la revista San Borondón, uno de cuyos números dedicó a un poeta llamado Félix Luján y que cuentan que no era otro que él mismo, haciendo una especie de juego de heterónimos del que poetas atlánticos como Pessoa y Quesada tanto gustaban. También fue el fundador de las páginas culturales Cartel de las letras y de las artes en el Diario de Las Palmas, que en una época como aquella fue una puerta abierta para oxigenar la literatura que entonces tenía que hacerse casi de contrabando.
La obra de Manuel González Sosa se reparte por lo tanto en pequeñas entregas y algunos libros que fueron su alfa y omega, como Sonetos andariegos (1958) y Laberinto de espejos (1994), y media docena más en medio. González Sosa es una voz de las muchas que surgieron cuando todo se cubrió de negro, y esas voces, poco a poco, trajeron la luz con no poco esfuerzo. Ese tiempo, que hoy nos imaginamos como brotes después del diluvio, se nos antoja como un nuevo origen que, por circunstancias tan trágicas, surgía en el aire. Ha muerto un poeta de aquellos, un alistador de canales de riego de la literatura y el arte; cumple pues que, en su partida, demos noticia de lo que aportó como generador de dinámicas, que es como hoy lo llamarían los monitores de marketing. Descanse en paz.
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(Este trabajo se publicó el miércoles en la edición impresa de Canarias7)