Publicado el

Ponga un canario en su biblioteca


z2canarios-amarillos-istock[1].jpgSoy parte interesada, lo sé, pero en estas fechas, cuando uno de los regalos más frecuentes es un libro, entiendo que la gente se vaya a las pilas de Ruiz Zafón, Vázquez Figueroa, Pérez-Reverte o los premios Planeta, los grandes bet-sellers y, por supuesto, los clásicos. Es una manera de asegurarse de que se va sobre lo seguro, y con los clásicos es verdad, no tanto con los libros vendidos por kilos, pues el éxito no asegura la calidad. Creo que siempre habrá un hueco para los libros de autores canarios, que los hay muy interesantes y en todas las vertientes de la literatura. Alexis Ravelo hace lo mismo en su blog (le copio la foto), y yo me sumo a su proclama, porque para tener una mente abierta hay que conocer lo que fuera y lo de aquí. La literatura es la que va levantando acta de la idiosincrasia de los pueblos, y por eso no podemos obviar lo que se escribe en Canarias, donde, por supuesto, hay bueno, malo y mediopensionista, como ocurre con todo. He tenido en mis manos libros de gran éxito de critica, premiados en el extranjero y leídos a mansalva, y luego sucede que en realidad son flojitos pero con un gran soporte publicitario. Hay otros que sí, que responden a las expectativas. Y esa es otra, cuando se regala un libro hay que pensar en quien va a leerlo, porque puede ser muy bueno pero si el lector no es aficionado a ese género o si trata un tema que viene mal traído por su historia personal, hemos patinado. En realidad, no es tan sencillo elegir qué libro regalar. Los autores lo tenemos más fácil, porque obsequiamos un ejemplar de nuestra última criatura y ya está. Aunque, la verdad, no suelo regalar libros míos. El caso es que es importante no olvidarse de los libros de autores canarios, que en las grandes superficies están casi siempre junto a los de cocina y bricolage, pero aun así los hay muy buenos.

Publicado el

Parra, historia viva de Chile

Con el Premio Cervantes ocurre como con casi todos los reconocimientos oficiales a toda una vida: ni están todos los que son, ni son todos los que están. Se entrometen intereses de todas clases, desde los económicos a los políticos, además de que los grupos de presión también existen en la literatura a ese nivel. Clamaba al cielo que un poeta del tamaño, la influencia, la historia y el peso de Nicanor Parra no estuviese en el palmarés del premio, pues estamos hablando de uno de los grandes poetas de la lengua en el siglo XX, que lo atraviesa en primera fila desde la década de 1930.
Alguien sentenció que decir Parra es decir Chile, ese país que va desde el abrasador y reseco desierto de Atacama hasta el Canal de Beagle y más allá en el umbral del Ártico, frío, húmedo y peligroso. Una estrecha lengua de tierra andina que se mueve continuamente, como las palabras de los poetas, y que se echa a volar muy lejos, hasta llegar al centro del Océano Pacífico, a Rapa Nui, en el confín de lo incomprensible, y que lo comprende todo, como la poesía que es legítima. Nicanor Parra ha entendido ese Chile como metáfora del Universo, y forma parte de los escogidos por los dioses para comunicarlo a los humanos.
9719[1].jpgChile ha dado grandes poetas, muchos de ellos coetáneos, hijos todos de su padre y de su madre, cada cual con su camino: Pablo Rokha, Pablo Neruda, Gonzalo Rojas, Gabriela Mistral, Vicente Huidobro… Y Nicanor Parra en todas las salsas. No es poco bagaje para la poesía chilena, dos Premios Nobel y dos Cervantes. Los Parra siempre fueron incómodos, para los regímenes conservadores y para los de izquierda, porque llevaban su ruta propia, y tanto Violeta como su hermano Nicanor no comulgaban con muchas prácticas de los progresistas, seguramente porque ellos lo fueron más que nadie, aunque siempre hay opiniones sobre la peculiaridad de la llamada «Peña de los Parra», santo y seña en el Santiago de Chile de finales de los años sesenta y primeros setenta, hasta que llegó el Pinochetazo.
Y es que Nicanor Parra es como el pórtico de una nación también muy peculiar. Ahora se habla de que es el creador de la llamada «antipoesía», pero en realidad Nicanor Parra era sangre en las venas chilenas en cada una de las muchas décadas que su vida y su poesía han transitado un siglo y parte de otro. Le han otorgado todos los premios habidos y por haber en nuestra lengua, los más sonoros, los más populares, los más elitistas, todos… Menos el Premio Gordo de la Lengua de Berceo, el Cervantes. Y a Chile, muy habitual en el listado de este premio, le han caído varios, pero se le adelantaron Rojas y Edwards, y Nicanor Parra siempre ahí, con 97 años, sirviendo de portada de la gran literatura chilena que por sus poemas llueve incluso sobre novelistas como Roberto Bolaño, un chileno-mexicano-catalán también muy peculiar.
Que Nicanor Parra no tuviese el Cervantes desde hace años era casi un insulto, porque es uno de esos nombres que están por encima de cualquier discusión, como ocurría en Canarias con José María Millares. Es como si en el cuadro de honor de ese premio faltasen Borges, Onetti, Paz… El Cervantes parece que trata de reivindicarse en los últimos años, pues en el anterior premiaron a Ana María Matute, una longeva escritora que también debía tenerlo desde hace décadas. Pero, como dicen en mi pueblo, nunca es tarde si al final llueve. Y, aunque ya casi oscurecido, ha diluviado con justicia un premio literario para un hombre que es más que un poeta, es la historia viva de Chile.
***

(Este trabajo fue publicado en la edición impresa de Canarias7 del 2 de diciembre)

Publicado el

Luis Junco

aacubierta VIEJAS CARTOGRAFIAS ok.JPGHace un cuarto de siglo fui premiado ex-aequo junto a Luis Junco en un premio de novela, curiosamente la segunda de cada uno de los dos. Desde entonces, Luis ha ido publicando despacio, haciendo una obra muy sólida que se compone de varias novelas y varios libros de relatos, género que ha cultivado profusamente hasta el punto de que es junto a Dolores Campos-Herrero el autor canario de su generación que más cuentos ha publicado. Cuando nos premiaron, Luis andaba por Madrid, y desde alli miraba las estrellas, ya que por algo estudió Astronomía. Ahora vive en Santa Brígida seguramente porque Madrid se le hizo pequeño y las estrellas están más cerca en suelo satauteño. Acaba de publicar una novela, Viejas cartografías de amor, que sigue el hilo de la anterior, y pone un eslabón más a la cadena de una obra que se ha ido construyendo sin prisas pero con un claro destino: ser literatura. Luis Junco avanza sin ruido, tal vez porque ese es su carácter, no sólo como novelista sino como hombre. Una nueva obra suya es siempre una piedra resistente en la pared de carga de la literatura de esta tierra. Saludo su publicación y recomiendo su lectura.