Publicado el

Estos días azules y este sol de la infancia

Hablar de Antonio Machado es invocar la poesía en su estado más sencillo y por lo tanto más puro. Y hoy hablamos de él porque recordamos su muerte, el 22 de febrero de 1939 en Collioure, un pueblo francés cercano a la frontera española que lo recibió cuando era un fugitivo del odio sobre el que estuvo advirtiendo durante años. Es curioso que el poeta probablemente más cantado en la memoria popular (sus versos se han hecho canciones en la composición, en las voces o en ambas, de músicos tan aplaudidos como Paco Ibáñez, Joan Manuel Serrat, Alberto Cortez…) no haya sido objeto de una película, una serie de televisión o una novela en exclusiva más allá de reportajes o documentales, como lo han sido García Lorca o Miguel Hernández, los otros dos poetas devorados por una de las dos Españas machadianas.
z Machado 11.JPGEsto sucede tal vez porque, si bien la tragedia inexorable se les vino encima a Lorca y Hernández después de la esperanza o la lucha, Machado la vio venir desde muy lejos. Era mayor y sabio y conocía la vena cainita española repetida una y otra vez, y anunciada y temida desde sus Proverbios y cantares que forman parte de su volumen Campos de Castilla (1912). Y si las muertes terribles de Lorca y Hernández llaman a la rabia, la de Machado nos lleva a la más profunda tristeza.
Hay libros, reportajes, artículos y filmaciones sobre el éxodo de Machado, su madre y su hermano José acompañado de su esposa, sobre su muerte y su entierro, pero siempre desde la historia, el periodismo o el documental, como si sus autores no pudieran entrar en lo íntimo porque la tristeza los aplasta. Poco antes de morir, contaba Rafael Azcona que él y Juan Antonio Bardem pensaron hacer una película sobre los últimos días de Antonio Machado, se reunieron en un café y empezaron a tomar notas para un guión; al cabo de un rato se dieron cuenta de que ambos estaban llorando y lo dejaron para un «más adelante» que nunca llegó.
z Machado 22.JPGTambién he hablado con un par de novelistas de renombre que han acometido esa historia. Ninguno pudo alcanzar más allá de la media docena de folios por la misma razón, y en las muchas veces que estuve tentado de plasmar esos días, aunque solo fuera en un relato corto, abandoné antes de empezar. Este artículo se me pone cuesta arriba desde que pierdo la distancia historicista. Y es que la muerte lenta y anunciada de Antonio Machado es la materialización de la tristeza misma, porque es la terrible metáfora de cómo la saturnal España devora a sus hijos, y no puede evitarlo ni el abrazo cálido del solidario y luminoso pueblecito francés que quiso salvarlo.
En una de sus canciones más celebradas, el recientemente asesinado cantautor argentino Facundo Cabral asegura «que es un círculo el camino». No es una imagen nueva, y la ya legendaria Doña Bárbara de Rómulo Gallegos decía que «las cosas vuelven al lugar de donde salieron». El camino es uno de los símbolos poéticos usados por Machado («Caminante, no hay camino, se hace camino al andar»), desde sus versos, que surcaron generaciones y tendencias siempre buscando la precisión desde la certera sencillez que huía del barroquismo inútil, sobre el que ironizaba en su Juan de Mairena. Y es el camino circular lo que parece que el destino marcó a nuestro recordado poeta.
Nació Antonio Machado en el palacio de Dueñas, en una de las viviendas que el Duque de Alba tenía habilitadas para alquilar como ingreso extra. Por eso su infancia son recuerdos de aquel hermoso patio sevillano, correteando alrededor de su fuente y la luz de los limoneros. Nunca alzaba la voz, pero su palabra llegaba muy lejos, llega hasta hoy y más allá. Tomó partido sin estridencias y se mantuvo firme hasta el inevitable final que casi preveía como en una tragedia griega.
z Machado.jpgMerece ser citado el escritor Corpus Barga (Madrid 1887-Lima 1975) que, fugitivo él mismo, cuidó en este último viaje del poeta enfermo y de su madre muy anciana, que moriría tres días después que el poeta. Barga fue a París y trató de conseguir ayuda y dinero de la entonces poderosa intelectualidad francesa para llevar al poeta a un lugar en el que pudieran tratar su neumonía, pero no le escucharon; y esa misma intelectualidad hipócrita quiso llevar su cuerpo a París, para enterrarlo con todos los honores y rodeado de pompa y fanfarria. Su hermano prefirió que reposara en Collioure, el pueblo que lo acogió con respeto y cariño, y cumplió su deseo de volver a la tierra «desnudo, como los hijos de la mar», llevando por sudario una sábana y una bandera tricolor. En el bolsillo de su raído gabán, encontraron, entre otras cosas, un papel sobado en el que el poeta había escrito «Estos días azules y este sol de la infancia», acaso su último verso, primero de un poema que nunca se escribiría. Tal vez nos toca a nosotros terminarlo. Se había cerrado el círculo de la luz que Machado descubrió en Sevilla en «un huerto claro donde madura un limonero».
***
(Este trabajo se publicó en el suplemento Pleamar de la edición impresa de Canarias7 del 26 de febrero de 2014. La última fotografía del post es una recreación del autor, puesto que no se conocen testimonios gráficos sobre el hecho que se cuenta).

Publicado el

Agustín Millares Sall: un poetas con alas

Celebramos a Agustín dicen que porque el Gobierno de Canarias le dedica este año el Día de las Letra Canarias. Otros dicen que hay que celebrarlo porque el próximo 6 de marzo se cumplen 25 años de su muerte. Los hay incluso que proponen celebrarlo porque su palabra recia suena hoy más certera que nunca, como si muchos de sus poemas hubieran sido escritos para despertarnos ante las mil convulsiones programadas que hoy asolan al planeta. Pues yo no lo celebro por ninguna de esos motivos, porque lo celebro siempre por una sola razón: era -es- un gran poeta, y a los grandes poetas hay que celebrarlos cada día porque son «la primera montaña de divisa la aurora».
Tengo, además, otro motivo para celebrar cada día a Agustín Millares Sall: era mi amigo, palabra grande donde las haya, aunque la amistad es asunto privado, pero cuando por nuestra vida pasa en paralelo un hombre de su transparencia moral, hay que gritarlo. Porque era un poeta grande. Y sí, poetas grandes por fortuna hemos tenido y tenemos muchos en esta tierra, pero con la proyección humana que tiene Agustín muy pocos, casi diría que sobran muchos dedos en una mano para contarlos. Y es que él, sin perder un ápice el rigor literario y la luz poética, logró meterse en la memoria de un pueblo, como José Martí en Cuba, como Pablo Neruda en Chile, como Miguel Hernández en España.
zzzcondor.JPGAgustín Millares Sall es como la música, sus versos van directos al corazón, a la mente y a los oídos de la gente. Escuchar sus poemas -sobre todo cuando él lo recitaba- es como pulsar el arranque del motor de un pueblo. Su voz no se apagó hace veinticinco años, sigue palpitante como en sus versos de Habla viva, y la suya es una Poesía unánime que reivindica al ser humano libre y a una sociedad justa. Sus versos nacían con la música incorporada, pero aún así nuestros músicos han trasladado al pentagrama sus palabras. Muchas canciones que forman parte de la memoria de Canarias son poemas de Agustín Millares Sall.
Y ahora celebran a Agustín con bombo, platillo y redoble de tambores porque creen que le hacen el honor de dedicarle una fecha del almanaque. ¿Qué le dedican este año el Día de las Letras Canarias? Pues vale, pero que sepan que Agustín es Letras Canarias a todas horas, no hace falta que gobiernos, parlamentos y otras instituciones que destacan por su insensibilidad y desconocimiento de nuestra cultura le pongan una peana a un santo que no la necesita, porque Agustín vuela solo con las alas de la memoria del pueblo. Siempre.
***
(Este artículo fue publicado en la edición impresa de Canarias7 el viernes 21 de febrero de 2014)

Publicado el

A Fetasa por Isaac de Vega

Isaac de Vega era el decano de la narrativa en Canarias, y nos ha dejado después de una larga vida reconocido, cosa que ha ocurrido con autores que, apenas pasada la cuarentena, se convierten por no se sabe qué mecanismo en clásicos vivos, en una edad en la que generalmente los escritores, especialmente los novelistas, están consolidando su camino.
vega.JPGNo voy a recorrer por conocida la trayectoria del autor fallecido, pero sí a desgranar algunas impresiones. En los primeros años setenta del siglo pasado, creo que fue Ediciones JB de Manuel Padorno quien publicó en una colección de narrativa con vocación de exhaustividad las novelas Mararía de Rafael Arozarena y Fetasa de Isaac de Vega, y a resultas de estas publicaciones se hablaba de los fetasianos. Por entonces, Víctor Ramírez y Rafael Franquelo andaban también metidos a editores, confeccionando antologías y tratando de dar a conocer lo que se escribía en Canarias, y en cierta ocasión Víctor volvía a Las Palmas desde Tenerife con algunos textos inéditos de autores tinerfeños. Con la expresión de quien ha hablado con Padre-Dios nos comunicó que había estado con «El Viejito». El tal Viejito era ni más ni menos que Isaac de Vega, que entonces apenas había sobrepasado el medio siglo, pero huérfano de datos yo me imaginé a un anciano venerable, cuando todavía el novelista estaba en plena madurez biológica y ni siquiera a la mitad del listado de sus publicaciones. Es evidente que entonces al «Viejito» le quedaba mucha vida y literatura en la mochila.
Isaac de Vega era un hombre peculiar, siempre reconcentrado en su laberinto y casi ajeno al mundo que le rodeaba. Vivía en los suyo, y una muestra de su curiosa manera de ser era su relación con gente con la que tenía poco trato. A mediados de los ochenta coincidimos en una mesa redonda de autores consagrados y novatos. Aquel día, como ningún otro en mi vida, tuve la sensación casi física de ser invisible e inaudible, porque no conseguí que armara diálogo conmigo en toda la sesión, y eso que habló mucho. Cuando nos despedimos los contertulios en la escalinata del edificio central de la Universidad de La Laguna, donde se había celebrado la mesa redonda, le extendí la mano, le dije que había sido un honor compartir aquel acto con él y me quedé con la mano en el aire mientras él perdía su mirada hacia el Este, quien sabe si hacia El Roque, Anaga o su adorado Igueste de San Andrés. Por supuesto que tampoco pareció haber escuchado mis palabras de despedida.
Dicen los panegiristas del llamado movimiento fetasiano que su influencia alcanza a las generaciones siguientes de narradores canarios. Puede ser, doctores tienen las universidades. Este movimiento, que toma el nombre de la novela Fetasa de Isaac de Vega, es casi indefinible en su conjunto porque sus principales componentes pocas características literarias tienen en común, aparte de la calidad de sus obras. En palabras de Rafael Arozarena, otro de los del grupo «Fetasa no es nada y sigue siendo Fetasa, no se puede definir», y más adelante afirma que «en Fetasa cabe todo; el que va a la contra y entra en el debate, ya es fetasiano». Por lo tanto, no hay pistas sobre el movimiento fetasiano, pero lo curioso es que desde hace unos años se habla de los neofetasianos. Le pregunté por esto a Arozarena y fue tajante: «Si no hay Fetasa menos puede haber neofetasianismo, Fetasa es Fetasa». Pues Isaac de Vega, el creador de Fetasa, autenticidad y honestidad literaria, se nos ha ido. Ojalá haya encontrado por fin lo que tanto buscó en Fetasa.
***
(Este trabajo fue publicado en la edición impresa de Canarias7 del martes 4 de febrero).