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Buen viaje, Gabo, y gracias por todo

gabito1.JPGPara quienes creen que la palabra es la última frontera del ser humano, la materia que nos permite pensar y evolucionar, la que desarrolla la imaginación, hoy se nos ha apagado el último gran faro de nuestra lengua. Gabriel García Márquez no solo era un extraordinario escritor, era la palabra en su máxima potencia, el puerto al que todos queríamos llegar en busca de la comunicación poética. Cuando era niño, mi padre me llevó a curiosear a una factoría de pescado, y allí me llamó la atención una plancha vidriosa casi transparente que estaba colocada en una poceta. Toqué aquel material y sentí que me quemaba; «es hielo» me dijo mi padre, y así fue cómo empecé a entender lo cerca que está lo ardiente de lo gélido, que solo distinguimos a través de la palabra. Unos años después, siendo un adolescente, ya pensaba ser escritor y contar aquella experiencia infantil que me parecía muy literaria. Entonces cayó en mis manos una novela que empezaba así: «Años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquel remoto día en que su padre lo llevó a ver el hielo»; era la primera edición española de Cien años de soledad, y en lugar de sentirme frustrado porque alguien se me había adelantado a contar aquella y otras experiencias, tuve la certeza de que yo tenía razón, al distinguir lo literario entre el aluvión de palabras y conceptos que nos rodean diariamente. Ese fue el primer fogonazo de García Márquez que me iluminó, y a partir de entonces supe que en el campo minado de tanta superchería pseudoliteraria, había que pisar en sus pisadas. Ahora se ha muerto, y para algunos de nosotros empiezan realmente los años de soledad literaria. Seguiremos sus huellas para estar a salvo. Es lo que tienen los profetas.

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Sobre el poemario de Carlos Lázaro Roldán (*)

Ayer fue presentado el poemario Diálogos al sol de Carlos Lázaro
Roldán. Además de sugerirles su lectura, les invito
a enlazar con el texto completo de la certera presentación que
hizo del poemario el poeta Javier Cabrera (el enlace está al final)
que da una visión muy completa, que comparto, de la que entresaco
dos párrafos. También participó en la presentación el profesor y cronista
José A. Luján, que es, además, el prologuista del libro.

Diálogos al sol Portada.JPGDice Javier Cabrera:
«… La temática que trata el autor en sus poemas es amplia, pendular, y va de la alegría del momento íntimo a la consciencia del dolor permanente, del instante de lucidez para saberse vivo fuera de todo sistema o apariencia, o acogotado por la aparente simple circunstancia de no saber adaptarse a la necesidad que la vida pregona. Los poemas, decía, quedan resueltos en modo y apariencia sencillos, es la suya, poesía que se delimita en la palabra directa, en el mensaje bañado de oralidad. Donde el afán de trascendencia radica, desde luego, no en lo que se emite desde el precepto del autor sino en lo que apercibirá el oído del que atiende; espero que el ojo del lector…
foto dle.JPG… El poeta hace un amplio recorrido por temas y asuntos que le son de sobra visitados por su condición de observador, que le son necesariamente íntimos por su estado de humanidad cercana, que le son soporte exacto donde establecer una denuncia, una gracia o, por qué no, un gramo de ironía justificada. Atado a la realidad, la que conforman la tierra y el agua, cómo no el aire e incluso el fuego necesario, establece los preceptos de sus principios donde se emparenta y se reconoce en el otro, sin distinción. Y como al inicio mantenía: bajo la coraza amable del poema se adivina la herida por la que abierta se transpira la necesaria consciencia…»
Enlace del texto completo de Javier Cabrera:

Bajo la coraza la herida abierta J Cabrera.pdf

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(*) El diseño del libro es de Javier Cabrera y foto de la ilustración es de Isabel Echevarría.

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Panero, una mente de cometa

A quienes vivimos en Las Palmas de Gran Canaria nos es familiar la imagen de Leopoldo María Panero transitando nuestras calles, durmiendo siestas en los bancos de la plazoleta que da entrada al paseo Tomás Morales, siempre con la mirada ida y un desaliño exagerado. Su rostro de ave cazadora estaba siempre buscando la manera de pillar una cocacola, bebida de la que consumía botellines uno tras otro. Se podría pensar que se trataba de un loco errabundo, y acertaríamos, entendiendo que la locura no es otra cosa que una lógica distinta a la convencional. Para lo que entendemos como normalidad, Panero estuvo enfermo siempre, entrando y saliendo de hospitales psiquiátricos desde los 19 años, algunos de los cuales, como el de Mondragón, forman parte de la historia del mito. También el de Tafira, posiblemente el único hilo con que se ataba a la realidad su mente de cometa.
zzzz987yhi.JPGCuando hablamos de locura, metemos en el mismo paquete muchas enfermedades mentales, que seguramente se consideran así porque contravienen la norma general de los comportamientos. Pero viene muy bien a los editores y a los exégetas la locura de poeta, sea del tipo que sea, y la locura básica de Leopoldo María Panero era que veía el mundo desde otra atalaya, tal vez distorsinado, quien sabe si con una claridad tan cegadora que se le hacía imposible asumirlo, de ahí su divorcio con la realidad de los demás.
Y habiendo usado varias veces la palabra «realidad», lo hacemos habitualmente de manera superficial. Pero la realidad es asunto muy complejo, como lo demuestran profundas reflexiones de Aristóteles, Avicena, Hume o Descartes. Y es en esa realidad metafísica en la que se mueve la poesía de Leopoldo María Panero, tal vez dotado por lo que nosotros llamamos enfermedad mental para llegar más lejos que con las armas del pensamiento racional. Y es curioso que haya habido grandes poetas y prosistas de una madera especial que han dado una vuelta de tuerca al pensamiento desde la poesía, y mucho de ellos y ellas figuran como enfermos mentales en los manuales literarios, algunos con referencias de «locos de atar», encerrados de mala manera y con finales terribles.
Posiblemente sea Hölderlin el más significativo de estos poetas sublimes y enajenados, recluido desde los 36 años en un manicomio. Pero hay otras figuras de la poesía que convivieron con enfermedades mentales: Antonin Artaud, Rimbaud, Silvia Plath, Virginia Wolf y dicen que Alfonsina Storni y el mismísimo Beaudelaire, y hasta podríamos englobar ahí a Juan ramón Jiménez, depresivo y usuario de clínicas psiquiátricas más de una vez.
¿Quiere esto decir que la poesía es connatural a la locura? No, lo que indica es que la poesía es un don que se produce en todas partes, nace en mentes cuerdas y con disfunciones, en chozas y en palacios, en cualquier persona que es capaz de ver más allá desde la cordura o desde la locura. La poesía sin duda fue la compañera más inseparable de Leopoldo María Panero, y así que pasen los años iremos sabiendo más de sus versos que de su enfermedad, como el Hölderlin con quien compartimos una contemporaneidad que fue hilo para que esa cometa volase. Ahora por fin la cometa volará libre.
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(Este trabajo fue publicado en la edición impresa de Canarias7 del día 7 de marzo).