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Platero y yo no es la historia de un burro


Platero y yo es un libro singular, pero es apenas la cabeza del iceberg que significa la obra de Juan Jamón Jiménez en la literatura en español. Se trata de una narración elegiaca cuya primera versión fue publicada en 1914; tres años más tarde hizo una edición con más capítulos, pero el poeta no quedó conforme, pues siempre tuvo la intención de ampliarlo, y hasta escribió algunos capítulos de lo que sería una especie de segunda parte y que incluso llegó a titular como La otra vida de Platero. Nada de esto cristalizó y el libro que hoy conocemos como definitivo es la versión de 1917.
zzz Platero 1.JPGCuando mencionaba la importancia de JRJ en nuestra literatura no hablaba por hablar. Lo mismo que, después de un barroco tremendo en el que Cervantes y El Lazarillo alargaban su sombra hasta bien entrado el siglo XIX, llegó Galdós y metió en la modernidad a la narrativa de nuestra lengua, el poeta de Moguer, casi medio siglo después, lo hizo con la poesía; es decir; JRJ fundó el siglo XX de la poesía en español.
La sombra de Góngora, Quevedo, Santa Teresa, Lope, Calderón y San Juan de la Cruz alcanzaban incluso más allá del romanticismo. Bécquer, Espronceda y Rosalía (que también fue poeta en castellano) se adscribieron a las corrientes europeas del romanticismo que eran más ideológicas que lingüísticas. Cuando ese alargamiento romántico se tiñó del Azul (1888) modernista con Rubén Darío, esas nuevas maneras prendieron en la Hispanoamérica de José Martí, Amado Nervo y Leopoldo Lugones, y pronto saltaron a España haciendo de bisagra de dos siglos. El propio JRJ veló sus primeras armas poéticas abducido por la música del modernismo.
zzz Platero 2.JPGPero el modernismo, que en las mayoría de las bellas artes y la arquitectura marcó un antes y un después, en literatura fue flor de un día que sentó pocas bases para las siguientes generaciones. Mientras Villaespesa, Machado (Manuel), Rueda y nuestro Tomás Morales se entregaban al ruidoso festín de sonidos que se poblaba de faunos, princesas deslumbrantes, gigantes mitológicos, quioscos de malaquita, héroes invencibles o monstruos marinos que no casaban metafóricamente con el mundo real, JRJ quiso entrar en la poesía sin más equipaje que su propia esencia. Y entró.
Un renombrado y docto profesor isleño (omito el nombre porque él nunca se atrevió a escribirlo y solo lo comentaba de viva voz en privado) comparaba a los rimbombantes poetas modernistas con viajantes que llevaban un saco que sonaba mucho pero que solo contenía chatarra. Luego aparecieron viajantes silenciosos que traían el saco lleno de poesía, y ahí entraban JRJ en el ámbito del español y Alonso Quesada en Canarias. En la segunda década del siglo XX, cuando JRJ tenía apenas treinta años y ya en su haber poemarios tan importantes como Arias tristes o La Soledad Sonora, cada vez más simbolistas y menos modernistas (al final casi ni eso), surge el nuevo Juan Ramón, el que escribiría el epitafio del modernismo literario y abriría para la poesía española e hispanoamericana las puestas del siglo XX. Paradójicamente, como en un sutil juego de palabras, sepulta el modernismo y alumbra la modernidad.
Y el acta de nacimiento de esa nueva manera de abordar el mundo no es un poemario, sino un libro en prosa, una narración: Platero y yo. Con un lenguaje tan sencillo que muchos creyeron que escribía intencionadamente para niños (no era así), JRJ se enfrentó a lo efímero de la vida, representada por Platero, un asno. Era casi una provocación; veníamos de una poesía modernista en la que abundaban los caballos alados, las mariposas multicolores, los unicornios y los pavos reales, y JRJ nos presenta un humilde pollino. Pero no es un libro sobre un asno, es una memoria aparentemente infantil de las peripecias de ese Platero vivo por las callejas de Moguer hasta que el narrador lo supone «feliz en tu prado de rosas eternas».
zzz Platero 3.JPGA partir de ahí la obra de JRJ creció más y más, lejos ya de los corsé modernistas, y es ahora el poeta fundador del que son herederos todos los que desde hace cien años escriben poesía en nuestra lengua. Es la fuente, y la primera gota del manantial poético es precisamente un libro en prosa, Platero y yo. Incluso los poetas que nunca lo han leído (que los hay) escriben en su tiempo porque él desoyó la fanfarria modernista y desató el nudo gordiano que tan magistralmente ataron los grandes poetas del Siglo de Oro. Ese «Yo» que está en el título del libro es el que compromete al poeta con voz esencial de la conciencia propia y de la colectividad.
La vida y la personalidad de JRJ son azarosas y muy interesantes, pero no son el objeto de este trabajo. Mucho se ha dicho y escrito sobre su difícil carácter, y poco de su generosidad y su compromiso personal en la vida cívica. Se cuenta que, cuando le concedieron el Premio Nobel en 1956, año y medio antes de morir, un periodista de Puerto Rico, donde entonces vivía exiliado el poeta, le preguntó por qué había escrito un libro sobre un burro. Parece ser que reportero y cámara salieron a gorrazos de la vivienda que el poeta tenía en la zona universitaria de Río Piedras. Si esta anécdota no es verdad, debiera serlo, porque Platero y yo no es la historia de un burro. Es un faro que a veces olvidamos pero que sigue alumbrando.
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(Este trabajo fue publicado en el suplemento Pleamar de la edición impresa de Canarias7 el miércoles 28 de enero).

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José Emilio Pacheco y el México nuevo


A la desaparición de Juan Gelman hace unos días, hay que sumar la del poeta y novelista José Emilio Pacheco y recordar la de Carlos Fuentes hace año y medio. Tres Premios Cervantes que doblan la esquina del tiempo, como ha sucedido en los últimos años con otros galardonados: Delibes, Roa Bastos, Francisco Ayala. Lo curioso de esta vertiente de la noticia de la muerte de José Emilio Pacheco es que también afecta a México, lugar de refugio de Gelman y de otros creadores que en sus países no tuvieron la libertad para escribir. Con Gelman, además de Argentina, perdió México.
José Emilio Pacheco era un intelectual raro, pues siempre tuvo un gran prestigio sin hacer demasiado ruido. Todos nos remitimos al México legendario, hijo de la revolución, que dio figuras como los muralistas, Frida, el cine de «Indio Fernández» y el acogido de Buñuel, y la expansión de la música popular mexicana de los años 40 y 50 del siglo XX (Jorge Negrete, Pedro Infante, Irma Vila, Lola Beltrán, José Alfredo Jiménez). Esa parte de la cultura, la musical y la plástica, se liquidó muy pronto, y la otra aguantó un poco más. La literaria también se cerró cuando desaparecieron Alfonso Reyes y Mariano Azuela.
zzz JE Pacheco.JPGPero hija y nieta de esa revolución que también dio cobijo al exilio literario español fue una cultura-puente con la modernidad, acaudillada por Octavio Paz y que se prolongó casi hasta hoy, cuando el México de las rancheras es un mito y hoy asistimos a otro México doliente y trágico, gobernado por la codicia y el dinero de la delincuencia organizada. Las voces disidentes son segadas por la fuerza y las que venían de lejos y comprendían el proceso han sido apagadas por el tiempo. El principio del fin fue la muerte del mencionado Octavio Paz y, ya en el siglo XXI, la partida de la actriz María Félix, «La Doña», que anunciaba que se daba carpetazo a una época; luego se fueron marchando otras voces de gran importancia que alargaron aquel puente, desde Carlos Monsiváis a la peculiar Chavela Vargas, desde Carlos Fuentes hasta José Emilio Pacheco, y La Parca, cruel, se lleva a Gelman de propina.
José Emilio Pacheco tuvo en vida los mayores reconocimiento, si bien no era una estrella fuera de México, aunque sí muy respetado en los ambientes literarios. Pero en México lo adoraban, seguramente porque sabían que era la última piedra del puente que unía a un pueblo sufrido con la memoria de un tiempo que, aunque muy duro, se vuelve en la memoria colectiva «nostalgia de lo no vivido», que diría el propio poeta fallecido. Era la última luz de un grupo de artistas e intelectuales que generaban la esperanza de que alguna vez México fuese el que soñó en el siglo XIX Benito Juárez y en el XX Emiliano Zapata. Ese México por lo visto, como en determinados cuerpos de funcionarios, era «a extinguir» y con José Emilio Pacheco se extingue definitivamente. Pero hay nuevas fuerzas y estoy convencido de que más temprano que tarde también habrá un México nuevo. Descanse en paz el poeta amado, y si su pueblo lo amaba sería por algo.

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Gelman: lucha, dolor y esperanza


Juan Gelman es el paradigma de poeta comprometido en los parámetros enunciados por Gabriel Celaya («Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse»), Agustín Millares Sall («Te digo que no vale / que el gris siempre se salga con la suya»), Atahualpa Yupanqui («Los primero es ser hombre, lo segundo poeta») o Mario Benedetti («Si a uno le dan palos de ciego la única respuesta eficaz es dar palos de vidente»). Desde muy joven su poesía estuvo aliada con la poesía misma entendida como ejercicio de la belleza y el compromiso; por un lado, nadie puede acusar a Gelman de componer panfletos incendiarios sin rigor poético, pues su poesía es pura imagen y a la vez grito a favor y en contra: «Nunca fui el dueño de mis cenizas, mis versos/ rostros oscuros los escriben como tirar contra la muerte», por otro es un dietario palpitante sobre el amor, la soledad, la pasión, la justicia, la vida en toda su extensión e intensidad. Pocos poetas podrán ajustarse tanto a la coherencia, en la línea de José Martí, Miguel Hernández, Roque Dalton o los mencionados Millares y Benedetti.
Gelman responde también al esquema del intelectual latinoamericano, implicado en política hasta las cejas, lo que él, en lugar de asumir embajadas, ministerios o barrocos sillones presidenciales optó por bajar a la calle, a la gente, se jugó el cuello una y otra vez y así su vida fue en gran parte un exilio de la sociedad a la que quería servir. Probablemente muchos pensarán que se equivocó, y seguramente así ocurrió más de una vez, pero es que solo se equivocan los que emprenden acciones. Él mismo aceptó equivocaciones políticas como cuando su grupo montonero hizo migas con el peronismo guevarista, un revuelto que, visto a distancia, no tenía posibilidad de cuajar, pero había que estar allí, en la Argentina de finales de los años sesenta, con la dictadura militar del general Onganía, preludio de lo que sería la Operación Cóndor en la década siguiente, diseñada por Kissinger y ejecutada desde las bases norteamericanas del canal de Panamá.
zzzgelmann.JPGLa lucha con la palabra y la acción se transformó en dolor cuando la Junta Militar de Videla hizo desaparecer a sus hijos y su nuera embarazada de siete meses. Esa niña que nació en la cautividad de su madre pudo por fin abrazarse a su abuelo casi veinticinco años después, y tomar sus apellidos legítimos. Así pudo Juan Gelman en sus últimos años suavizar la tristeza eterna de su mirada. Y ese dolor se convirtió en esperanza a través de sus versos, siempre mirando hacia el futuro colectivo, sin un gimoteo aunque tuviese el alma rota. Con Juan Gelman desaparece uno de los grandes intelectuales que son el envés de los poetas remilgados que nunca comprometen su palabra más allá de la línea de peligro. Porque Gelman hacía verdad lo que Benedetti declaraba: aunque estuviese hablando de flores, mariposaso del frescor del rocío, nunca sería neutral, porque cuando existe el compromiso con la poesía de verdad se ha pactado con la vida a cualquier precio. Descansa en paz, lo mereces, Juan Gelman, gran hombre, gran poeta.
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(Este trabajo fue publicado en la edición impresa de Canarias7 del día 16 de enero)