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Pensar, pensar, votar…

Hay momentos en que los hechos se confabulan para enviarnos un mensaje. El poder establecido trata de controlarlo todo, y a menudo lo consigue; unas veces lo hace a lo bestia, otras más sutilmente, silenciando lo que resulta incómodo. Ayer, un jurado escapado al control supremo concedió el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades al filósofo Emilio Lledó. Despistes como este pueden ocurrir, los accidentes siempre son posibles, pero es que a una voz crítica discordante como la del filósofo premiado en los últimos meses le han otorgado varios galardones de mucho peso, uno de ellos el Premio Nacional de las Letras. Está claro que hay una pérdida de control, porque el último premio mencionado es concedido por el Ministerio de Cultura, donde por lo visto no anduvieron finos y nombraron un jurado honesto.
11111111rodin.JPGEn Canarias, el profesor Lledó tiene un especial recuerdo por sus años de fructífera docencia en la Universidad de La Laguna, y nos alegramos de estos reconocimientos porque, además de esta memoria cariñosa, está su obra y su voz siempre en vanguardia, y que en más de una ocasión han tratado de acallar. El mensaje que estas señales nos da es que hay que estar siempre alerta, porque el dominio, por muy monolítico que crea ser, siempre tiene fisuras que podremos convertir en brechas de libertad y progreso. Y ese poder, al que la justicia del galardón a Emilio LLedó le ha venido en el momento más inoportuno, sabe que eso significa una oportunidad para los que vigilan sus despistes. Esta evocación del sabio profesor y eminente filósofo y su pensamiento crítico debiera hacer que nos sentáramos a pensar sobre las elecciones del próximo domingo, y como consecuencia esta vez votemos bien, no como hace cuatro años.

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Hermida, el hombre que nos contó La Luna

Los años finales de la década del sesenta y los primeros de la del setenta pillaron la metamorfosis completa de mi generación, y empezamos a entender que el mundo tenía entonces en los Estados Unidos su centro de gravedad. Aunque en España había una dictadura que ni siquiera olía las urnas democráticas, las informaciones sobre lo que sucedía en USA llegaban sin trabas, fueran elecciones (no importaba, votaban muy lejos) y sobre todo los hechos que configuraron toda una época, de la que buena parte se fraguó en aquel país del que hasta entonces, y por obra del cine, llegamos a creer que fue fundado por John Wayne y Gary Cooper a pique de espuelas y golpe de revólver. Pero ya había nacido el Rock -y antes el Jazz-, y aquellas cosas se nos transmitían en primera instancia con la voz de Cirilo Rodríguez a través de Radio nacional, y casi al final de la década quedaban fijadas por las imágenes que nos anunciaba Jesús Hermida, un tipo con un peinado muy peculiar, y una manera de hablar más peculiar aún, pues era en sí mismo una contradicción periodística, ya que quien tiene que transmitir datos no debería andarse con circunloquios a menudo exaperantes.
zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzimagenhermida.JPGDetrás de tan personal flequillo aparecían siempre los rascacielos neoyorkinos, y luego las imágenes de aquello que nos marcó, fueran hechos políticos de gran impacto como la escalada en la guerra de Vietnan, y el final de esta, los asesinatos de Bob Kennedy y Martin Luther King o el escándalo Watergate, o bien eventos que dividieron las aguas como el macroconcierto de Woodstocks o el que dieron en California los Rolling Stone en el que encargaron a los Hells Angel (Los Angeles del Infierno) la seguridad a cambio de cervezas; así acabó como acabó. Las primeras imágenes en movimiento de Bob Dylan, Janis Joplin o Jimmy Hendrix nos llegaron precedidas por un comentario interminable de Hermida. Pero sobre todo, Jesús Hermida es el hombre que nos comentó por televisión la primera imágenes de la llegada del hombre a La Luna. Aunque al principio fuera en diferido (a Canarias, las emisiones vía satélite llegaron en los años setenta) todas aquellas informaciones nos dieron una imagen de un país convulso y a la vez influyente, y con esa tendencia que tenía a contar y recontar, fue creando imágenes colectivas sobre los hippies, o sobre hechos que sucedieron antes de que él fuera corresponsal (muerte de Marylin, asesinato de Malcon X, crisis de los misiles). Hermida ejerció durante décadas de experto oficial sobre cualquier asunto norteamericano, y es curioso cómo nuestra memoria nos regatea y se le relaciona más con John Kennedy que con Nixon, cuando la realidad es que vivió de pleno la presidencia y caída del segundo y que llegó a Nueva York cinco años después del magnicidio de Dallas. Tengo la impresión de que el propio Hermida quedó atrapado en ese ejercicio; tal era su fascinación por Estados Unidos, que parecía que no acabó nunca de creer su propia corresponsalía. Aplicaba en cualquier tiempo sus conocimientos de una sociedad que dejó de existir justo cuando llegó Reagan a la Casa Blanca y él regresó a España. De lo que no hay duda es de que, por oportunidad y por estilo, desde siempre fue un mito de la televisión. Como todo lo intangible, no era bueno ni malo, era Jesús Hermida, el hombre que nos contó La Luna y el Watergate (Neil Amstrong y Richard Nixon eran solo personajes de sus relatos).

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Literatura y mecanografía

El 26 de abril es una fecha con dos caras, una muy oscura que nos recuerda el bombardeo de Guernica en 1937, la primera bomba de hidrógeno en el atolón de Bikini o el accidente de Chérnobil (este día parece tener una fijación nuclear), y otra muy luminosa que nos recuerda que 1924 y 1931 fueron publicados El proceso de Kafka y Las olas de Virginia Wolf, aunque no fueran precisamente obras optimistas. Pero un libro siempre es una buena noticia, y ya que hablo de escritura y estamos en época de celebración del libro, me encuentro con que esta jornada tiene una referencia que es a la vez negativa y positiva, puesto que en una decena de países de América (en otros tantos la celebran en otras fechas) hoy es el Día de la Secretaria, una conmemoración muy curiosa y con claros tintes machistas, que tiene su origen en que fue un 26 de abril cuando, según la leyenda, la norteamericana Liliam Sholes utilizó por primera vez el prototipo de máquina de escribir que había desarrollado su padre, Christopher Sholes, inventor oficial del ingenio. Como la mayor parte de los inventos, siempre hay antecedentes, pasos y avances que van aportando detalles y resolviendo problemas hasta que finalmente se convierte en útil. Con la máquina de escribir ocurrió también, y hay distintas referencias de intentos desde al menos un siglo antes de ese 26 de abril de 1872 en que fue posible teclear directamente un documento en tipografía de imprenta.imagen-remington.JPG Su inventor vendió la patente a E. Remington, afamado fabricante de armas y máquinas de coser, que comercializó el artilugio y lo fue perfeccionando en sucesivas modificaciones, hasta que en 1878 consiguió el estándar que hoy conocemos y cuya disposición de teclado sigue siendo la que hoy tienen los modernos ordenadores.
Muy pronto el aparato llamó la atención de los escritores, que a menudo tenían muchos problemas con los editores porque estos no entendían bien su caligrafía e imprimían palabras distintas a las escritas con pluma. Al ser un invento norteamericano, los primeros en acercarse fueron los autores de allí, y parece ser que está generalmente aceptado que fue Mark Twain el primer escritor de prestigio que creó literatura en máquina de escribir, y el libro que se certifica como el pionero es La vida en el Mississippi, un volumen de memorias, puesto que ya sus más afamados relatos habían sido publicados mucho antes. Ocurrió lo mismo con León Tolstoi y Lewis Carroll, que se incorporaron a la mecanografía a finales de la década de 1880, y escribieron a partir de entonces sus obras mecanográficamente (Tolstoi dictaba a su hija), aunque, igual que Tom Sawyer, Alicia, Anna Karenina y Natasha Rostov habían nacido con letras escritas a mano antes de la comercialización del nuevo aparato. Mientras los escritores norteamericanos aceptaron casi de forma general la nueva manera de escribir, los europeos fueron más reacios. Pensemos que, por ejemplo, nuestro Galdós, podría haber mecanografiado la mayor parte de su obra, puesto que comenzó su actividad literaria por los mismos años en que se comercializó la máquina de escribir. El que se entusiamó con este avance hasta casi la obsesión fue el filósofo Friedrich Nietzsche, y en su caso sí que mecanografió dos de sus obras más cruciales: Así habló Zaratustra y Más allá del bien y del mal. Truman Capote decía de las malas novelas que eran solo mecanografía, aunque también lo son las buenas. Finalmente, el 26 de abril, con luces y sombras, tiene mucho que ver con la escritura literaria y filosófica aunque, todavía hoy, siga habiendo autores que, al menos en primer borrador, escriban a mano.