Belén Esteban y el caballo de Calígula
Sabemos que la telebasura hace audiencias y por lo tanto genera dinero, que los realitys entre mentiras y verdades exhiben lo más grosero del género humano, pero hay cosas que no tienen soldadura. Hemos escuchado a afamados presentadores (ahora llamados monstruos ¿por qué será?) defender lo indefendible, como aquella legendaria frase de Javier Sardá «¿Telebasura? ¡Tu puta madre!», o la teoría de que Gran Hermano era un experimento sociológico salida de la boca de la inefable Mercedes Milá. Incluso los programas supuestamente críticos con la telebasura la han utilizado de manera continua (Sé lo que hicísteis) o de forma esporádica (Buenafuente, El intermedio), y cada cual tira de la manta hacia donde le conviene, porque como me contaron que decía un profesor de Ciencias de la Información «Indentificar un programa de televisión es fácil, es lo que sale en medio de la publicidad». La televisión es un medio extraordinario que se ha degenerado para embrutecer a la gente, pero al menos los directivos guardaban las formas, haciendo de las suyas escondidos en sus despachos, pero no insultando nuestra leve inteligencia. Ha dicho Paolo Vasile, Consejero Delegado de Telecinco, que Belén Esteban es la precursora del 15-M. Claro, y el caballo de Calígula el pilar sobre el que se consolidó el Imperio Romano. No olvidemos que el caballo en cuestión era Cónsul, porque lo nombró aquel «característico» emperador, y a Belén Esteban la han nombrado precursora de no sé qué, como Voltaire lo fue de la Revolución Francesa. Pues nada, como ya tenemos pensadores de ese calibre, cerremos las universidades.
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El caballo preferido de Calígula era Incitatus, que en latín viene a traducirse por Impetuoso, que no me extrañaría que fuese lo que quiso decir Jesús Gil cuando llamó a su caballo Imperioso.
Aunque no nos han explicado debidamente en qué consiste ser capital cultural europea, debo suponer que es algo bueno para la ciudad. Y desde aquí animo a que se haga el último esfuerzo mañana en Madrid, si es que hay que hacer alguno, que tampoco lo sé, porque en un proceso que lleva tanto tiempo es de suponer que el jurado tendrá a estas alturas datos suficientes, y un criterio formado después de haber visitado repetidamente las ciudades candidatas. Si Las Palmas sale elegida -que espero y deseo que sí- aplaudiré como un loco; pero lo haré en soledad, en una isla desierta para mí solo. Lo digo porque me he encontrado a muchas personas que mañana «no van a estar», porque afirman que tienen que estar en Madrid «con lo de la candidatura»; y he sabido que a amigos míos les pasa lo mismo. Así que, en consecuencia, mañana va a estar todo el mundo en Madrid, menos yo, porque por mis cuentas deben haber viajado varios centenares de personas; por supuesto, todas indispensables. Si esto es verdad, me pregunto para qué tanta gente, y si no lo es puede estar ocurriendo con la candidatura europea lo mismo que con la fiesta de la onomástica del Rey celebrada hace años en el Club Náutico, cuando eran legión las personas que aseguraban haber sido invitadas, pero que declinaron la invitación. O peor, se escondieron en su casa sin coger el teléfono para que no las vieran en otra parte a la hora de la recepción. Es más, me consta que hubo incluso quien se hizo acompañar a comprar un vestido para una fiesta a la que sabía que no iba a asistir, pero como se decía que quien no estuviese invitado «no era nadie», se guardaron las apariencias para mantener el pedigree en su círculo. Pues algo así debe estar sucediendo ahora, porque no creo que un tumulto de personas vaya a influir en el fallo del jurado.