Irán, la tormenta solar, los cataclismos…
Nos había dicho que 2012 iba a ser un año complicado, tanto que algunos incluso anunciaron el fin del mundo. Ahora resulta que no, que lo del calendario maya es el final de una manera de contar el tiempo, y que el 21 de diciembre el mundo no va a acabarse. Pero no dejan de atormentarnos con amenazas, unas reales y otras posibles. El pulso que la UE está echando a Irán con el embargo es uno de los problemas, porque en Teherán dicen que van a dejar de suministrar petróleo a Europa. Estas cosas me confunden, porque si cortas el comercio con un país no entiendo cómo es que sigues comprándole petróleo.
Luego está la supuesta tormenta solar, que por lo visto no ha sido para tanto, pero los cientificos se empeñan en anunciarnos que como se produzca una como la que hubo en el siglo XIX esto va a ser el caos porque hoy dependemos más de las tecnologías de la comunicación. Miras los canales de pago que contratas para huir de la telebasura, y te cuecen a documentales sobre exterminadores nazis, volcanes apocalípticos que pueden reventar en cualquier momento, oscurecer el Sol con sus cenizas y finiquitar la vida, asteroides o meteoritos que pueden impactar contra La Tierra con efectos devastadores, ciudades en guerra urbana tomadas por las bandas, historia-ficción sobre los efectos de un ataque terrorista a centros de energía que nutren grandes ciudades… Vaya, que parece que existe la consigna de repartir miedo. Y, mira, yo estoy seguro de que no va a ocurrir ningún desastre bíblico porque las cadenas de televisión no están pujando por los derechos para televisarlo.
Las carreras de caballos del hipódromo de Ascot son un evento de la alta sociedad británica en el que el que no está no existe. Es tan determinante que la prueba de fuego que el profesor Higgins propone a la florista Eliza en la obra de teatro Pigmalión (luego hecha película en My Fair Lady con una Audrey Hepburn extraordinaria) es presentarla en tal evento para deslumbrar a lores y ladys de la Inglaterra posvictoriana. La gracia es que ahora, después de trescientos años de existencia, los organizadores dictan nuevas normas de vestimenta, y la más curiosa es que, como el acto es matinal, las damas deben llevar ropa y sombreros adecuados, porque por lo visto en los últimos años se vestían casi como para una fiesta nocturna, y muchos de los sombreros se habían transformado en tocados muy leves. Esas nuevas normas están siendo motivo de polémica en los medios ingleses, ocupando muchas horas y gastando mucha tinta. Los británicos son incorregibles con lo de las formas, y si bien está que haya buena educación, llevan el asunto demasiado lejos, porque una seña de buenos modales es la discreción, que en Ascot brilla por su ausencia, porque los sombreros de las damas (la reina ha hecho historia allí con sus sombreros) son indescriptibles. Esto da idea de que en Inglaterra sigue perviviendo lo más rancio de la época en que el Imperio Británico era el centro del mundo. La verdad que leer estas tonterías en los tiempos que corren mueve a la risa, pero si lo miras con atención te das cuenta de que esa clase poderosa de antaño quiere más que nunca marcar las diferencias. Las clases medias le dan urticaria y están haciendo todo lo posible para liquidarlas.