Memoria incontrolada
Dicen que los niños son como esponjas, que se les graba todo sin que ellos se den cuenta. Y así debe ser, pero son grabaciones a control remoto, como un mensaje en una botella que se leerá en años, décadas o nunca. Y ahí, en un rincón de nuestra memoria, dormita el recuerdo de una frase que escuchamos de niños y que de repente se activa no sabemos por qué, por una situación, una música o un olor (el olfato es uno de los estímulos más eficaces de la memoria). Y sale de nuestra boca una frase sentenciosa que alguna vez dijo en nuestra presencia una persona mayor, fuera o no de la familia, pero que viene al pelo para explicar en pocas palabras algo que está sucediendo. Desde el día que la escuchamos y la grabamos -que no podemos precisar- hasta el momento en que la soltamos casi sin pensar no la habíamos vuelto a oír ni, mucho menos, se nos había ocurrido usarla, sencillamente porque ni siquiera sabíamos que estaba en la despensa de nuestra memoria. Me pasa con cierta frecuencia, y a veces quien la escucha se sorprende por el ingenio, la precisión y la verdad que encierra (poesía pura), pero el más sorprendido soy yo, hasta el punto de que he pensado alguna vez (no lo he hecho aun) en anotarlas cada vez que surjan porque son un compendio de sabiduría que hemos incorporado sin darnos cuenta. Son pensamientos que a veces ni siquiera respetan la territorialidad, porque me ha sucedido que he soltado una de esas frases sorpresivas y exactas y alguien me dice que su madre o su abuelo la solía decir, pero es que la persona de la que habla vivió e miles de kilómetros del lugar donde yo la escuché la primera y tal vez única vez que entró por mis oídos. Eso me lleva a pensar que hay una parte de nosotros que se corresponde con un todo colectivo que está por encima de la geografía, una especie de ser policéfalo que es sin duda el ser humano y su devenir por el tiempo.
Lo he dicho más de una vez, pero debo hacer notar que nuestro dirigentes han leído muy mal El Príncipe de Maquiavelo. Decía el autor florentino que el Príncipe (tradúzcase por dirigente) debe mostrar siempre un ánimo distinto al de sus allegados y que así se transmita al pueblo. Cuando todo el mundo está nervioso, el Príncipe se ha de mostrar sereno; si hay desánimo entre los suyos, él debe arengarlos con brío; si su gente está envalentonada, él ha de ser prudente y comedido. Y todo esto porque, al estar de ánimo distinto, todos piensan que él sabe lo que hay que hacer, y en esa confianza se suelen conseguir los objetivos. Está claro por lo tanto que no es que no hayan leído El Príncipe, es que ni siquiera saben qué significa liderar una sociedad, que encima los ha puesto al timón con sus votos. O sea, no saben siquiera quién fue Maquiavelo. El país se va al garete y ellos siguen con su guirigay productivo (para ellos), y hasta son capaces de fracturar una sociedad tan sólida como la catalana para huir hacia adelante acusando a los taimados y borbónicos tribunales a las órdenes de Madrid de una persecución personal. Su corrupción hace que arrastren al abismo a todo un pueblo. El noroeste de África se incendia con una situación muy complicada que puede salpicarnos, Cáritas no da abasto, el tejido económico está yerto, y ellos siguen con sus batallitas particulares. Pero no hay que preocuparse, alguien que pretenderá haber leído y entendido a Maquiavelo nos creará seguridad psicológica porque la gala del Carnaval va a presentarla Bustamante. Pobre Maquiavelo.