El cine, la realidad y la ficción
La identificación de los espectadores con los y las «artistas de cine» tiene varios niveles, esencialmente dos, aunque siempre hay matices y gradaciones. Por un lado están los actores y las actrices que reciben la admiración y el seguimiento por su capacidad de dar vida a personajes distintos; por otro están las estrellas, de las que se exige que siempre aparezcan en el papel que les ha llevado al éxito, y da igual si tienen más o menos talento para la interpretación porque son una marca. Valoramos el arte interpretativo de actores y actrices capaces de encarnarse en personajes tiernos, cómicos, drámáticos o déspotas, según convenga, y siempre están bien, porque mucha diferencia hay entre los personajes que interpreta Jack Lemmon en Días de vino y rosas, El apartamento y Missing, o entre los que hace Meryl Streep en Memorias de África, El diablo viste de Prada y Mamma Mía. Sabemos quiénes son pero nos identificamos con sus personajes a pesar de sus distintos registros, por lo que hablamos de actores y actrices que tienen vidas distintas a sus personajes.
Luego están las estrellas, que puede ser cualquiera que caiga en gracia, pues en su día lo fue hasta Arnold Schwarzenegger, aunque si somos justos la mayoría son actores y actrices con mucho talento. Las estrellas lo son porque llegan al público representando un arquetipo, y es el que siempre demanda ese público entregado, y a Cary Grant y a Clark Gable se les exige que sean cínicos, seductores y sonrientes (uno elegante y el otro atrevido), a Marilyn que parezca «tonta inteligente» y a Harrison Ford un héroe con expresión de niño. Como siempre hacen lo mismo (el público lo demanda), la gente acaba por identificar a la persona que actúa con el personaje que interpreta, y algunos hasta se lo creen, pues Gary Cooper ponía en sus contratos una cláusula en la que e estipulaba que nunca moriría en la pantalla. Yo he escuchado a lugareños judadores de dominó que Grace Kelly las mata callando (siempre hablan en presente), a Ava Gardner la ven muy lanzada, a Ingrid Bergman una gran dama y a Bette Davis como una «mala vecina» (así la rebautizaron). Uno decía que le gustan los tipos «muy machos», como Rock Hudson, Burt Lancaster, Errol Flynn y James Dean (¡vaya ojo!) Clint Eastwood es un tipo fuerte, duro y recto, y a Kirk Douglas, tan rubito, lo encuentran algo cobarde en sus andanzas por el lejano Oeste. Y ya ven, Kirk ha sido una de las personas más valientes en la industria del cine, pues desafió al McCarthysmo y precipitó el final de las listas negras cuando decidió hacer Espartaco como y con quien la hizo. Pero es una estrella, y en la mente del público la vida personal de las estrellas es la misma que la de los modelos que interpreta en sus películas.